¿Podemos predecir el futuro?


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Una ilustración del año 1900 imaginando el año 2000.

En los últimos días he estado leyendo la trilogía de la Fundación de Isaac Asimov, un clásico de la ciencia ficción que recorre una larga historia de los hombres de las dos fundaciones en un futuro de miles de años. Para los que no lo hayan leído o no lo recuerden bien, Fundación se centra en el psicohistoriador Hari Seldon, un científico que logra utilizar su disciplina -mezcla de sicología de masas, matemática y prospectiva histórica- para predecir la inevitable caída del Imperio Galáctico y planear el establecimiento de dos fundaciones que pudieran reducir el periodo de barbarie subsiguiente a solo mil años, antes de establecer ellas misma un segundo imperio galáctico.

La historia inicia sobre la suposición de que el modelo de Seldon es matemáticamente perfecto y que en efecto, la historia se desarrolla de acuerdo a sus pretensiones. Y en principio así parece, pero sin entrar en detalles que puedan estropear su lectura, incluso la inevitabilidad de Seldon es puesta a prueba y solo con dificultad parece mantener su camino. Estas dificultades al plan de la psicohistoria nacen de dos problemas: una paradoja y el poder individual.

La paradoja es que las personas que se enfrentan al futuro conozcan hacia donde se dirijan y puedan estropear el trayecto al interferir. Seldon soluciona esta paradoja al sepultar la psicohistoria y envolver buena parte de su plan en el misterio, dejando solo pistas suficientes para que los habitantes y dirigentes de la Fundación puedan continuar el camino trazado por su modelo.

El poder individual es más difícil de controlar. En la ciencia de la psicohistoria de Seldon, los cálculos se hacen teniendo en cuenta las tendencias sociales, políticas y económicas de billones de seres humanos que habitan la galaxia. En su enormidad, la galaxia elimina el impacto que sobre esa trayectoria puede tener un individuo. O al menos, eso piensa Seldon.

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Una ilustración de Hari Seldon, protagonista de la saga de Fundación de Isaac Asimov.

Ahora bien, lejos de la ciencia ficción de Asimov, los intentos desde la geopolítica y la prospectiva contemporánea por entender las tendencias globales y pensar en los desarrollos futuros de la humanidad se han configurado en herramientas reales de toma de decisión. Pero ¿podemos confiar en la veracidad y efectividad de esos ejercicios? ¿Podemos predecir el futuro?

Probablemente la respuesta se divida en grados. Es decir, que es posible que podamos predecir el futuro en algún grado, sobre todo, cuando consideramos grandes tendencias sociales y futuros cercanos. Por ejemplo, no sería muy aventurado decir que en los próximos cincuenta años las crisis de migrantes se agudizarán, presionando sobre todo a países del primer mundo o que el desgaste ambiental seguirá en aumento, dificultando la producción de alimentos en países de bajos niveles de desarrollo. Pero ¿se puede llegar a ser más específicos? O más aún ¿podemos considerar alternativas a estas supuestas inevitabilidades?

En efecto, la futurología se encuentra siempre con dos grandes obstáculos –similares a los que Seldon tuvo en la historia de Isaac Asimov-: la paradoja y los actos individuales. En la primera, se puede decir que estar conscientes de un trayecto nos puede ayudar a evitarlo o corregirlo, incluso, cuando el problema es tan abrumador como el calentamiento global. En la segunda, nunca podemos descartar el efecto que las decisiones de ciertos individuos pueden tener sobre algunas trayectorias. Y en esto no me refiero a líderes o políticos, sino a los seres humanos que de verdad cambiar tendencias globales: los científicos, inventores y emprendedores. La prospectiva ha estado siempre limitada por la inexplicable fuerza, el inmedible impulso de la creatividad humana y su capacidad de encontrar soluciones a problemas.

La imagen que encabeza esta entrada es una de esas bonitas experiencias fallidas de predecir el futuro. Iguales a toda la literatura distópica de mediados de siglo o la televisión y el cine alarmista y apocalíptico de la Guerra Fría. La prospectiva es un ejercicio difícil y en ocasiones, fútil.

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