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Normas, excesos y los límites del cumplimiento

Habrá puestos de control con Policía y Ejército para cumplimiento ...

El transporte público, escenario especial del control de la pandemia.

Por Santiago Silva Jaramillo

Las últimas semanas han sido no solo los tiempos de las pandemias, sino, la de las normatividades de emergencia. A las disposiciones del Gobierno Nacional se suman, según municipios y departamento, las de Alcaldías y Gobernaciones; cuarentenas, toques de queda, distancias, excepciones y formas de uso de tapabocas diferenciadas por ideas, evidencias y en ocasiones, caprichos de los gobernantes.

No es decir que buena parte de las limitaciones que tenemos actualmente en Colombia no sean necesarias, lo son. Lo que sabemos del virus sigue manteniendo que la distancia entre personas es la mejor manera de, al menos, ralentizar el ritmo de contagio y hacer más manejable y menos mortal la pandemia. Pero también hay que reconocer que el COVID-19 pone de manifiesto problemas subyacentes en los sistemas políticos y económicas de los países y que en el nuestro ha dado algo de combustible al viejo vicio de confiar demasiado en las normas (sobre todo las duras y las complicadas) para resolver todos los problemas. La panacea leguleya.

Mauricio García Villegas, que ha estudiado el cumplimiento de las normas en libros como “Normas de papel” o “El Orden de la Libertad”, ha señalado siempre, con mucha sensatez, dos de los problemas más comunes del legalismo colombiano. El primero se refiere a las limitaciones que tiene un Estado con diferenciados niveles de control y presencia en su territorio para hacer cumplir las normas. El segundo, los problemas de legitimidad que son comunes a estas disposiciones y a las autoridades que las tiene que hacer cumplir, sobre todo, cuando las normas son implementadas de forma diferenciada y en ocasiones, con excesos de fuerza innecesarios.

Estos dos problemas colombianos (aunque en general, latinoamericanos) son importantes porque el cumplimiento de las normas se puede asociar a tres elementos principalmente: la legitimidad que reconozcamos en la norma y quién la dicta, el cálculo de conveniencia sobre cumplir, incumplir y sus consecuencias sobre nosotros, y el hecho de que la norma esté alineada con una expectativa colectiva o individual de comportamiento, esto es, una norma social, una costumbre o una regla moral.

En muchas ocasiones, los excesos normativos llevan a incentivar el incumplimiento de esas mismas normas. Las autoridades deben ser razonables al establecer reglas de juego, evitar al máximo el legalismo, en tanto dureza de las normas y dificultades y trabas para acceder a sus beneficios. La incapacidad de aguantarse la necesidad de parecer duros, técnicos y tecnológicos lleva en ocasiones a decretar disposiciones que hagan que las personas se vean casi obligadas a incumplir.

Ahora, esto también es un problema. El goteo incesante de pequeños incumplimientos, personas trotando a la hora que no se permite; una conversación entre vecinos en la puerta de la casa, en la acera luego, en medio de la calle al final; una mercada de pico y cédula que alarga bastante su recorrido, que incluye una visita familiar o a un amigo. Poco a poco desgastan las normas y disposiciones de la cuarentena, son las filtraciones de la presa a punto de reventarse. La labor del Estado no es solo la de forzar el cumplimiento de estas normas, también la de decidir con razonabilidad y sensatez hasta donde dobla el brazo, hasta donde aguantan las limitaciones de su aparato y las necesidades y percepciones de las personas.

Porque las normas necesitan también estar acompañas de amenazas creíbles. Otro problema de prohibir o regular un imposible es que su misma pretensión socava sus perspectivas de efectividad. Pero también porque entender a la regulación como principal instrumento de intervención de la realidad, nos condena a ver la coerción y su amenaza como escape facilista a los retos de movilizar a los ciudadanos, deja de lado todo el repertorio que tiene el Estado (y los líderes políticos y sociales) de invitar a los ciudadanos desde compromisos de corresponsabilidad, las peticiones razonables de autocuidado y los programas inteligentes de cultura ciudadana.

Las normas por sí solas (y en particular si son intransigentes y complicadas), nos han demostrados doscientos años de amplias legislaciones y poco cumplimiento en Colombia, nunca serán suficientes.

