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Gráfico: Confianza y Desconfianza Interpersonal

Confianza y desconfianza interpersonal: ¿confía usted en la mayoría de las personas? Es decir ¿confía en las personas que no conoce pero eventualmente se cruzarán en su camino? ¿confía en los desconocidos? No es una pregunta sencilla y por su misma complejidad, desde algunos estudios sociales se asume como una buena muestra de la disposición efectiva a confiar de los ciudadanos de un país. Esta gráfica -similar a otras hechas para este blog- da cuenta de las respuestas de los encuestados en unos sesenta países por la Encuesta Mundial de Valores. Fuente: World Values Survey, 2016. Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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Gráfica: Confianza en cortes de justicia

Confianza en cortes de justicia: la confianza en el sistema judicial da cuenta de la relación entre los ciudadanos de un país y su justicia y la legitimidad de la segunda con los primeros; en este gráfico se presentan los porcentajes de confianza en varios países en sus Cortes de Justicia. Fuente: World Values Survey, 2010-2014.  Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

Confianza en cortes

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Gráfico: Confianza y corrupción

Confianza y corrupción: este gráfico reúne información sobre percepción de corrupción (Índice de Percepción de Corrupción de Transparencia Internacional) y confianza general (World Values Survey). La correlación busca ubicar en los cuadrantes a 51 países según sus indicadores relativos en estos dos indicadores, siguiendo una intuición inicial: los países con mayores niveles de confianza general tienden a ser menos corruptos. De acuerdo a los resultados, con algunas serias excepciones, algunos países de la muestra podrían dar puntos a la hipótesis. Fuente: Transparencia Internacional y World Values Survey (Haga click en la gráfica para ver en detalle).

Corrupción y confianza

 

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Gráfico: Mapeando la confianza de lo colombianos

Mapeando la confianza de los colombianos: el siguiente ejercicio recoge algunos cruces hechos con datos de la Encuesta Mundial de Valores para Colombia sobre confianza interpersonal y asuntos como edad, educación, interés en política, entre otros. Fuente: World Values Survey

Confianza y edad

Confianza y educación

Confianza y felicidad

Confianza y política

Confianza y engaño

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Gráfico: Corrupción y confianza en América

Corrupción y confianza en América: estos dos gráficos recogen una vieja preocupación de este blog ¿existe alguna relación entre la corrupción de un país y el nivel de confianza interpersonal de sus habitantes? Los datos de la más reciente encuesta de percepción de corrupción parecen dar nuevas pistas al respecto.  Fuente: Transparency International y World Values survey

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Gráfico: Geopolítica de la confianza

Geopolítica de la confianza: la confianza es el “aceite” de las interacciones entre los hombres, una comunidad con altos grados de confianza interpersonal (esto es, en las demás personas) puede servir de incentivo para las relaciones económicas, sociales y políticas. Asuntos como la acción colectiva y el emprendimiento se asocian a la confianza, e incluso se ha planteado su relación con el desarrollo económico de un país. Este gráfico presenta las respuestas de personas en varios países a la pregunta por su confianza en otras personas. Fuente: World Values Survey.

Geopolítica de la confianza

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Mapa: Confianza y Gobierno

Confianza y Gobierno: A veces resulta bastante difícil sacar conclusiones de los datos que visualizo en los mapas. Esta es una de esas ocasiones. Las respuestas a la pregunta por la confianza en ‘el gobierno’ dadas en al programa World Value Survey son, en el mejor de los casos, desconcertantes. Cada explicación que intento sacar se encuentra demasiado rápido con una pared en la forma de una o varias excepciones que contra argumentan la regla. Me explico, si busco una relación entre nivel de desarrollo y confianza en el gobierno Europa occidental y Norteamérica me dan la razón, al igual que la mayoría de África, Latinoamérica y Asia. Es decir, que uno podría decir en principio que un mayor nivel de desarrollo implica una mayor desconfianza en el gobierno, pero países como Perú, Corea del Sur o Canadá parecen descartar esta conclusión. Es probable por otro lado que la explicación pase por la consideración de circunstancias históricas y aspectos culturales. Por ejemplo, que el escepticismo de los europeos por el gobierno venga de la tradición liberar de desconfiar del Estado. Esta opción también podría incluir la casi unanimidad de la respuesta china a favor de su gobierno comunista totalitario. En fin, algunas pistas dejan entrever estos datos, aunque espero sugerencias en los comentarios. Fuente: World Values Survey

