Sobre la radicalización y el terrorismo


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Fuente: The Big Picture – Boston.com

 

Por Santiago Silva Jaramillo

Entre los años 1970 y 2013, de los 125.087 incidentes terroristas identificados por el Global Terrorism Database, 55.943 (es decir, el 45%) se han producido en el Sur de Asía (Afganistán, Pakistán, India) y el Medio Oriente y el Norte de África. Esta tendencia histórica se encuentra respaldada por la preocupación de los habitantes de estas regiones. En efecto, en los países de Medio Oriente, el 34% de los encuestados por Pew Global en 2014 señalaba a los conflictos étnicos y religiosos como la principal amenaza para sus sociedades, por encima de asuntos como la “desigualdad” o las “armas nucleares”.

El terrorismo se ha convertido en los últimos años en una presencia constante de muchas sociedades, pero muchos mitos parecen acompañar la visión que, sobre todo desde Occidente, se tienen sobre este fenómeno.

Lo primero es señalar que el terrorismo no necesita de apoyo popular extenso. En Nigeria, apenas 10% de la población tiene una percepción favorable de Boko Haram; el territorio de todo Medio Oriente y el Norte de África con una percepción favorable más alta de Al-Qaeda es Palestina, con el 25%; y solo el 8% de los pakistaníes tiene una percepción favorable de los talibanes, de acuerdo a cifras de encuestas de Pew Global.

Pero sí, de una soterrada tolerancia por parte de, al menos, una parte de la elite local. Al menos, para su supervivencia en el tiempo. Así, los militares de Pakistán y los de Nigeria han utilizado por años a los militantes de sendos grupos terroristas para conservar privilegios en sus países o buscar ayuda en el exterior.

En otros casos, su existencia se explica en la connivencia de élites locales –como los señores de la guerra afganos, o los políticos y narcos mexicanos- o por la desidia e incapacidad del Estado central de perseguir a los grupos violentos que compiten dentro de su territorio –como en Colombia, o países africanos como la República Centro Africana-.

Lo segundo, que el terrorismo es ante todo la herramienta de incidencia del radical sin recursos o en posición desventajosa respecto a su enemigo. Es popular entre grupos marginales porque los recursos que exige son pocos respecto al efecto que potencialmente puede tener respecto al objetivo de causar daño o miedo en la contraparte. Por eso no resulta sorpresivo que históricamente las armas más comunes en los ataques terroristas sean los explosivos (47,95% de los incidentes entre 1970 y 2013) y el objetivo más popular, los civiles (24,5% de los incidentes entre 1970 y 2013).

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Fuente: The Big Picture – Boston.com

De igual forma, la “teatralidad” de un ataque terrorista –tanto por el miedo que genera en el enemigo, como por la satisfacción que puede generar en los miembros actuales o futuros del grupo que lo perpetúa- lo hace todavía más atractivo para los grupos radicales, porque supone un arma que al tiempo golpea al contrincante, asegura al amigo y puede servir de plataforma de reclutamiento.

El problema es que no todo grupo marginal u organización no estatal que busque poder en el nivel local o nacional necesariamente utiliza el terrorismo –sobre todo de forma extensiva-. La utilización desigual del terrorismo como herramienta político-militar (particularmente alrededor de los objetivos y métodos utilizados) habla de diferentes motivaciones políticas.

Por supuesto, entre las diferencias, casi siempre se presenta una constante: la radicalización política de los miembros del grupo que, eventual o inicialmente, utilizan el terrorismo. Ahora, la radicalización es popular como herramienta de instrumentalización política porque recude los costos para los patrones o líderes políticos de “convencer” a sus seguidores o militantes de realizar actos hostiles –como el terrorismo-.

El radicalismo, curiosamente, no tiene preferencias. El extremismo no es –ni mucho menos- un fenómeno circunscrito a la religión o una ideología particular, y su naturaleza da cuenta sobre todo, de la radicalización instrumentalizada por la política.

Así, son los intereses particulares de un grupo marginado con aspiraciones políticas normalmente claras, los que llevan a que sus líderes instrumentalicen la posibilidad de radicalizar a sus miembros alrededor de ideas políticas o religiosas, reduciendo la dificultad –o creando la posibilidad- de utilizarlos en acciones terroristas.

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