Un pequeño empujón a la solidaridad

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La Cruz Roja colombiana siempre será una buena alternativa para donar. Aquí encuentran más información.

Por Santiago Silva Jaramillo

Las últimas semanas nos han puesto de manifiesto algo que no debemos olvidar: nuestra disposición, la de todos, a ayudar a los demás, a ayudarnos unos a otros, a ayudarnos para superar lo que, a todas luces, y a cada momento que pasa, se está convirtiendo en una situación desesperada. En Medellín esa disposición pudo recoger unos catorce mil millones de pesos y en Bogotá más de cincuenta mil en sendos teletones de días pasados. Estas expresiones más grandilocuentes de la solidaridad solo se suman a formas más pequeñas y cotidianas del altruismo. Creo que la verdadera gran prueba de que estamos predispuestos para preocuparnos por otros son los cientos de iniciativas sociales, muy organizadas o absolutamente espontaneas, que han empezado a recoger donaciones en dinero, suministros y comida para ayudar a todos los que pasan por momentos difíciles por culpa de la cuarentena del COVID-19.

Ahora bien, la solidaridad es una disposición prosocial, es decir, que tiene efectos positivos sobre los grupos sociales, y puede ocurrir, sobre todo respecto a donaciones como de las que estamos hablando, de forma impulsiva o deliberada. En la primera, ocurre cuando vemos o conocemos de algo que nos estimula de manera emocional a realizar la donación. En la segunda, calculamos, revisamos opciones y tomamos una decisión que creemos informada sobre cómo, a quién y cuánto donar. Ambas son prosociales.

Estas iniciativas particulares y grupales, nacidas de esta crisis, para ayudar a otros han sido respondidas con probablemente las expresiones de solidaridad más grandes de las que tengamos memoria. Millones de personas han donado lo que tienen, les sobra o les falta, para que otros tengan, al menos, comida sobre sus mesas. Pero por grande que sea esa solidaridad, siempre hará falta y no solo eso, los aprendizajes de cómo canalizar ese sentimiento moral pueden ser muy relevantes para las agendas de altruismo para después de la pandemia.

Así las cosas ¿cómo aumentamos las donaciones?

La economía del comportamiento tiene algunas pistas. En efecto, hay bastante evidencia sobre cómo ciertos ajustes en la manera en que se presenta la información y en particular, se permite que la gente done, puede activar positivamente el impulso de hacerlo, sobre todo, cuando hablamos de la solidaridad impulsiva.

Lo primero parece obvio, pero no por eso es menos relevante: hay que facilitar la manera como la gente puede donar a una causa. Ahora, si hacen parte de una iniciativa comunitaria o particular, esa facilidad debe mantener algunos visos de formalidad, porque de lo contrario puede producir desconfianza. Ese equilibrio entre sencillez y estructura es clave para que la gente evite recurrir a excusas de dificultad para dejar de lado su motivación para donar.

Lo segundo tiene que ver con la retroalimentación inmediata de la acción. Las acciones altruistas otorgan recompensas internas y externas a las personas. Las primeras los hacen sentir bien consigo mismo porque su acción activa su conciencia moral, las segundas, porque les permiten sentir o recibir reconocimiento de parte de sus pares. Ambos incentivos son poderosísimos; a todos nos gusta sentir que somos buenas personas y saber que los demás creen que lo somos. Esto se puede hacer fácilmente con agradecimientos, fotos o videos personalizados. Lo importante es que esa recompensa simbólica llegue tan rápido y sea tan clara como sea posible para el donante.

Una tercera opción es apelar a las normas sociales. Las personas nos comportamos en muchos escenarios de acuerdo con como creemos que los demás lo están haciendo y esperan que nosotros lo hagamos. Sobre todo, aquellos que consideramos “los nuestros”, nuestros pares, ya sean amigos, compañeros de estudio o trabajo, o conciudadanos. Aquí la clave es la posibilidad de compararnos con los demás, esto puede funcionar respecto a información sobre las donaciones totales recibidas (algo que es bastante común en estas iniciativas), pero funcionaría mejor si fuera posible determinar y señalar quiénes o de dónde han donado. Al usar normas sociales, la clave es la identificación de la persona con los otros, que pueda ver que “otros como él” lo han hecho. Pedir a quienes donan a una iniciativa que recomienden su organización o iniciativa solidaria puede ayudar a señalar la norma social y generar confianza sobre la donación al mismo tiempo.