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Un pequeño empujón a la solidaridad

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La Cruz Roja colombiana siempre será una buena alternativa para donar. Aquí encuentran más información.

Por Santiago Silva Jaramillo

Las últimas semanas nos han puesto de manifiesto algo que no debemos olvidar: nuestra disposición, la de todos, a ayudar a los demás, a ayudarnos unos a otros, a ayudarnos para superar lo que, a todas luces, y a cada momento que pasa, se está convirtiendo en una situación desesperada. En Medellín esa disposición pudo recoger unos catorce mil millones de pesos y en Bogotá más de cincuenta mil en sendos teletones de días pasados. Estas expresiones más grandilocuentes de la solidaridad solo se suman a formas más pequeñas y cotidianas del altruismo. Creo que la verdadera gran prueba de que estamos predispuestos para preocuparnos por otros son los cientos de iniciativas sociales, muy organizadas o absolutamente espontaneas, que han empezado a recoger donaciones en dinero, suministros y comida para ayudar a todos los que pasan por momentos difíciles por culpa de la cuarentena del COVID-19.

Ahora bien, la solidaridad es una disposición prosocial, es decir, que tiene efectos positivos sobre los grupos sociales, y puede ocurrir, sobre todo respecto a donaciones como de las que estamos hablando, de forma impulsiva o deliberada. En la primera, ocurre cuando vemos o conocemos de algo que nos estimula de manera emocional a realizar la donación. En la segunda, calculamos, revisamos opciones y tomamos una decisión que creemos informada sobre cómo, a quién y cuánto donar. Ambas son prosociales.

Estas iniciativas particulares y grupales, nacidas de esta crisis, para ayudar a otros han sido respondidas con probablemente las expresiones de solidaridad más grandes de las que tengamos memoria. Millones de personas han donado lo que tienen, les sobra o les falta, para que otros tengan, al menos, comida sobre sus mesas. Pero por grande que sea esa solidaridad, siempre hará falta y no solo eso, los aprendizajes de cómo canalizar ese sentimiento moral pueden ser muy relevantes para las agendas de altruismo para después de la pandemia.

Así las cosas ¿cómo aumentamos las donaciones?

La economía del comportamiento tiene algunas pistas. En efecto, hay bastante evidencia sobre cómo ciertos ajustes en la manera en que se presenta la información y en particular, se permite que la gente done, puede activar positivamente el impulso de hacerlo, sobre todo, cuando hablamos de la solidaridad impulsiva.

Lo primero parece obvio, pero no por eso es menos relevante: hay que facilitar la manera como la gente puede donar a una causa. Ahora, si hacen parte de una iniciativa comunitaria o particular, esa facilidad debe mantener algunos visos de formalidad, porque de lo contrario puede producir desconfianza. Ese equilibrio entre sencillez y estructura es clave para que la gente evite recurrir a excusas de dificultad para dejar de lado su motivación para donar.

Lo segundo tiene que ver con la retroalimentación inmediata de la acción. Las acciones altruistas otorgan recompensas internas y externas a las personas. Las primeras los hacen sentir bien consigo mismo porque su acción activa su conciencia moral, las segundas, porque les permiten sentir o recibir reconocimiento de parte de sus pares. Ambos incentivos son poderosísimos; a todos nos gusta sentir que somos buenas personas y saber que los demás creen que lo somos. Esto se puede hacer fácilmente con agradecimientos, fotos o videos personalizados. Lo importante es que esa recompensa simbólica llegue tan rápido y sea tan clara como sea posible para el donante.

