Archive for the 'internacional' Category

¿Por qué es tan difícil ponernos de acuerdo?

Podemos ponernos de acuerdo con visiones diferentes?

Por Santiago Silva Jaramillo.

Imagine, por un instante, que se encuentra en uno de esos almuerzos o comidas masivos que tienen las familias de vez en cuando (puede ser navidad, o un cumpleaños de alguien especial o un encuentro tradicional de domingo) y en medio del ruido de platos y la conversación a murmullos de muchos, alguien pone sobre la mesa -literal- una cuestión sobre política o religión, y el ambiente se tensa, los ánimos se crispan de inmediato. Se arman ahí mismo facciones militantes, defensores acérrimos, un primo segundo toma una postura controversial, una tía, que habla poco, pero se siente atacada, se retuerce en la silla, los ojos abiertos en señal de exasperación. Alguien ataca y otros responden, y los tonos suben y los ceños se aprietan.

Es una discusión, en toda regla, y en medio de la disputa nunca se alcanza un acuerdo y los papás de alguien se lamentan, que por qué tenían que poner ese tema, que la gente solo pelea cuando hablan de esas cosas ¿Es cierto? ¿Estamos condenados a discusiones airadas que nunca llegan a acuerdos? ¿Estamos a merced del inevitable e insalvable choque entre nuestros puntos de vista?

Otra mirada, esta vez en las discusiones cotidianas de redes sociales y programas de opinión de radio, parecería confirmar esta tragedia deliberativa: que las personas estemos siempre prestas a defender nuestras posiciones a como dé lugar y muy poco dispuestas a reconocer un error o -¡dios no lo quiera!- cambiar nuestra opinión por la del contrario.

Esa dificultad para entender la posición contraria, escuchar realmente sus argumentos, entender sus motivaciones y en ocasiones, darle la razón nos parece tan “antinatural” porque, precisamente, va un poco en contravía de nuestra programación evolutiva. Esta es, en una reducción particularmente injusta de mi parte, la propuesta del psicólogo moral Jonathan Haidt en su libro “La mente de los justos” (The Righteous Mind, 2019, Planeta). Haidt propone una teoría de los fundamentos morales en los que las creencias de las personas, incluidas sus inclinaciones políticas y religiosas, se encuentran delimitadas por la estimación que tienen de valores como el cuidado, la equidad, la lealtad, la autoridad y la santidad. Esta valoración depende en buena medida de elementos culturales, familiares y personales, también genéticos, en cada experiencia vital; todos somos potencialmente susceptibles de desarrollar mentes “conservadoras” o “liberales”.

De igual forma, nuestro “ADN evolutivo” nos ha predispuesto para reconocer la importancia de trabajar en equipo y ser recíprocos con los “nuestros”. Haidt lo plantea en una metáfora en la que nos podríamos considerar 90% chimpancés y 10% abejas. Esa décima cooperativa ha sido fundamental para construir las sociedades en las que ahora tan cómodamente vivimos, pero también plantea un reto enorme para la predisposición que tenemos a solo querer confirmar ideas que sean propias (el sesgo de confirmación) y defender a los nuestros a como dé lugar, en organizaciones, ciudades y naciones cada vez más heterogéneas.

Cuando en una tranquila comida familiar (o una caótica discusión en Twitter) discutimos sobre política y religión (aunque en realidad esto se activa siempre que los temas tengan implicaciones sobre la identidad grupal de los involucrados), nuestra evaluación parece condicionar la posibilidad real de que alcancemos acuerdos, reconozcamos puntos ajenos o cambiemos de opinión. Así las cosas ¿hay esperanzas de tener debates y discusiones que puedan alcanzar acuerdos?

Haidt matiza al cerrar su libro lo “predestinados” que parecemos estar a competir constantemente entre grupos y ser incapaces de cooperar entre diferentes. Al final, la historia humana está llena de ejemplos en que las diferencias más marcadas han sido superadas por una combinación extraña, pero no imposible, de sensatez y empatía. Y sobre este argumento señala una propuesta que por lo sencilla no resulta menos fundamental para empezar a tener discusiones constructivas: reconocer que al final de cuentas, nuestras ideas no son tan racionales y bien pensadas como pensamos y que en este hecho existe la posibilidad (grande en muchos casos) de que estemos equivocados o al menos, que la contraparte tenga algo de razón.