Finalmente, hay que hacerlo personal, anecdótico y relacionable. Varios estudios han encontrado que las donaciones aumentan cuando las personas pueden conocer relatos reales e individuales de quienes recibirían la donación. Esto es complejo porque supone mucho tacto para evitar explotar las dificultades de las personas o usar el pesar más asociado a la caridad que a la solidaridad.  Por eso es solo recomendable si, primero, hay muy buena voluntad y cuidado sobre el daño en quienes participarían, y segundo, si lo que sale es producido de manera evite estos problemas de fondo.

Ninguna de estas ideas desconoce, sin embargo, que la solidaridad sea un atributo natural de los seres humanos. Es más, si no fuera sencillo activarlo, pocas de ellas funcionarían. Pero las personas podemos sufrir de fallos de contexto o sesgos propios que nos dificultan seguir la intención inicial de ayudar a los demás. Estos pequeños empujones pueden mejorar nuestra disposición al altruismo y en el camino, servir de gran apoyo a quienes adelantan estas iniciativas y a quienes, al final, reciben por medio de las donaciones la manera se seguir sobrellevando esta tragedia colectiva de los últimos meses.

Detrás de la puerta.

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Los bomberos del siglo XXI imaginados por ilustradores franceses en 1900.

Por Santiago Silva Jaramillo

La futurología es una tarea malagradecida. Solo basta mirar las ilustraciones de revistas y cromos de inicio del siglo XX sobre el siglo XXI, sobre el futuro, para comprobar que buena parte de la imaginación (y conocimiento) de esos bienintencionados, no acertó a la realidad de nuestro presente. Por frustrante que esto sea, no deja de ser cierto que las predicciones (o prospectiva) son difíciles y deberían asumirse con una buena dosis de humildad analítica. Reconocer, antes de nada, que muchas de esas ideas simplemente pueden estar equivocadas.

Dejando por escrito la aclaración de las limitaciones de predecir el futuro, vale la pena revisar algunos de los posibles cambios producidos por la crisis del COVID-19 y que empiezan a esbozarse en el horizonte como transformaciones en la forma como funciona nuestra sociedad, se estructuran nuestros gobiernos y se mueven nuestras economías. La que sigue no es una lista exhaustiva, solo algunas ideas que se han venido revisando sobre las posibles consecuencias de la pandemia en nuestro mundo.

(Algunas de estas ideas se amplían y revisan en detalle en la conversación del foro “¿Qué tanto va a cambiar el mundo?”).

Ahora bien, uno de los primeros asuntos que podría cambiar es la disposición que tenemos a asumir costos para resolver problemas colectivos. En efecto, el repertorio de medidas, sacrificios individuales y colectivos e incluso algo de la sensación de urgencia y crisis del enfrentamiento de la pandemia del COVID-19 pueden servir como simulacro de nuestras tareas pendientes respecto a problemas como el cambio climático y la degradación medio ambiental.

Primero, respecto al tipo de medidas y el rango de alternativas que tenemos a la mano para enfrentarlos. No es casualidad que un efecto indirecto de la cuarentena haya sido la disminución de emisiones. Siempre hemos sabido, aunque en ocasiones evitemos la conversación, que enfrentar el cambio climático supone, en el mejor de los casos, modificar sustancialmente algunas de las formas como funciona nuestra economía. Segundo, respecto a la validación, casi insistencia, en que las acciones individuales sí son relevantes para los problemas colectivos. Recordarlo puede ser muy valioso para movilizar a las personas en el futuro.

Las formas en las que trabajamos también han cambiado. Es probable que algunos de los elementos de la virtualización forzada en la que nos encontramos sobrevivan la superación del COVID-19. Hay mucho más de lo que veníamos haciendo que se puede hacer sin la necesidad de la presencialidad. Obviamente la adaptación ha sido difícil y el teletrabajo ya entró al panteón de los memes como tema preferido para burlarnos de sus limitaciones y frustraciones, pero eso no quiere decir que justo en este momento no haya muchas organizaciones y personas cayendo en la cuenta de que hay bastantes procesos, diligencias y actividades que podrían virtualizarse.