Una tercera opción es apelar a las normas sociales. Las personas nos comportamos en muchos escenarios de acuerdo con como creemos que los demás lo están haciendo y esperan que nosotros lo hagamos. Sobre todo, aquellos que consideramos “los nuestros”, nuestros pares, ya sean amigos, compañeros de estudio o trabajo, o conciudadanos. Aquí la clave es la posibilidad de compararnos con los demás, esto puede funcionar respecto a información sobre las donaciones totales recibidas (algo que es bastante común en estas iniciativas), pero funcionaría mejor si fuera posible determinar y señalar quiénes o de dónde han donado. Al usar normas sociales, la clave es la identificación de la persona con los otros, que pueda ver que “otros como él” lo han hecho. Pedir a quienes donan a una iniciativa que recomienden su organización o iniciativa solidaria puede ayudar a señalar la norma social y generar confianza sobre la donación al mismo tiempo.

Finalmente, hay que hacerlo personal, anecdótico y relacionable. Varios estudios han encontrado que las donaciones aumentan cuando las personas pueden conocer relatos reales e individuales de quienes recibirían la donación. Esto es complejo porque supone mucho tacto para evitar explotar las dificultades de las personas o usar el pesar más asociado a la caridad que a la solidaridad.  Por eso es solo recomendable si, primero, hay muy buena voluntad y cuidado sobre el daño en quienes participarían, y segundo, si lo que sale es producido de manera evite estos problemas de fondo.

Ninguna de estas ideas desconoce, sin embargo, que la solidaridad sea un atributo natural de los seres humanos. Es más, si no fuera sencillo activarlo, pocas de ellas funcionarían. Pero las personas podemos sufrir de fallos de contexto o sesgos propios que nos dificultan seguir la intención inicial de ayudar a los demás. Estos pequeños empujones pueden mejorar nuestra disposición al altruismo y en el camino, servir de gran apoyo a quienes adelantan estas iniciativas y a quienes, al final, reciben por medio de las donaciones la manera se seguir sobrellevando esta tragedia colectiva de los últimos meses.

¿Por qué las personas subestiman el riesgo de contagiarse del COVID-19?

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Calles vacías durante la cuarentena, Nueva York.

Por Santiago Silva Jaramillo

Las últimas semanas, hemos sido testigos de irresponsabilidades, imprudencias o descuidos alrededor de la prevención del contagio del COVID-19 de ciudadanos desprevenidos que parecen subestimar el riesgo y las consecuencias de la pandemia que tiene paralizado al planeta. Esto incluye las personas que se resistieron en los primeros momentos a las recomendaciones de higiene o distanciamiento social, luego, los que viendo el advenimiento de las cuarentenas (en particular las de Bogotá y Medellín) salieron de viaje o intentaron evadirla saliendo de estas ciudades.

Las imágenes de las filas de carros que salían justo antes de que entraran en vigor las medidas de restricción de movimiento, de personas que los días antes todavía asistían a eventos en el que se reunían cientos de asistentes (o los organizaban) o que incumplían las medidas de cuarentena en la que se encuentran varias ciudades, han hecho las delicias de la indignación de redes. Estos incumplimientos individuales a lo que todos los demás estamos haciendo no solo son muy peligrosos para poder contener efectivamente el contagio del virus, sino que señalan un problema que por complejo no deja de ser muy común: las limitaciones de la acción colectiva.

Ahora ¿por qué hace la gente esto?

Uno de los retos que nos impuso la llegada del COVID-19 es la importancia de la responsabilidad individual y la coordinación del cuidado propio y la reducción que comportamientos cotidianos pueden tener sobre el riesgo de contagio. Es decir, que todos dependemos de todos, que solo podemos reducir el ritmo de contagio (para lograr la ya famosa “aplanar la curva”) si todos ponemos, si todos asumimos lo pequeños y grandes sacrificios que esta situación nos impone. Ahora, esto puede ser difícil de lograr por dos razones. La primero, el sesgo de optimismo y exceso de confianza, que puede estar llevando a que muchas personas subestimen el riesgo efectivo y la importancia de los cuidados personales.

