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¿Por qué las personas subestiman el riesgo de contagiarse del COVID-19?

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Calles vacías durante la cuarentena, Nueva York.

Por Santiago Silva Jaramillo

Las últimas semanas, hemos sido testigos de irresponsabilidades, imprudencias o descuidos alrededor de la prevención del contagio del COVID-19 de ciudadanos desprevenidos que parecen subestimar el riesgo y las consecuencias de la pandemia que tiene paralizado al planeta. Esto incluye las personas que se resistieron en los primeros momentos a las recomendaciones de higiene o distanciamiento social, luego, los que viendo el advenimiento de las cuarentenas (en particular las de Bogotá y Medellín) salieron de viaje o intentaron evadirla saliendo de estas ciudades.

Las imágenes de las filas de carros que salían justo antes de que entraran en vigor las medidas de restricción de movimiento, de personas que los días antes todavía asistían a eventos en el que se reunían cientos de asistentes (o los organizaban) o que incumplían las medidas de cuarentena en la que se encuentran varias ciudades, han hecho las delicias de la indignación de redes. Estos incumplimientos individuales a lo que todos los demás estamos haciendo no solo son muy peligrosos para poder contener efectivamente el contagio del virus, sino que señalan un problema que por complejo no deja de ser muy común: las limitaciones de la acción colectiva.

Ahora ¿por qué hace la gente esto?

Uno de los retos que nos impuso la llegada del COVID-19 es la importancia de la responsabilidad individual y la coordinación del cuidado propio y la reducción que comportamientos cotidianos pueden tener sobre el riesgo de contagio. Es decir, que todos dependemos de todos, que solo podemos reducir el ritmo de contagio (para lograr la ya famosa “aplanar la curva”) si todos ponemos, si todos asumimos lo pequeños y grandes sacrificios que esta situación nos impone. Ahora, esto puede ser difícil de lograr por dos razones. La primero, el sesgo de optimismo y exceso de confianza, que puede estar llevando a que muchas personas subestimen el riesgo efectivo y la importancia de los cuidados personales.

El sesgo de optimismo es una limitación cognitiva que lleva a que los seres humanos creamos que somos un poco más hábiles en las cosas que hacemos de lo que realmente somos, que tenemos mayores probabilidades de salir airosos de una dificultad o que la posibilidad de que sufriremos un accidente o desgracia es más baja de los que realmente es. Este sesgo es una disposición evolutiva fundamental, es lo que permite en muchos casos que nos levantemos todos los días de la cama, que pensemos que el día siguiente será mejor que el presente (cuando en muchas ocasiones no tenemos información suficiente para hacer esa suposición), nos lleva a invertir en un negocio o empezar una relación sentimental.

Pero, así como garantiza muchos escenarios en el que a falta de optimismo solo tendríamos parálisis, nos lleva a cometer muchos errores, precisamente, porque nos puede inclinar a subestimar un riesgo. Por ejemplo, el riesgo de contagiarnos de una enfermedad viral llegaba de China o de que, al contraerla, se la pasaremos a otras personas.

La segunda razón por la que lograr la cooperación necesaria de todos los miembros de la sociedad es difícil es que las personas pueden sentir que los demás no hacen tampoco su parte y, por tanto, pueden pensar que su propio comportamiento no es significativo respecto a la magnitud de este problema. Esta percepción de injusticia, es decir, pensar que solo nosotros estamos poniendo de nuestra parte y que eso está mal y nos perjudica, nos puede llevar a defraudar preventivamente. Nadie quiere ser el “bobo”, nadie quiere sentir que se están aprovechando de su nobleza.

Estas dos dificultades no son únicas de un fenómeno como el contagio de un virus. Buena parte de los problemas públicos son problemas de acción colectiva y a su vez, muchos de ellos sufren por estas mismas limitantes comportamentales.

Ahora bien ¿qué podemos hacer entonces?

La teoría de las normas sociales de Cristina Bicchieri (y algunas aplicaciones de “nudge” y políticas conductuales) tienen pistas sobre herramientas para mejorar nuestro desempeño a la hora de contribuir individualmente a la prevención colectiva del contagio. Una norma social supone que para un comportamiento existen una expectativa empírica y otra normativo (y que de esta hay alguna percepción de sanción al incumplimiento). Es decir, las normas sociales implican que uno crea que la mayoría de la gente hace algo, que esa mayoría espera que uno haga lo mismo y que si uno (u otro) no lo hacen, puede ser sancionado por los demás.

La manera más común de trabajar en normas sociales implica el uso de información pública direccionada o masiva, pero dirigida a mostrar que un comportamiento es visto como conveniente por muchos y que todos están dispuestos a hacerlo, cuando no lo están haciendo ya. Usar la misma idea de que “todo el mundo lo hace, o lo haría o cree que deberíamos hacerlo” para que muchos más se sumen al comportamiento.