Hemos visto también expresiones de solidaridad, altruismo y apoyo mutuo en todo el mundo, desde lo simbólico, como los aplausos y conciertos de balcón, hasta lo caritativo, con cientos de miles de voluntarios y donantes recogiendo mercados, medicinas, fabricando implementos de protección médica, haciéndole el mercado a sus vecinos mayores o del personal médico, entre muchas otras cosas. Pero todo esto estaba allí, siempre lo ha hecho, estamos delimitados por nuestra disposición -con algunos matices, por supuesto- a preocuparnos por otros, a querer ayudarlos, a superar estas crisis juntos.

Lo que puede cambiar es la empatía. Una de las cosas más interesantes de hacer voluntariado o de ayudar a una causa a través de una donación (incluso compartir o invitar a apoyar una causa va por ese camino) es la posibilidad de acercarse a las necesidades y angustias de otras personas. Es probable que sean vecinos o conciudadanos, y que en el trajín de la vida en el exterior no pensáramos en ellos, no los conociéramos o subestimáramos sus dificultades. Sentirnos corresponsables de su situación puede superar el altruismo y llevar a la acción política; a que asumamos la reivindicación de lo insostenible de su situación.

Finalmente, está el fortalecimiento del Estado, sus sistemas de salud, también los ajustes político-electorales. El manejo de la crisis, y un poco de suerte, podría llevar a cambios políticos en varios países. El Estado se fortalece no solo en su manera de atender la salud de las personas, sino también en sistemas de atención social y laboral, y en políticas redistributivas y esto puede ser muy costoso de desarmar una vez pase la pandemia. Este giro “keynesiano” es similar al que otras crisis económicas han provocado, pero no son pocos los que señalan la novedad en el tamaño del cambio. Al final, es esperable una tensión entre políticos que quieren mantenerse en el poder, poblaciones insatisfechas por su manejo del COVID-19 y programas sociales ampliados, más incluyentes, pero apretando demasiado las finanzas de los gobiernos en plena recesión económica. Navegar esa coyuntura será el reto político de 2021.

Todo esto puede pasar, así o diferente. O no. Al final, el juego de las predicciones sigue siendo ingrato.

 

Una mesa en un andén.

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Mesa de solidaridad en Frontino.

Por Santiago Silva Jaramillo

Los días pasan. Todos los contamos con partes iguales de angustia y expectativa, esperamos en la tarde los reportes del Ministerio de Salud para conocer el nuevo número de contagios, muertes y recuperaciones. Y hacemos cuentas en la cabeza, calculamos, en ocasiones con más esperanza que sensatez, si vamos bien o mal, si el ritmo al que avanza el virus es mayor o menor al que esperábamos. Si ese nuevo reporte, si ese nuevo día, es motivo de un poco más de miedo o un poco más de tranquilidad.

Los días pasan.

También revisamos noticias de otros lugares, paneamos las redes con dedos entumidos, leemos un nuevo artículo o columna que intenta dar nuevas luces, aunque ya muchos se parecen a anteriores (Igual a este, seguramente). Expertos que se contradicen, políticos que juegan a la demagogia, al estadista o al contagiado, analistas de todo que se graduaron de epidemiólogos en cuestión de días. Pero también, detrás de todo este ruido, una mesa, un letrero y algunas bolsas de lentejas, arroz y frijoles.

La foto delata, con su andén empinado y su ventaja enrejada, algún pueblo de Antioquia. Es Frontino, nos enteramos si leemos la nota o el tuit que acompaña la foto, y conocemos a Jader Aldana, un vecino del municipio que vio en redes una idea similar y la quiso replicar en su pueblo. El letrero, en letra azul, dice: “Yo cuento contigo. Tú cuentas conmigo. Si necesitas toma. Si te sobra dona”. Una rima sencilla para un objetivo bonito. A los días, Jader tiene que añadir otra mesa a su iniciativa de solidaridad para disponer de las donaciones que llegan más rápido de lo que se van y también por redes y notas de prensa nos enteramos de que el experimento se riega por el país, que en Bogotá, en Medellín, en Cali, hay nuevas mesas con la misma invitación a pensar en los demás.

