¿Necesitamos de los grandes líderes?


Lider

El liderazgo como cliché… y culto.

Cientos de programas, cursos, seminarios y conferencias lo validan: la sociedad contemporánea está obsesionada  con la preparación de “líderes” que nos guíen fuera de las crisis, que nos tracen rutas inverosímiles y que nos den sentido en las organizaciones y los Estados. No es una idea reciente; la historia de Occidente ha estado regida por la búsqueda de liderazgos absolutos -no en el sentido puramente político, sino en su carácter definitivo- por eso buena parte de la historiografía gira entorno a los grandes hombres, a los reyes, los emperadores y los presidentes.

Esa misma obsesión ha determinado las preocupaciones de capacitación de cientos de miles de personas en empresas, organizaciones y en el Estado; la idea de que al educar líderes estamos invirtiendo en sus habilidades para guiarnos en el futuro. Pero así como este interesante artículo de The New Yorker apunta, esta idea tiene dos importantes vacíos que vale la pena revisar antes del apoyo incondicional a los líderes sociales.

El primer problema con nuestra fe en los liderazgos absolutos es precisamente el grado de esa confianza. En el fondo, los liderazgo de un solo hombre hiede demasiado a autocracia, incluso en una organización privada, y esa descarga de la responsabilidad en un solo personaje superior sufre de una indiscutible pretensión de subestimación de las personas que conforman esa organización. Así, buscar un líder es buscar quién nos pueda liderar, alguien al menos en parte percibido como superior.

El segundo problema es del poder real de un solo personaje, incluso una “inteligencia superior” que se ha alzado con el liderazgo de un grupo u organización. Veamos un ejemplo cercano: los liderazgos políticos de de América Latina en los primeros quince años del 2000. Para personajes como Luis Ignacio “Lula” Da Silva, Hugo Chávez, Álvaro Uribe, Evo Morales, Michelle Bachelet o Rafael Correa los primeros diez años de este milenio los recibió con altos precios de materias primas y un contexto internacional político y económico que les permitió desarrollar gobiernos bastante populares en sus países.

Ese contexto macroeconómico tenía bien poco que ver con aquellos líderes y su falta de control sobre esas circunstancias los hizo benefactores del azar más que buenos agentes de sus propias habilidades. Ahora bien, aunque esto no debería descartar por completo su influencia en las trayectorias de sus países -es fácil señalar que Michelle Bachelet tomó mejores decisiones que Hugo Cháves en su gobierno- si nos permite poner el alcance de sus habilidades en los logros de sus propios gobierno. De igual forma, la caída de los precios internacionales de las materias primas y al desaceleración económica de los últimos meses han “desenmarcarado” la realidad regional, poniendo a los presidentes del continente -la mayoría herederos de los populares líderes de principio de siglo- en bastantes problemas. Esto no quiere decir necesariamente que Uribe fuera mejor presidente en Colombia que Santos o que Rousseff no fuera tan buena presidente en Brasil que “Lula”, solo que su propio poder se puede volver casi irrelevante al enfrentarse a las aplastantes fuerzas de la economía global.

Así pues, estas dos razones nos invitan a mirar con escepticismo a los liderazgos absolutos. El artículo de The New Yorker invita a que esta reflexión nos lleve a pedir más democracia y menos liderazgos mesiánicos, a reconocer que no es en esos hombres absolutos que se construye una sociedad o se levanta una organización, sino, por el contrario, en la toma de decisiones colectiva y el trabajo en ocasiones anónimo de todo el grupo. En este sentido, cita a John Adams, que invita a los estadounidenses a confiar en ellos mismos y a desconfiar de sus líderes, “deberían aprender a reverenciarse ellos mismos  en vez de adorar a sus servidores, sus generales, almirantes, obispos y políticos”.

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