Nuevas y viejas amenazas


De cómo pueden reversarse las ganancias de seguridad de Colombia

Colombia ha recorrido un largo y difícil camino fuera de la posición de Estado fallido donde se encontraba hace algunos años. De hecho, los últimos diez años de lucha contra los grupos ilegales y por llevar la presencia del Estado a todos los rincones del territorio colombiano ha representado un éxito del que otros países esperan sacar lecciones.

Sin embargo, con creciente preocupación, los ciudadanos y autoridades colombianas han visto cómo en los últimos meses la situación de seguridad del país se deteriora.

Por un lado, las FARC ha rediseñado su estrategia de guerra, volviendo a confiar en las tácticas de guerrilla, en el terrorismo y en el secuestro. Además, han acompañado sus cambios con una ofensiva coordinada que busca, sobre todo, aumentar la percepción de inseguridad en el país, mientras intenta ganar algo de aire en zonas neurálgicas de la guerra como los departamentos de Antioquia, Nariño y Cauca, en el norte oeste y sur oeste del país.

Las acciones de las FARC no demuestran un fortalecimiento, por lo menos no de sus estructuras. Mejor dicho, el hecho de que haya más acciones no implica una mayor cantidad de recursos, ni siquiera que puedan llevar operaciones de gran alcance o de control territorial mantenido. Muy acorde a la llamada guerra de guerrillas, las FARC han confiado más en los atentados con bombas, las emboscadas, los campos minados y los francotiradores que disparan y huyen.

La nueva estrategia es genial a la hora de desmoralizar y extender la percepción de inseguridad, lo que puede ser desastroso no solo para un gobierno, sino para sus ciudadanos. Los medios internacionales (como varios enlaces que incluyo en este texto atestiguan) hacen referencia desde hace semanas al deterioro de la seguridad del país. La inversión extranjera y la confianza en el proceso de recuperación que llevaba el país pueden flaquear.

Ahora bien, las FARC no constituyen ni mucho menos la única amenaza a la seguridad del Estado y los ciudadanos colombianos en la actualidad. Desde las desmovilizaciones de los grupos paramilitares en 2006, varias nuevas organizaciones criminales (bautizadas como bacrim por las autoridades) han estado ocupando los vacios de poder dejador por las estructuras paramilitares que entregaron las armas.

De esta forma, en departamentos de la costa Caribe y pacifica, en los llanos orientales y en Antioquia, las nuevas bandas criminales, mezcla entre paramilitares y guerrilleros desmovilizados  y narcotraficantes ‘tradicionales’, se han visto involucradas en actividades económicas ilegales como el tráfico de cocaína, la extorsión a comerciantes y el secuestro, y en las consecuencias violentas que éstas conllevan.

El deterioro es real, aunque en términos de percepción parece más grave de los que realmente es. El Gobierno del presidente Santos cuenta con un reto luego de anunciar un relanzamiento de la estrategia de seguridad, que busca, entre otras cosas, atacar las nuevas dinámicas como la movilidad de la guerrilla y las acciones criminales de las bacrim.

El reto, sin embargo, es enorme, pues aún cuando la posibilidad de volver a la situación de hace una década es muy remota, enfrentar estas nuevas amenazas suponen un desgaste difícil de asumir por cualquier administración, al igual que por la sociedad colombiana. Pero solo la firmeza y la perseverancia pueden lograr lo que muchos deseamos: que el Estado y el pueblo colombiano prevalezcan sobre la violencia y quienes la producen.

¿Qué tan real es el deterioro de la seguridad en Colombia? ¿Puede una nueva estrategia lograr un punto de quiebre en el conflicto? Cuénteme lo que piensa, comente.

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1 Response to “Nuevas y viejas amenazas”


  1. 1 Felipe Arango 12 agosto, 2011 en 10:56 am

    Hola Santiago, muy buen artículo como siempre, que estimula muchas preguntas y dudas importantes. Se me ocurren estas reflexiones:

    El calificativo de estado fallido me parece que nunca dejó de ser un atajo para recorrer ciegamente dos siglos de conflictos interétnicos, guerras civiles y fracasos económicos, generados o por lo menos exacerbados por las potencias coloniales, las instituciones financieras internacionales y los actores de la guerra fría. Además, que Colombia aparezca en los estándares de Foreign Policy con un riesgo de convertirse en un estado fallido mayor que Mozambique y Angola demuestra la incoherencia de ese concepto.