Que la mesa en un andén de Frontino se ha convertido en un mecanismo para ayudar a los que pasan por momentos difíciles, pero también, para permitir que expresemos nuestra preocupación por los otros, que nos sintamos corresponsables de su bienestar, parafraseando la definición que Cayetano Betancur daba de la solidaridad. La iniciativa de Jader y sus réplicas son solo una de las expresiones parecidas que hemos visto por estos días, son cientos las invitaciones a donar suministros y dinero, miles los voluntarios que continúan entregando y movilizándose para espantar el hambre en estómagos que tan bien la conocen, muchísimas las organizaciones, empresas e instituciones que han asumido la corresponsabilidad por el otro de la que hablaba Betancur.

Porque la solidaridad espontánea, tan común, es una contribución para disminuir las angustias por las que muchos pasan por estos días, pero también, un recuerdo insistente, una realidad cotidiana de esas que se olvidan, un pensamiento alentador en tiempos aciagos. Uno necesario y fundamental para no olvidar que detrás del miedo, de la incertidumbre, detrás de la melancolía persistente de los días que se superponen, de los días que pasan, podemos contar con lo mejor de las personas. La solidaridad no es un milagro, porque en el estado de las cosas, por emocionante que nos parezca, no deja de ser común.

Y todo lo maravilloso es cotidiano.

¿Por qué las personas subestiman el riesgo de contagiarse del COVID-19?

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Calles vacías durante la cuarentena, Nueva York.

Por Santiago Silva Jaramillo

Las últimas semanas, hemos sido testigos de irresponsabilidades, imprudencias o descuidos alrededor de la prevención del contagio del COVID-19 de ciudadanos desprevenidos que parecen subestimar el riesgo y las consecuencias de la pandemia que tiene paralizado al planeta. Esto incluye las personas que se resistieron en los primeros momentos a las recomendaciones de higiene o distanciamiento social, luego, los que viendo el advenimiento de las cuarentenas (en particular las de Bogotá y Medellín) salieron de viaje o intentaron evadirla saliendo de estas ciudades.

Las imágenes de las filas de carros que salían justo antes de que entraran en vigor las medidas de restricción de movimiento, de personas que los días antes todavía asistían a eventos en el que se reunían cientos de asistentes (o los organizaban) o que incumplían las medidas de cuarentena en la que se encuentran varias ciudades, han hecho las delicias de la indignación de redes. Estos incumplimientos individuales a lo que todos los demás estamos haciendo no solo son muy peligrosos para poder contener efectivamente el contagio del virus, sino que señalan un problema que por complejo no deja de ser muy común: las limitaciones de la acción colectiva.

Ahora ¿por qué hace la gente esto?

Uno de los retos que nos impuso la llegada del COVID-19 es la importancia de la responsabilidad individual y la coordinación del cuidado propio y la reducción que comportamientos cotidianos pueden tener sobre el riesgo de contagio. Es decir, que todos dependemos de todos, que solo podemos reducir el ritmo de contagio (para lograr la ya famosa “aplanar la curva”) si todos ponemos, si todos asumimos lo pequeños y grandes sacrificios que esta situación nos impone. Ahora, esto puede ser difícil de lograr por dos razones. La primero, el sesgo de optimismo y exceso de confianza, que puede estar llevando a que muchas personas subestimen el riesgo efectivo y la importancia de los cuidados personales.

El sesgo de optimismo es una limitación cognitiva que lleva a que los seres humanos creamos que somos un poco más hábiles en las cosas que hacemos de lo que realmente somos, que tenemos mayores probabilidades de salir airosos de una dificultad o que la posibilidad de que sufriremos un accidente o desgracia es más baja de los que realmente es. Este sesgo es una disposición evolutiva fundamental, es lo que permite en muchos casos que nos levantemos todos los días de la cama, que pensemos que el día siguiente será mejor que el presente (cuando en muchas ocasiones no tenemos información suficiente para hacer esa suposición), nos lleva a invertir en un negocio o empezar una relación sentimental.