Un primer paso esencial, difícil, como todas las cosas importantes, pero insalvable si queremos que la próxima comida familiar -o en la definición de decisiones públicas, discusiones de políticas, desacuerdos normativos- no sea una interminable discusión entre sordos y pueda llegar a que, al final y así sea solo en algunas cosas, podamos ponernos de acuerdo. O no.

¿Por qué las personas subestiman el riesgo de contagiarse del COVID-19?

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Calles vacías durante la cuarentena, Nueva York.

Por Santiago Silva Jaramillo

Las últimas semanas, hemos sido testigos de irresponsabilidades, imprudencias o descuidos alrededor de la prevención del contagio del COVID-19 de ciudadanos desprevenidos que parecen subestimar el riesgo y las consecuencias de la pandemia que tiene paralizado al planeta. Esto incluye las personas que se resistieron en los primeros momentos a las recomendaciones de higiene o distanciamiento social, luego, los que viendo el advenimiento de las cuarentenas (en particular las de Bogotá y Medellín) salieron de viaje o intentaron evadirla saliendo de estas ciudades.

Las imágenes de las filas de carros que salían justo antes de que entraran en vigor las medidas de restricción de movimiento, de personas que los días antes todavía asistían a eventos en el que se reunían cientos de asistentes (o los organizaban) o que incumplían las medidas de cuarentena en la que se encuentran varias ciudades, han hecho las delicias de la indignación de redes. Estos incumplimientos individuales a lo que todos los demás estamos haciendo no solo son muy peligrosos para poder contener efectivamente el contagio del virus, sino que señalan un problema que por complejo no deja de ser muy común: las limitaciones de la acción colectiva.

Ahora ¿por qué hace la gente esto?

Uno de los retos que nos impuso la llegada del COVID-19 es la importancia de la responsabilidad individual y la coordinación del cuidado propio y la reducción que comportamientos cotidianos pueden tener sobre el riesgo de contagio. Es decir, que todos dependemos de todos, que solo podemos reducir el ritmo de contagio (para lograr la ya famosa “aplanar la curva”) si todos ponemos, si todos asumimos lo pequeños y grandes sacrificios que esta situación nos impone. Ahora, esto puede ser difícil de lograr por dos razones. La primero, el sesgo de optimismo y exceso de confianza, que puede estar llevando a que muchas personas subestimen el riesgo efectivo y la importancia de los cuidados personales.

El sesgo de optimismo es una limitación cognitiva que lleva a que los seres humanos creamos que somos un poco más hábiles en las cosas que hacemos de lo que realmente somos, que tenemos mayores probabilidades de salir airosos de una dificultad o que la posibilidad de que sufriremos un accidente o desgracia es más baja de los que realmente es. Este sesgo es una disposición evolutiva fundamental, es lo que permite en muchos casos que nos levantemos todos los días de la cama, que pensemos que el día siguiente será mejor que el presente (cuando en muchas ocasiones no tenemos información suficiente para hacer esa suposición), nos lleva a invertir en un negocio o empezar una relación sentimental.

Pero, así como garantiza muchos escenarios en el que a falta de optimismo solo tendríamos parálisis, nos lleva a cometer muchos errores, precisamente, porque nos puede inclinar a subestimar un riesgo. Por ejemplo, el riesgo de contagiarnos de una enfermedad viral llegaba de China o de que, al contraerla, se la pasaremos a otras personas.

La segunda razón por la que lograr la cooperación necesaria de todos los miembros de la sociedad es difícil es que las personas pueden sentir que los demás no hacen tampoco su parte y, por tanto, pueden pensar que su propio comportamiento no es significativo respecto a la magnitud de este problema. Esta percepción de injusticia, es decir, pensar que solo nosotros estamos poniendo de nuestra parte y que eso está mal y nos perjudica, nos puede llevar a defraudar preventivamente. Nadie quiere ser el “bobo”, nadie quiere sentir que se están aprovechando de su nobleza.

Estas dos dificultades no son únicas de un fenómeno como el contagio de un virus. Buena parte de los problemas públicos son problemas de acción colectiva y a su vez, muchos de ellos sufren por estas mismas limitantes comportamentales.