Ya tenemos incluso alguna evidencia sobre al efecto que diseñar mensajes dirigidos a los comportamientos de autocuidado y cuidado mutuo que utilizan la referencia a principios morales, enmarados como normas sociales, funcionan bien para incentivar el lavado de manos y el distanciamiento social.

Esto que escribo no pretende excusar a las personas que no se han tomado el aislamiento seriamente. Su comportamiento es efectivamente irresponsable y reprochable. Pero no es extraño, hay que reconocer que la subestimación de este riesgo parece ser algo común a todos nosotros (así sea en diferentes grados). De igual forma que algunos bogotanos y medellinenses no tuvieron problema en salir de sus ciudades, contra toda recomendación, justo cuando se declaró la cuarentena, así hay casos de personas que no han calculado bien los riesgos de asistir a mercados, conciertos, reuniones, de no lavarse las manos cada tres horas y por más de treinta segundos, de no guardas las distancias con las otras personas y demás en todo el mundo.

Es justamente cuando nos enfrentamos a algo tan humano como esto, que deben intervenir la sociedad y en particular el Estado, usando sus herramientas para que las personas tomemos mejores decisiones. Y que todo juntos, ahora sí, superemos esto.

 

¿Podemos cambiar nuestros comportamientos durante la crisis del COVID-19?

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Por Santiago Silva Jaramillo

La pandemia del COVID-19 está presentando unos retos enormes para personas, organizaciones y gobiernos del mundo. Acercándose cada vez más a las 200,000 infectados y los 10.000 muertos, el virus ha afectado ya a casi todos los países del planeta. La realidad de esta crisis, que empezó como un lejano eco noticioso en una provincia china, se ha convertido en la conversación cotidiana, la preocupación constante y la angustia de infectados, aislados y no.

Este no es el momento de subestimar las contribuciones individuales a un problema colectivo. La evidencia científica ha demostrado la importancia de lavarse bien las manos, reducir el contacto físico (como en los saludos), evitar conglomeraciones de personas (y prohibir o cancelar eventos que puedan llevar a que se produzcan) y el aislamiento de las personas.

Todos estos son comportamientos que ayudan a reducir la propagación del virus, lo que se ha venido llamando “aplanar la curva”, esto es, espaciar los casos de contagio para evitar el colapso de los servicios de salud. Pero, sobre todo, no son comportamientos comunes y fáciles y esto ha implicado la toma de decisiones públicas, como las cuarentenas o campañas educativas, y organizacionales, como el cierre de sedes, servicios y el teletrabajo. En esta coyuntura, cuidarnos nosotros es ayudar a los demás, es prevenir que se enfermen otros.

Este reto, que es enorme, de producir cambios comportamentales en poco tiempo y frente a situaciones extremas, podemos tomar algunas lecciones y aprendizajes de los estudios del comportamiento, el conocimiento acumulado de la sicología, la economía y la ciencia política para modificar la manera como las personas toman decisiones y actúan. Muchas de estas estrategias tienen la ventaja de ser sencillas, baratas y escalables y, por tanto, perfectas para momentos como este.

Un reciente artículo de la Universidad de Princeton (Haushofer  y Metcalf, 2020) reseña algunas ideas, sacadas de otras experiencias en salud pública que utilizaron cambio comportamental. En Kenia se han usado mensajes de texto que recuerdan a los padres los momentos para aplicar medicina a sus hijos, con aumentos del 20% en quienes los recibieron. Lavarse las manos, al menos, cada tres horas, podría recibir un “recorderis” sencilla en la forma de mensajes de texto o incluso en redes de parte de las autoridades locales y nacionales.

Otra experiencia, parte del trabajo de los Nóbel de economía Esther Dufló y Abhijit Banerjee, encontró que entregar pequeños incentivos (casi simbólicos) como paquetes de lentejas, podía llevar a que las personas superaran la procrastinación sobre una acción de cuidado y se decidieran a hacerla. En India, la instalación de dispensadores de jabón líquido de bajo costo en los hogares llevó a que el 23% de las familias lo usaran diariamente antes de comer. Una combinación de estos dos aprendizajes podría llevar a que entregáramos dispensadores para instalar en los hogares, esto permite el comportamiento deseado y a la vez es una señal relevante para que ocurra. Si indicáramos a las personas lo mejores lugares para ubicarlos, el uso también podría mejorar.