Pero, así como garantiza muchos escenarios en el que a falta de optimismo solo tendríamos parálisis, nos lleva a cometer muchos errores, precisamente, porque nos puede inclinar a subestimar un riesgo. Por ejemplo, el riesgo de contagiarnos de una enfermedad viral llegaba de China o de que, al contraerla, se la pasaremos a otras personas.

La segunda razón por la que lograr la cooperación necesaria de todos los miembros de la sociedad es difícil es que las personas pueden sentir que los demás no hacen tampoco su parte y, por tanto, pueden pensar que su propio comportamiento no es significativo respecto a la magnitud de este problema. Esta percepción de injusticia, es decir, pensar que solo nosotros estamos poniendo de nuestra parte y que eso está mal y nos perjudica, nos puede llevar a defraudar preventivamente. Nadie quiere ser el “bobo”, nadie quiere sentir que se están aprovechando de su nobleza.

Estas dos dificultades no son únicas de un fenómeno como el contagio de un virus. Buena parte de los problemas públicos son problemas de acción colectiva y a su vez, muchos de ellos sufren por estas mismas limitantes comportamentales.

Ahora bien ¿qué podemos hacer entonces?

La teoría de las normas sociales de Cristina Bicchieri (y algunas aplicaciones de “nudge” y políticas conductuales) tienen pistas sobre herramientas para mejorar nuestro desempeño a la hora de contribuir individualmente a la prevención colectiva del contagio. Una norma social supone que para un comportamiento existen una expectativa empírica y otra normativo (y que de esta hay alguna percepción de sanción al incumplimiento). Es decir, las normas sociales implican que uno crea que la mayoría de la gente hace algo, que esa mayoría espera que uno haga lo mismo y que si uno (u otro) no lo hacen, puede ser sancionado por los demás.

La manera más común de trabajar en normas sociales implica el uso de información pública direccionada o masiva, pero dirigida a mostrar que un comportamiento es visto como conveniente por muchos y que todos están dispuestos a hacerlo, cuando no lo están haciendo ya. Usar la misma idea de que “todo el mundo lo hace, o lo haría o cree que deberíamos hacerlo” para que muchos más se sumen al comportamiento.

Ya tenemos incluso alguna evidencia sobre al efecto que diseñar mensajes dirigidos a los comportamientos de autocuidado y cuidado mutuo que utilizan la referencia a principios morales, enmarados como normas sociales, funcionan bien para incentivar el lavado de manos y el distanciamiento social.

Esto que escribo no pretende excusar a las personas que no se han tomado el aislamiento seriamente. Su comportamiento es efectivamente irresponsable y reprochable. Pero no es extraño, hay que reconocer que la subestimación de este riesgo parece ser algo común a todos nosotros (así sea en diferentes grados). De igual forma que algunos bogotanos y medellinenses no tuvieron problema en salir de sus ciudades, contra toda recomendación, justo cuando se declaró la cuarentena, así hay casos de personas que no han calculado bien los riesgos de asistir a mercados, conciertos, reuniones, de no lavarse las manos cada tres horas y por más de treinta segundos, de no guardas las distancias con las otras personas y demás en todo el mundo.

Es justamente cuando nos enfrentamos a algo tan humano como esto, que deben intervenir la sociedad y en particular el Estado, usando sus herramientas para que las personas tomemos mejores decisiones. Y que todo juntos, ahora sí, superemos esto.

 

¿Podemos cambiar nuestros comportamientos durante la crisis del COVID-19?

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Por Santiago Silva Jaramillo

La pandemia del COVID-19 está presentando unos retos enormes para personas, organizaciones y gobiernos del mundo. Acercándose cada vez más a las 200,000 infectados y los 10.000 muertos, el virus ha afectado ya a casi todos los países del planeta. La realidad de esta crisis, que empezó como un lejano eco noticioso en una provincia china, se ha convertido en la conversación cotidiana, la preocupación constante y la angustia de infectados, aislados y no.

Este no es el momento de subestimar las contribuciones individuales a un problema colectivo. La evidencia científica ha demostrado la importancia de lavarse bien las manos, reducir el contacto físico (como en los saludos), evitar conglomeraciones de personas (y prohibir o cancelar eventos que puedan llevar a que se produzcan) y el aislamiento de las personas.