El sesgo de optimismo es una limitación cognitiva que lleva a que los seres humanos creamos que somos un poco más hábiles en las cosas que hacemos de lo que realmente somos, que tenemos mayores probabilidades de salir airosos de una dificultad o que la posibilidad de que sufriremos un accidente o desgracia es más baja de los que realmente es. Este sesgo es una disposición evolutiva fundamental, es lo que permite en muchos casos que nos levantemos todos los días de la cama, que pensemos que el día siguiente será mejor que el presente (cuando en muchas ocasiones no tenemos información suficiente para hacer esa suposición), nos lleva a invertir en un negocio o empezar una relación sentimental.

Pero, así como garantiza muchos escenarios en el que a falta de optimismo solo tendríamos parálisis, nos lleva a cometer muchos errores, precisamente, porque nos puede inclinar a subestimar un riesgo. Por ejemplo, el riesgo de contagiarnos de una enfermedad viral llegaba de China o de que, al contraerla, se la pasaremos a otras personas.

La segunda razón por la que lograr la cooperación necesaria de todos los miembros de la sociedad es difícil es que las personas pueden sentir que los demás no hacen tampoco su parte y, por tanto, pueden pensar que su propio comportamiento no es significativo respecto a la magnitud de este problema. Esta percepción de injusticia, es decir, pensar que solo nosotros estamos poniendo de nuestra parte y que eso está mal y nos perjudica, nos puede llevar a defraudar preventivamente. Nadie quiere ser el “bobo”, nadie quiere sentir que se están aprovechando de su nobleza.

Estas dos dificultades no son únicas de un fenómeno como el contagio de un virus. Buena parte de los problemas públicos son problemas de acción colectiva y a su vez, muchos de ellos sufren por estas mismas limitantes comportamentales.

Ahora bien ¿qué podemos hacer entonces?

La teoría de las normas sociales de Cristina Bicchieri (y algunas aplicaciones de “nudge” y políticas conductuales) tienen pistas sobre herramientas para mejorar nuestro desempeño a la hora de contribuir individualmente a la prevención colectiva del contagio. Una norma social supone que para un comportamiento existen una expectativa empírica y otra normativo (y que de esta hay alguna percepción de sanción al incumplimiento). Es decir, las normas sociales implican que uno crea que la mayoría de la gente hace algo, que esa mayoría espera que uno haga lo mismo y que si uno (u otro) no lo hacen, puede ser sancionado por los demás.

La manera más común de trabajar en normas sociales implica el uso de información pública direccionada o masiva, pero dirigida a mostrar que un comportamiento es visto como conveniente por muchos y que todos están dispuestos a hacerlo, cuando no lo están haciendo ya. Usar la misma idea de que “todo el mundo lo hace, o lo haría o cree que deberíamos hacerlo” para que muchos más se sumen al comportamiento.

Ya tenemos incluso alguna evidencia sobre al efecto que diseñar mensajes dirigidos a los comportamientos de autocuidado y cuidado mutuo que utilizan la referencia a principios morales, enmarados como normas sociales, funcionan bien para incentivar el lavado de manos y el distanciamiento social.

Esto que escribo no pretende excusar a las personas que no se han tomado el aislamiento seriamente. Su comportamiento es efectivamente irresponsable y reprochable. Pero no es extraño, hay que reconocer que la subestimación de este riesgo parece ser algo común a todos nosotros (así sea en diferentes grados). De igual forma que algunos bogotanos y medellinenses no tuvieron problema en salir de sus ciudades, contra toda recomendación, justo cuando se declaró la cuarentena, así hay casos de personas que no han calculado bien los riesgos de asistir a mercados, conciertos, reuniones, de no lavarse las manos cada tres horas y por más de treinta segundos, de no guardas las distancias con las otras personas y demás en todo el mundo.