    Pero el no ser un estado fallido tampoco implica que el Estado colombiano sea uno de “Bienestar”. La única manifestación del Estado colombiano que ha intentado llegar a todos los rincones del territorio ha sido el ejército. Un Estado es definitivamente mucho más que sus fuerzas armadas, y el agravamiento de las necesidades básicas insatisfechas, el deterioro de la infraestructura vial, el estancamiento de la calidad de la educación rural, la falta de entidades financieras y de salud en muchas zonas del país (Arauca, Chocó, Amazonía, Orinoquía) ponen en evidencia el ausentismo estatal. Por otro lado, nuestra mentalidad económica tiene más fervor en el mercado que en el Estado, de manera que si algo se ha recrudecido desde los últimos treinta años ha sido precisamente la retirada del Estado. No obstante, ni siquiera el libre mercado ha llegado o favorecido el desarrollo de estas zonas (cuántas sucursales tiene el citibank en Arauca o Vichada, cuántos Carrefour?) Finalmente siempre hubo enclaves donde las fuerzas armadas nuca pudieron tener asidero, como en algunas zonas del eje bananero o en el cauca. Luego la presencia del Estado no es ninguna garantía: ¿de qué sirven las burocracias estatales sin recursos humanos calificados, sin competencias administrativas para la asignación de recursos para salud o educación, o corroídas por la corrupción?

    En tercer lugar viene la seguridad. Este no es un concepto universal. La “seguridad democrática” tuvo más que ver con el mantenimiento del orden público y de la soberanía nacional que con la lucha contra amenazas al individuo (fenómenos delictivos como la violencia intrafamiliar producen más homicidios que los fusiles subversivos y la trata de personas no pone en peligro la seguridad nacional pero es el tercer negocio de crimen organizado más lucrativo en el mundo). La perplejidad e inacción del Estado frente a la llamada ola invernal, o bien los indicadores de desarrollo de Naciones Unidas demuestran que la seguridad nunca fue entendida como una “seguridad humana”, que buscara neutralizar amenazas cotidianas no provenientes de grupos armados ilegales, amenazas climáticas o amenazas sociales como la pobreza (el ranking del país en el IDH del PNUD cayó 11 posiciones entre 2002 y 20010 (68 contra 79)). En los principales polos urbanos del país se evidencia una focalización del debate público sobre seguridad en torno a las FARC , en detrimento del debate en torno a la “seguridad ciudadana”. En Bogotá la política de cuadrantes replicada a partir del modelo chileno muestra muchas falencias, y en Medellín falta un análisis más profundo sobre el impacto o la relación entre desarrollo urbano e incidencia de la violencia (es la violencia autónoma frente al incremento de servicios de salud, de educación, de programas municipales sensibilización? Habrá que desatar una guerra total entre fuerzas policiales y grupos delincuenciales en las comunas, al estilo Rio?).

    Finalmente, si actualmente hay una percepción algo especulativa sobre las dimensiones reales de la “inseguridad”, durante el gobierno anterior hubo una precepción muy especulativa sobre los verdaderos avances en “seguridad”. Cuando se desmovilizaron los paramilitares, fue muy ingenuo pensar que una mano de obra criminal muy calificada fuera a aceptar una reorientación profesional en el SENA como alternativa de vida. Eso fue una mala política de reinserción, y si ahora hay grupos neoparamilitares o de delincuencia común con base en los excombatientes de las AUC, pues es un fenómeno anunciado desde el 2004, no un nuevo fenómeno que surgió con el cambio de gobierno. Un último ejemplo: la militarización de la seguridad hizo que en Colombia ocurriera algo similar a lo que ocurrió en la antigua yugoslavia, aunque a menor escala. Mientras el ejército rojo tuvo capacidad de contener la violencia entre serbios y croatas, fue un pais unido, pero cuando se retiró vino la hecatombe. En las carreteras de Colombia nos acostumbramos a saludar con el pulgar a cientos de soldados que velan por nuestra seguridad. qué tan sostenible es esta estrategia en el largo plazo?


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