Ahora bien ¿qué podemos hacer entonces?

La teoría de las normas sociales de Cristina Bicchieri (y algunas aplicaciones de “nudge” y políticas conductuales) tienen pistas sobre herramientas para mejorar nuestro desempeño a la hora de contribuir individualmente a la prevención colectiva del contagio. Una norma social supone que para un comportamiento existen una expectativa empírica y otra normativo (y que de esta hay alguna percepción de sanción al incumplimiento). Es decir, las normas sociales implican que uno crea que la mayoría de la gente hace algo, que esa mayoría espera que uno haga lo mismo y que si uno (u otro) no lo hacen, puede ser sancionado por los demás.

La manera más común de trabajar en normas sociales implica el uso de información pública direccionada o masiva, pero dirigida a mostrar que un comportamiento es visto como conveniente por muchos y que todos están dispuestos a hacerlo, cuando no lo están haciendo ya. Usar la misma idea de que “todo el mundo lo hace, o lo haría o cree que deberíamos hacerlo” para que muchos más se sumen al comportamiento.

Ya tenemos incluso alguna evidencia sobre al efecto que diseñar mensajes dirigidos a los comportamientos de autocuidado y cuidado mutuo que utilizan la referencia a principios morales, enmarados como normas sociales, funcionan bien para incentivar el lavado de manos y el distanciamiento social.

Esto que escribo no pretende excusar a las personas que no se han tomado el aislamiento seriamente. Su comportamiento es efectivamente irresponsable y reprochable. Pero no es extraño, hay que reconocer que la subestimación de este riesgo parece ser algo común a todos nosotros (así sea en diferentes grados). De igual forma que algunos bogotanos y medellinenses no tuvieron problema en salir de sus ciudades, contra toda recomendación, justo cuando se declaró la cuarentena, así hay casos de personas que no han calculado bien los riesgos de asistir a mercados, conciertos, reuniones, de no lavarse las manos cada tres horas y por más de treinta segundos, de no guardas las distancias con las otras personas y demás en todo el mundo.

Es justamente cuando nos enfrentamos a algo tan humano como esto, que deben intervenir la sociedad y en particular el Estado, usando sus herramientas para que las personas tomemos mejores decisiones. Y que todo juntos, ahora sí, superemos esto.

 

Las religiones en la globalización: La fe al servicio de la política (Contribución).

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Religiones y geopolítica.

Por Juan David Correa

Tras discutir asuntos de índole petrolífera, hace unos años, el rey de Arabia Saudita Abdalá bin Abdelaziz lanzó una inusitada propuesta a Vladimir Putin, primer mandatario ruso: dejarle comprar un predio en Moscú para la construcción de una gran mezquita. Putin contestó afirmativamente, a cambio de que el rey le permitiera erigir un templo ortodoxo en sus dominios. El rey reaccionó con sorpresa argumentando que esto no podía ser posible en tanto que su religión, la ortodoxa, no era la verdadera y no se podía engañar al pueblo, lo que llevó a Putin desde su consabida audacia a esgrimir: “yo pienso igual de su religión y sin embargo permitiría edificar su templo si hubiera correspondencia, así que hemos terminado el tema”.

Las religiones han tenido como finalidad a lo largo de la historia, dotar de sentido la existencia de los hombres y explicar la relación de éste con el cosmos a través de la creencia en un ser o varios seres divinos. Es un rasgo cultural que moldea a un grupo social, que puede ir desde una etnia hasta una civilización. Todas las representaciones del mundo cambian ostensiblemente de una latitud a otra.

Precisamente, una característica esencial de una religión es el “anclaje” a un determinado territorio. Si bien es cierto que ha habido religiones que desde su origen han sido desancladas; como por ejemplo el cristianismo, el islamismo o el budismo, hay que decir que hasta finales del siglo XX han seguido estando supeditadas a una determinada cultura y, como se advirtió, a una territorialidad concreta. Con el proceso de la globalización y la proliferación ingente de los servicios tecnológicos, las religiones acuden ante un escenario de peligrosidad en lo que respecta a su existencia. Si son pequeñas pueden sentirse vulnerables de poder ser absorbidas por religiones mucho más fuertes, acostumbradas al desanclaje con gran capacidad de adaptación. Si son grandes pueden perder protagonismo en determinada zona y cederle espacio a otras religiones, que pueden adueñarse de la parte mística de algunas personas y, más importante aún, del aspecto político.