Es justamente cuando nos enfrentamos a algo tan humano como esto, que deben intervenir la sociedad y en particular el Estado, usando sus herramientas para que las personas tomemos mejores decisiones. Y que todo juntos, ahora sí, superemos esto.

 

¿Necesitamos de los grandes líderes?

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El liderazgo como cliché… y culto.

Cientos de programas, cursos, seminarios y conferencias lo validan: la sociedad contemporánea está obsesionada  con la preparación de “líderes” que nos guíen fuera de las crisis, que nos tracen rutas inverosímiles y que nos den sentido en las organizaciones y los Estados. No es una idea reciente; la historia de Occidente ha estado regida por la búsqueda de liderazgos absolutos -no en el sentido puramente político, sino en su carácter definitivo- por eso buena parte de la historiografía gira entorno a los grandes hombres, a los reyes, los emperadores y los presidentes.

Esa misma obsesión ha determinado las preocupaciones de capacitación de cientos de miles de personas en empresas, organizaciones y en el Estado; la idea de que al educar líderes estamos invirtiendo en sus habilidades para guiarnos en el futuro. Pero así como este interesante artículo de The New Yorker apunta, esta idea tiene dos importantes vacíos que vale la pena revisar antes del apoyo incondicional a los líderes sociales.

El primer problema con nuestra fe en los liderazgos absolutos es precisamente el grado de esa confianza. En el fondo, los liderazgo de un solo hombre hiede demasiado a autocracia, incluso en una organización privada, y esa descarga de la responsabilidad en un solo personaje superior sufre de una indiscutible pretensión de subestimación de las personas que conforman esa organización. Así, buscar un líder es buscar quién nos pueda liderar, alguien al menos en parte percibido como superior.

El segundo problema es del poder real de un solo personaje, incluso una “inteligencia superior” que se ha alzado con el liderazgo de un grupo u organización. Veamos un ejemplo cercano: los liderazgos políticos de de América Latina en los primeros quince años del 2000. Para personajes como Luis Ignacio “Lula” Da Silva, Hugo Chávez, Álvaro Uribe, Evo Morales, Michelle Bachelet o Rafael Correa los primeros diez años de este milenio los recibió con altos precios de materias primas y un contexto internacional político y económico que les permitió desarrollar gobiernos bastante populares en sus países.

Ese contexto macroeconómico tenía bien poco que ver con aquellos líderes y su falta de control sobre esas circunstancias los hizo benefactores del azar más que buenos agentes de sus propias habilidades. Ahora bien, aunque esto no debería descartar por completo su influencia en las trayectorias de sus países -es fácil señalar que Michelle Bachelet tomó mejores decisiones que Hugo Cháves en su gobierno- si nos permite poner el alcance de sus habilidades en los logros de sus propios gobierno. De igual forma, la caída de los precios internacionales de las materias primas y al desaceleración económica de los últimos meses han “desenmarcarado” la realidad regional, poniendo a los presidentes del continente -la mayoría herederos de los populares líderes de principio de siglo- en bastantes problemas. Esto no quiere decir necesariamente que Uribe fuera mejor presidente en Colombia que Santos o que Rousseff no fuera tan buena presidente en Brasil que “Lula”, solo que su propio poder se puede volver casi irrelevante al enfrentarse a las aplastantes fuerzas de la economía global.

Así pues, estas dos razones nos invitan a mirar con escepticismo a los liderazgos absolutos. El artículo de The New Yorker invita a que esta reflexión nos lleve a pedir más democracia y menos liderazgos mesiánicos, a reconocer que no es en esos hombres absolutos que se construye una sociedad o se levanta una organización, sino, por el contrario, en la toma de decisiones colectiva y el trabajo en ocasiones anónimo de todo el grupo. En este sentido, cita a John Adams, que invita a los estadounidenses a confiar en ellos mismos y a desconfiar de sus líderes, “deberían aprender a reverenciarse ellos mismos  en vez de adorar a sus servidores, sus generales, almirantes, obispos y políticos”.

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