La integración en las Américas: sin norte, sin sur.


Por Felipe Arango

En el hemisferio occidental hay por lo menos diez estructuras de asociación entre países: CAN, Mercosur, Caricom, SICA, ALADI, CELAC, ALBA, NAFTA, CAFTA-DR, UNASUR. Todas ellas fueron fraguadas y puestas en marcha con el fin de profundizar la integración en las Américas. No obstante, de tal proliferación de acuerdos, algunos ya moribundos y otros embrionarios, emana el sentimiento de haber perdido el norte de tan noble causa y de estarnos sumiendo en una entropía multilateral conducente a una mayor fragmentación.

Preguntémonos entonces qué ha sustentado hasta ahora la integración en las Américas.  Existen marcos de asociación de tipo State-led  como la CAN (1969). Los signatarios del Pacto Andino optaron por una “institucionalización precoz” del bloque subregional, pero sus cimientos supranacionales resultaron muy débiles para soportar el peso de las soberanías nacionales. Hoy en día la CAN cuenta dos miembros menos que al momento de su creación (Chile y Venezuela), una unión aduanera imperfecta y un parlamento estéril y deslegitimado.

En décadas posteriores llegó una oleada de acuerdos de distinta naturaleza, jalonados por el comercio (market-led), como CARICOM, la ALADI, Mercosur y NAFTA. Puesto que su piedra angular era el liberalismo económico, se les denominó “regionalismo. Pero una vez más la integración se quedó a media asta pues predominó su fase más primitiva (libre movilidad de bienes y servicios), mientras que el proyecto más ambicioso (Mercosur) que además incluía libre movilidad de personas y capitales se convirtió en un teatro de intrigas proteccionistas y querellas arancelarias.

Finalmente cabe mencionar dos casos sui-generis de integración política en la región: la Organización de Estados Centroamericanos- ODECA (década de 1950) que nació como mecanismo de coordinación ante la ONU y como espacio de convivencia pacífica. Aun así terminó siendo la caja de resonancia de la cruzada estadounidense contra el gobierno guatemalteco de Jacobo Arbenz, este último abanderado de la reforma agraria y graduado de comunista por la Casa Blanca. El segundo es el ALBA, producto de la “diplomacia petrolera” de Hugo Chávez y contraproyecto del libre comercio en las Américas. Su sistema autodenominado como solidario y anticapitalista es paradójicamente financiado por los petrodólares de las exportaciones venezolanas a la superpotencia planetaria y a su contrincante asiático…Señores del capitalismo a ultranza.

A la luz de tantos avatares del proceso de integración en las Américas surgen las siguientes conclusiones: la integración política (State-led) es inconcebible sin una transferencia mínima y auténtica de soberanía a instituciones supranacionales. El problema en América Latina es que la soberanía, presente en la región desde escasos dos siglos, es una prerrogativa irrenunciable, tanto más cuanto se ha visto tan profanada en el marco de la lucha contra el comunismo, el narcotráfico y el terrorismo. Por otro lado, la integración económica (market-led) ha mostrado una clara inclinación hacia acuerdos bilaterales (TLC) (Colombia, Chile, México, Centroamérica, Perú), al igual que ha puesto de manifiesto el malestar profundo de algunos países con el paradigma neoliberal (Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua). En este escenario la integración económica avanzada (mercado común y unión monetaria) no tiene porvenir alguno.

Luego, casos como el de Centroamérica y el ALBA nos recuerdan que la materia prima de la integración, es decir la cooperación multilateral, no sólo es usada para resolver, sino también para generar conflictos y exacerbar clivajes ideológicos en lugar de alinear objetivos. En este sentido una hipótesis es que en nuestro hemisferio no existe un “multilateralismo cualitativo”, aquel que constituye un patrón estable de comportamiento y conlleva a la integración ya que gira en torno a valores y objetivos compartidos. Tal vez no exista porque el Norte y el Sur poseen valores y propósitos “irreconciliables” y porque en el propio Sur los gobiernos latinoamericanos ven a la integración con recelo pues temen que los valores y propósitos compartidos logren desdibujar su sacrosanta soberanía. A lo sumo pervive en la región un “multilateralismo utilitario”, aquel que existe como estrategia ad-hoc y permite una cooperación intermitente para alcanzar fines inaccesibles por vía unilateral: “multilateral when we must, unilateral when we can”.

Algunos analistas de la integración europea arguyen que fue necesario un gran “traumatismo” (WWII) para desencadenar un frenesí federalista inicial que en realidad evolucionó como un modelo híbrido entre supranacionalidad (Comisión, derecho comunitario y mayoría calificada para toma de decisiones) y soberanía nacional (Consejo, toma de decisiones por unanimidad y política de opting-out). ¿Es el “gran traumatismo latinoamericano” el eslabón faltante de nuestra integración?

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2 Responses to “La integración en las Américas: sin norte, sin sur.”



  1. 1 Keith Downey Trackback en 9 septiembre, 2014 en 11:37 am
  2. 2 pre paid mobile data orange Trackback en 4 octubre, 2014 en 5:09 pm

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