Es innegable que la imbricación de las religiones y la política, más que algo potencial, es un hecho. Hay sociedades en donde la vida política tiene sentido en un entendido religioso y doctrinal, como en el mundo musulmán. En otras sociedades, la religión no se explicita en lo político directamente, sino que es un recurso del que se sirven algunas autoridades políticas para tener control social en su territorio y para relacionarse exteriormente con otras autoridades político-religiosas, o simplemente,  políticas o religiosas. Ante un mundo globalizado, la paranoia de la absorción cultural por parte de una masa homogeneizadora que tienen las religiones en sí y los órdenes políticos que apelan a la religión para legitimarse, abre la posibilidad a múltiples búsquedas para mantener cierta rigidez que permita dejar a estas religiones y ordenes políticos sin menoscabo alguno.

Paradójicamente, esta rigidez precisa de mucha movilidad, es decir, los tomadores de decisiones necesitan mover las fichas necesarias para que una sociedad o una religión no sucumban. Entre estos movimientos tenemos el del diálogo inter-religioso, que propende por la unificación de ciertos aspectos básicos doctrinales y ceremoniales entre dos religiones distintas o entre facciones de una misma religión. El puente que hace posible tal diálogo son las relaciones internacionales. El profesor Gabriel Andrade nos dice que “a partir de la globalización, los procesos de conformación de polos y diálogos interreligiosos se llevarán a cabo por medio de la política”. Las alianzas estratégicas entre religiones distintas con fines de supremacía política en el orden internacional están actualmente y seguirán estando a la orden del día en el tercer milenio. Así es como los acercamientos entre la Irán chií y el resto del mundo musulmán (predominantemente suní) se pueden dar para reivindicar el panislamismo. El telos de estas alianzas no es más que la erección de polos político-religiosos.

Pero ¿por qué la religión sigue siendo tan vigente en un mundo supuestamente “moderno”?. Lo primero que habría que decir es que la única civilización donde la religión y la política se han separado tajantemente ha sido en la Occidental, dando lugar a un proceso de secularización que se decantó en la modernidad y el capitalismo. Luego, en su apogeo, el capitalismo se constituyó en industrialización y   en progreso, algo que se denominó como modernización. El abrigo filosófico de éste fenómeno fue la Ilustración. No obstante, la religión siguió ocupado un lugar prominente en dicha civilización, sólo que hizo una mutación. El mundo laico no deja de ser religioso, simplemente manifiesta la religiosidad de otro modo. Bien decía Nietzsche que en el Occidente cristiano “Dios es la verdad”. Con la Ilustración simplemente se invierte la premisa, pero sigue dando el mismo rédito y la misma operatividad para la sociedad: “La Verdad es Dios”.

Así pues, se tiende a asumir lo “moderno” con lo occidental, y con éste rasero se juzgan a las demás civilizaciones que no han tenido procesos de escisión entre lo espiritual y lo temporal. Se las llama “pre-modernas” y arcaicas. A pesar de que la modernización ha hecho que muchas sociedades se secularicen y se ha incrementado exponencialmente el grupo de los no-religiosos, las religiones no han perdido fuerza. Por el contrario, ante la crisis de la modernidad y los fenómenos existenciales, los humanos se han amparado más fuertemente en las religiones.

Éste resurgir de las religiones en un escenario globalizado ha arrojado problemas muy nuevos como el fundamentalismo. Se está dando el rechazo a ultranza de determinados pueblos respecto de los intereses imperialistas y expansionistas de Occidente (en cabeza de E.E.U.U) como bastión de la “modernización”. En esa dialéctica de la inclusión y de la exclusión propia de la globalización encaja perfectamente el fenómeno del fundamentalismo islámico, por ejemplo. Los intentos fallidos de la occidentalización en Oriente Medio y en el mundo árabe en general ha hecho que éstos pueblos se pregunten muy seriamente si la adopción de los cánones de ésta civilización sirve para potenciar el desarrollo en sus territorios. Después de la incógnita se han decantado por un “no” rotundo, y ha habido mucho brotes de grupos que intentan reivindicar su cultura y volver a implementar los códigos y las normas propias de su religión para auto-determinarse. Este es el caso de los  renombrados Estado Islámico, Al Qaeda o Hezbolá, entre otros.