Todos estos son comportamientos que ayudan a reducir la propagación del virus, lo que se ha venido llamando “aplanar la curva”, esto es, espaciar los casos de contagio para evitar el colapso de los servicios de salud. Pero, sobre todo, no son comportamientos comunes y fáciles y esto ha implicado la toma de decisiones públicas, como las cuarentenas o campañas educativas, y organizacionales, como el cierre de sedes, servicios y el teletrabajo. En esta coyuntura, cuidarnos nosotros es ayudar a los demás, es prevenir que se enfermen otros.

Este reto, que es enorme, de producir cambios comportamentales en poco tiempo y frente a situaciones extremas, podemos tomar algunas lecciones y aprendizajes de los estudios del comportamiento, el conocimiento acumulado de la sicología, la economía y la ciencia política para modificar la manera como las personas toman decisiones y actúan. Muchas de estas estrategias tienen la ventaja de ser sencillas, baratas y escalables y, por tanto, perfectas para momentos como este.

Un reciente artículo de la Universidad de Princeton (Haushofer  y Metcalf, 2020) reseña algunas ideas, sacadas de otras experiencias en salud pública que utilizaron cambio comportamental. En Kenia se han usado mensajes de texto que recuerdan a los padres los momentos para aplicar medicina a sus hijos, con aumentos del 20% en quienes los recibieron. Lavarse las manos, al menos, cada tres horas, podría recibir un “recorderis” sencilla en la forma de mensajes de texto o incluso en redes de parte de las autoridades locales y nacionales.

Otra experiencia, parte del trabajo de los Nóbel de economía Esther Dufló y Abhijit Banerjee, encontró que entregar pequeños incentivos (casi simbólicos) como paquetes de lentejas, podía llevar a que las personas superaran la procrastinación sobre una acción de cuidado y se decidieran a hacerla. En India, la instalación de dispensadores de jabón líquido de bajo costo en los hogares llevó a que el 23% de las familias lo usaran diariamente antes de comer. Una combinación de estos dos aprendizajes podría llevar a que entregáramos dispensadores para instalar en los hogares, esto permite el comportamiento deseado y a la vez es una señal relevante para que ocurra. Si indicáramos a las personas lo mejores lugares para ubicarlos, el uso también podría mejorar.

También el conocimiento en intervenciones de normas sociales podría ayudar en este contexto. Algunos de los cambios de comportamiento que necesitamos implican cierto grado de cálculo por expectativa social, es decir, las personas toman la decisión de quedarse en la casa, de no acaparar productos, de lavarse las manos o aplicar el distanciamiento social, porque ven que otras personas también lo están haciendo y que estas personas esperan que ellos también lo hagan. Esa doble expectativa, diría Cristina Bicchieri, configura una norma social. La comunicación pública puede hacer mucho por mejorar la adscripción a un comportamiento si es capaz de presentarlo como una expectativa colectiva de comportamiento, es decir, si logra que las personas vean ese comportamiento como algo que “todo el mundo está haciendo” o que “cada vez más personas lo están haciendo”.

Campañas de comunicación pública que conecten la información de cuidado y emotiva (que es lo que he visto por ahora) con testimonios, historias y experiencia de las personas que están aplicando las recomendaciones y les cuentan a los demás ciudadanos y les preguntas por lo que hacen, pueden ser un muy buen primer paso en este sentido. La premisa aquí, en términos sencillos, es que los comportamientos pueden ser contagiosos, pero que necesitamos la exposición a ellos para poderlos copiar. Contar las historias de cuidado mutuo, autocuidado y solidaridad es fundamental para promoverlos.

Lo frustrante es que muchas de estas cosas son baratas y sencillas y podrían estarse haciendo. Pero con excepción de algunas cosas espontaneas, no están ocurriendo. Podemos hacer más para superar esta crisis; las intervenciones conductuales como las que recojo aquí no pueden reemplazar ciertas medidas más coercitivas o de atención, pero pueden ayudar y sería muy conveniente, tanto desde el gobierno, pero también de la sociedad civil, que las intentáramos.