En este estado de cosas podemos aseverar que la religión seguirá teniendo un rol enorme en la configuración del orden global. Los diálogos y acercamientos interreligiosos acarrearán el origen de diversos polos y enclaves políticos, que buscarán la supremacía frente a los demás. Habrá muchas pugnas por la influencia en ciertas zonas que tienen unas religiones minoritarias y en algunos territorios con una población místicamente débil. Se constituirá pues un cierto estado avanzado del Choque de Civilizaciones, y será mucho más complejo de entender, porque pueden darse diálogos entre un país que hace parte de una civilización dada con otro país de otra civilización (ambos religiosamente y culturalmente disímiles) y podrán pelear contra una diada similar.

La religión pues no está rezagada, vive hoy más que nunca.

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Gráfico: Importancia de la política y su relación con el nivel educativo en Colombia

Importancia de la política y su relación con el nivel educativo en Colombia: la política no es igualmente importante para todas las personas. Aunque eso parece intuitivo, las diferencias por nivel educativo en Colombia dan algunas pistas curiosas sobre las diferencias entre sus particularidades en las que la política es más importante para diferentes personas. Este gráfico separa la importancia dada a la política en Colombia por el nivel educativo de sus ciudadanos. Fuente: World Values Survey, 2016. Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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Gráfico: Importancia de la democracia en países poco democráticos

Importancia de la democracia en países poco democráticos: la democracia se ha universalizado. Al menos, la idea de que algún tipo de democracia es positiva, tanto, que en países poco democráticos o nada democráticos, las personas siguen señalando en su mayoría la importancia de la democracia como estructura de organización política y sistema de toma de decisiones colectivas. Esto no garantiza, por supuesto, la exigencia de reformas, pero la ironía que nos guarda esta gráfica es que la percepción generalizada en países que no son necesariamente democráticos, es que el sistema -sea cual sea la versión que tienen en la cabeza- es importante. Fuente: World Values Survey, 2016. Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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Gráfico: ¿Trabajar más nos hace más ricos?

¿Trabajar más nos hace más ricos?: parece que trabajar más horas no necesariamente hace que una sociedad sea más próspera. En efecto, una comparación mecánica entre las horas trabajadas por trabajar al año y el ingreso per cápita señala una relación entre menos horas trabajadas y mayores ingresos. Fuente: Banco Mundial & OECD (2016) (Datos de 2013) Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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Gráfico: Liderazgo regional en América Latina

Liderazgo regional en América Latina: ¿a quién percibimos los latinoamericanos como el líder natural de la región? De acuerdo a la encuesta de Latinobarómetro, este lugar pertenece, con u relativo apoyo, a Brasil. Sin embargo, otros países como Estados Unidos, Chile y Argentina le siguen de cerca; todavía más, el porcentaje de personas que no saben responder a la pregunta también da cuenta de pocas claridades respecto al papel de liderazgo regional. Otro resultado interesante en los micro datos de la encuesta es el “individualismo” en términos de liderazgo regional, pues cada país suele ponerse muy por encima de la percepción que tienen los otros, en su propia importancia regional. Todos se creen líderes pero reconocen poco a otros como líderes; esto explica de alguna forma la dispersión de las respuestas. Por supuesto, esta encuesta no alcanzó a recoger las percepciones luego de la profunda crisis política y económica que este año vive Brasil o los efectos sobre la percepción latinoamericana de la visita de esta semana de Barack Obama a Cuba. El liderazgo, como hemos dicho, es patéticamente relativo. Fuente: Latinobarómetro, 2015Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

Liderazgo AmLat

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Gráfico: Imagen de Estados Unidos en América Latina