Gráfico: Importancia de la política y su relación con el nivel educativo en Colombia

Importancia de la política y su relación con el nivel educativo en Colombia: la política no es igualmente importante para todas las personas. Aunque eso parece intuitivo, las diferencias por nivel educativo en Colombia dan algunas pistas curiosas sobre las diferencias entre sus particularidades en las que la política es más importante para diferentes personas. Este gráfico separa la importancia dada a la política en Colombia por el nivel educativo de sus ciudadanos. Fuente: World Values Survey, 2016. Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

Pol.ED

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Gráfico: Liderazgo regional en América Latina

Liderazgo regional en América Latina: ¿a quién percibimos los latinoamericanos como el líder natural de la región? De acuerdo a la encuesta de Latinobarómetro, este lugar pertenece, con u relativo apoyo, a Brasil. Sin embargo, otros países como Estados Unidos, Chile y Argentina le siguen de cerca; todavía más, el porcentaje de personas que no saben responder a la pregunta también da cuenta de pocas claridades respecto al papel de liderazgo regional. Otro resultado interesante en los micro datos de la encuesta es el “individualismo” en términos de liderazgo regional, pues cada país suele ponerse muy por encima de la percepción que tienen los otros, en su propia importancia regional. Todos se creen líderes pero reconocen poco a otros como líderes; esto explica de alguna forma la dispersión de las respuestas. Por supuesto, esta encuesta no alcanzó a recoger las percepciones luego de la profunda crisis política y económica que este año vive Brasil o los efectos sobre la percepción latinoamericana de la visita de esta semana de Barack Obama a Cuba. El liderazgo, como hemos dicho, es patéticamente relativo. Fuente: Latinobarómetro, 2015Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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Percepción de corrupción en América Latina (2012-2015)

Percepción de Corrupción en América Latina (2012-2015): la semana pasada Transparencia Internacional dio a conocer su informe anual de Percepción de Corrupción en, un ranking internacional de la percepción de los habitantes de un país sobre las prácticas corruptas de su sociedad. El informe para el año 2015 trae algunos cambios interesantes y la consolidación de otras tendencias para América Latina. Lo primero es que la región continúa siendo una de las más corruptas del planeta, superada solo por África y en términos subregionales por algunos espacios en Asia. Segundo, que países como Uruguay, Chile y Costa Rica consolidan sus altos puntajes de transparencia, soportando todavía más la relación entre baja corrupción y alto desarrollo. Finalmente, el índice de este año muestra su sensibilidad a dos cambios contextuales: las elecciones de nuevos gobiernos y los escándalos mediáticos de corrupción. En el primer caso, los cambios de gobiernos en Paraguay, Panamá y Costa Rica impulsaron repuntes en la confianza de las personas en la transparencia de los recién llegados. En el segundo, los escándalos de corrupción en Brasil -con el caso de los sobornos de Petrobras- y en Guatemala el juicio político y penal al ex-presidente Otto Pérez Molina desataron reducciones importantes en la percepción de transparencia de esos países. En promedio, la muestra de esta gráfica tuvo una percepción de corrupción más alta (un puntaje menor) en 2015 que en 2012, una muestra de las dificultades persistentes de luchar contra la corrupción sistémica en la región. Fuente: Transparency International, 2016Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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Gráfico: Cultura tributaria en América Latina

Cultura tributaria en América Latina: No hay mejores resultados de una consulta que los que resultan contraintuitivos; sorprenderse es lo mejor de la investigación social -incluso la que se adelanta con la practicidad e irresponsabilidad de este blog-. Este es el caso de los resultados de comparar los impuestos sobre la renta y la disposición a justificar la evasión de impuestos en caso de oportunidad. Los prejuicios -y la experiencia- llevan a suponer dos cosas, que en América Latina el porcentaje de justificadores será alto y que en países con más impuestos los evasores potenciales serán mayores. Ambas hipótesis parecen desbaratadas por la aproximación del gráfico; en donde a mayor impuesto sobre la renta, menos disposición a justificar la evasión de impuestos y en general, el comportamiento parece estar poco normalizado -al menos desde la encuesta de autopecepción- en la región. Fuente: tradingeconomics.com; World Values Survey.  Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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