Imagen de Estados Unidos en América Latina: el antiamericanismo (el odio o desprecio a los “yanquis”) es uno de esos viejos pasatiempos latinoamericanos -como los golpes de Estado, las democracias débiles y la desigualdad- y su presencia en la cultura popular de la región es un lugar común. Así, el discurso “antiyanqui” ha alimentado generaciones de movimientos, partidos y líderes políticos (particularmente de izquierda) en los países del sur y centro de América. Sin embargo, revisando las respuesta de los latinoamericanos en la encuesta de Latinobarómetro 2015 el sentimiento de resistencia hacia los Estados Unidos parece no ser tan claro en la mayoría de los países. En realidad, tampoco parece haber una definitiva relación entre tener un gobierno de izquierda y la imagen negativa de Estados Unidos en la región. De hecho, para The Economist, la explicación aparente para la popularidad y odio de los latinoamericanos va desde la cantidad de inversión estadounidense directa en el país, o la afición al béisbol.  Fuente: Latinobarómetro, 2015; Wikipedia, 2016. Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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¿Necesitamos de los grandes líderes?

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El liderazgo como cliché… y culto.

Cientos de programas, cursos, seminarios y conferencias lo validan: la sociedad contemporánea está obsesionada  con la preparación de “líderes” que nos guíen fuera de las crisis, que nos tracen rutas inverosímiles y que nos den sentido en las organizaciones y los Estados. No es una idea reciente; la historia de Occidente ha estado regida por la búsqueda de liderazgos absolutos -no en el sentido puramente político, sino en su carácter definitivo- por eso buena parte de la historiografía gira entorno a los grandes hombres, a los reyes, los emperadores y los presidentes.

Esa misma obsesión ha determinado las preocupaciones de capacitación de cientos de miles de personas en empresas, organizaciones y en el Estado; la idea de que al educar líderes estamos invirtiendo en sus habilidades para guiarnos en el futuro. Pero así como este interesante artículo de The New Yorker apunta, esta idea tiene dos importantes vacíos que vale la pena revisar antes del apoyo incondicional a los líderes sociales.

El primer problema con nuestra fe en los liderazgos absolutos es precisamente el grado de esa confianza. En el fondo, los liderazgo de un solo hombre hiede demasiado a autocracia, incluso en una organización privada, y esa descarga de la responsabilidad en un solo personaje superior sufre de una indiscutible pretensión de subestimación de las personas que conforman esa organización. Así, buscar un líder es buscar quién nos pueda liderar, alguien al menos en parte percibido como superior.

El segundo problema es del poder real de un solo personaje, incluso una “inteligencia superior” que se ha alzado con el liderazgo de un grupo u organización. Veamos un ejemplo cercano: los liderazgos políticos de de América Latina en los primeros quince años del 2000. Para personajes como Luis Ignacio “Lula” Da Silva, Hugo Chávez, Álvaro Uribe, Evo Morales, Michelle Bachelet o Rafael Correa los primeros diez años de este milenio los recibió con altos precios de materias primas y un contexto internacional político y económico que les permitió desarrollar gobiernos bastante populares en sus países.

Ese contexto macroeconómico tenía bien poco que ver con aquellos líderes y su falta de control sobre esas circunstancias los hizo benefactores del azar más que buenos agentes de sus propias habilidades. Ahora bien, aunque esto no debería descartar por completo su influencia en las trayectorias de sus países -es fácil señalar que Michelle Bachelet tomó mejores decisiones que Hugo Cháves en su gobierno- si nos permite poner el alcance de sus habilidades en los logros de sus propios gobierno. De igual forma, la caída de los precios internacionales de las materias primas y al desaceleración económica de los últimos meses han “desenmarcarado” la realidad regional, poniendo a los presidentes del continente -la mayoría herederos de los populares líderes de principio de siglo- en bastantes problemas. Esto no quiere decir necesariamente que Uribe fuera mejor presidente en Colombia que Santos o que Rousseff no fuera tan buena presidente en Brasil que “Lula”, solo que su propio poder se puede volver casi irrelevante al enfrentarse a las aplastantes fuerzas de la economía global.

Así pues, estas dos razones nos invitan a mirar con escepticismo a los liderazgos absolutos. El artículo de The New Yorker invita a que esta reflexión nos lleve a pedir más democracia y menos liderazgos mesiánicos, a reconocer que no es en esos hombres absolutos que se construye una sociedad o se levanta una organización, sino, por el contrario, en la toma de decisiones colectiva y el trabajo en ocasiones anónimo de todo el grupo. En este sentido, cita a John Adams, que invita a los estadounidenses a confiar en ellos mismos y a desconfiar de sus líderes, “deberían aprender a reverenciarse ellos mismos  en vez de adorar a sus servidores, sus generales, almirantes, obispos y políticos”.

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¿Podemos predecir el futuro?

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Una ilustración del año 1900 imaginando el año 2000.

En los últimos días he estado leyendo la trilogía de la Fundación de Isaac Asimov, un clásico de la ciencia ficción que recorre una larga historia de los hombres de las dos fundaciones en un futuro de miles de años. Para los que no lo hayan leído o no lo recuerden bien, Fundación se centra en el psicohistoriador Hari Seldon, un científico que logra utilizar su disciplina -mezcla de sicología de masas, matemática y prospectiva histórica- para predecir la inevitable caída del Imperio Galáctico y planear el establecimiento de dos fundaciones que pudieran reducir el periodo de barbarie subsiguiente a solo mil años, antes de establecer ellas misma un segundo imperio galáctico.

La historia inicia sobre la suposición de que el modelo de Seldon es matemáticamente perfecto y que en efecto, la historia se desarrolla de acuerdo a sus pretensiones. Y en principio así parece, pero sin entrar en detalles que puedan estropear su lectura, incluso la inevitabilidad de Seldon es puesta a prueba y solo con dificultad parece mantener su camino. Estas dificultades al plan de la psicohistoria nacen de dos problemas: una paradoja y el poder individual.

La paradoja es que las personas que se enfrentan al futuro conozcan hacia donde se dirijan y puedan estropear el trayecto al interferir. Seldon soluciona esta paradoja al sepultar la psicohistoria y envolver buena parte de su plan en el misterio, dejando solo pistas suficientes para que los habitantes y dirigentes de la Fundación puedan continuar el camino trazado por su modelo.

El poder individual es más difícil de controlar. En la ciencia de la psicohistoria de Seldon, los cálculos se hacen teniendo en cuenta las tendencias sociales, políticas y económicas de billones de seres humanos que habitan la galaxia. En su enormidad, la galaxia elimina el impacto que sobre esa trayectoria puede tener un individuo. O al menos, eso piensa Seldon.

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Una ilustración de Hari Seldon, protagonista de la saga de Fundación de Isaac Asimov.

Ahora bien, lejos de la ciencia ficción de Asimov, los intentos desde la geopolítica y la prospectiva contemporánea por entender las tendencias globales y pensar en los desarrollos futuros de la humanidad se han configurado en herramientas reales de toma de decisión. Pero ¿podemos confiar en la veracidad y efectividad de esos ejercicios? ¿Podemos predecir el futuro?

Probablemente la respuesta se divida en grados. Es decir, que es posible que podamos predecir el futuro en algún grado, sobre todo, cuando consideramos grandes tendencias sociales y futuros cercanos. Por ejemplo, no sería muy aventurado decir que en los próximos cincuenta años las crisis de migrantes se agudizarán, presionando sobre todo a países del primer mundo o que el desgaste ambiental seguirá en aumento, dificultando la producción de alimentos en países de bajos niveles de desarrollo. Pero ¿se puede llegar a ser más específicos? O más aún ¿podemos considerar alternativas a estas supuestas inevitabilidades?

En efecto, la futurología se encuentra siempre con dos grandes obstáculos –similares a los que Seldon tuvo en la historia de Isaac Asimov-: la paradoja y los actos individuales. En la primera, se puede decir que estar conscientes de un trayecto nos puede ayudar a evitarlo o corregirlo, incluso, cuando el problema es tan abrumador como el calentamiento global. En la segunda, nunca podemos descartar el efecto que las decisiones de ciertos individuos pueden tener sobre algunas trayectorias. Y en esto no me refiero a líderes o políticos, sino a los seres humanos que de verdad cambiar tendencias globales: los científicos, inventores y emprendedores. La prospectiva ha estado siempre limitada por la inexplicable fuerza, el inmedible impulso de la creatividad humana y su capacidad de encontrar soluciones a problemas.

La imagen que encabeza esta entrada es una de esas bonitas experiencias fallidas de predecir el futuro. Iguales a toda la literatura distópica de mediados de siglo o la televisión y el cine alarmista y apocalíptico de la Guerra Fría. La prospectiva es un ejercicio difícil y en ocasiones, fútil.

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