También el conocimiento en intervenciones de normas sociales podría ayudar en este contexto. Algunos de los cambios de comportamiento que necesitamos implican cierto grado de cálculo por expectativa social, es decir, las personas toman la decisión de quedarse en la casa, de no acaparar productos, de lavarse las manos o aplicar el distanciamiento social, porque ven que otras personas también lo están haciendo y que estas personas esperan que ellos también lo hagan. Esa doble expectativa, diría Cristina Bicchieri, configura una norma social. La comunicación pública puede hacer mucho por mejorar la adscripción a un comportamiento si es capaz de presentarlo como una expectativa colectiva de comportamiento, es decir, si logra que las personas vean ese comportamiento como algo que “todo el mundo está haciendo” o que “cada vez más personas lo están haciendo”.

Campañas de comunicación pública que conecten la información de cuidado y emotiva (que es lo que he visto por ahora) con testimonios, historias y experiencia de las personas que están aplicando las recomendaciones y les cuentan a los demás ciudadanos y les preguntas por lo que hacen, pueden ser un muy buen primer paso en este sentido. La premisa aquí, en términos sencillos, es que los comportamientos pueden ser contagiosos, pero que necesitamos la exposición a ellos para poderlos copiar. Contar las historias de cuidado mutuo, autocuidado y solidaridad es fundamental para promoverlos.

Lo frustrante es que muchas de estas cosas son baratas y sencillas y podrían estarse haciendo. Pero con excepción de algunas cosas espontaneas, no están ocurriendo. Podemos hacer más para superar esta crisis; las intervenciones conductuales como las que recojo aquí no pueden reemplazar ciertas medidas más coercitivas o de atención, pero pueden ayudar y sería muy conveniente, tanto desde el gobierno, pero también de la sociedad civil, que las intentáramos.

Gráfico: Importancia de la política y su relación con el nivel educativo en Colombia

Importancia de la política y su relación con el nivel educativo en Colombia: la política no es igualmente importante para todas las personas. Aunque eso parece intuitivo, las diferencias por nivel educativo en Colombia dan algunas pistas curiosas sobre las diferencias entre sus particularidades en las que la política es más importante para diferentes personas. Este gráfico separa la importancia dada a la política en Colombia por el nivel educativo de sus ciudadanos. Fuente: World Values Survey, 2016. Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

Pol.ED

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Gráfico: Liderazgo regional en América Latina

Liderazgo regional en América Latina: ¿a quién percibimos los latinoamericanos como el líder natural de la región? De acuerdo a la encuesta de Latinobarómetro, este lugar pertenece, con u relativo apoyo, a Brasil. Sin embargo, otros países como Estados Unidos, Chile y Argentina le siguen de cerca; todavía más, el porcentaje de personas que no saben responder a la pregunta también da cuenta de pocas claridades respecto al papel de liderazgo regional. Otro resultado interesante en los micro datos de la encuesta es el “individualismo” en términos de liderazgo regional, pues cada país suele ponerse muy por encima de la percepción que tienen los otros, en su propia importancia regional. Todos se creen líderes pero reconocen poco a otros como líderes; esto explica de alguna forma la dispersión de las respuestas. Por supuesto, esta encuesta no alcanzó a recoger las percepciones luego de la profunda crisis política y económica que este año vive Brasil o los efectos sobre la percepción latinoamericana de la visita de esta semana de Barack Obama a Cuba. El liderazgo, como hemos dicho, es patéticamente relativo. Fuente: Latinobarómetro, 2015Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

Liderazgo AmLat

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Percepción de corrupción en América Latina (2012-2015)

Percepción de Corrupción en América Latina (2012-2015): la semana pasada Transparencia Internacional dio a conocer su informe anual de Percepción de Corrupción en, un ranking internacional de la percepción de los habitantes de un país sobre las prácticas corruptas de su sociedad. El informe para el año 2015 trae algunos cambios interesantes y la consolidación de otras tendencias para América Latina. Lo primero es que la región continúa siendo una de las más corruptas del planeta, superada solo por África y en términos subregionales por algunos espacios en Asia. Segundo, que países como Uruguay, Chile y Costa Rica consolidan sus altos puntajes de transparencia, soportando todavía más la relación entre baja corrupción y alto desarrollo. Finalmente, el índice de este año muestra su sensibilidad a dos cambios contextuales: las elecciones de nuevos gobiernos y los escándalos mediáticos de corrupción. En el primer caso, los cambios de gobiernos en Paraguay, Panamá y Costa Rica impulsaron repuntes en la confianza de las personas en la transparencia de los recién llegados. En el segundo, los escándalos de corrupción en Brasil -con el caso de los sobornos de Petrobras- y en Guatemala el juicio político y penal al ex-presidente Otto Pérez Molina desataron reducciones importantes en la percepción de transparencia de esos países. En promedio, la muestra de esta gráfica tuvo una percepción de corrupción más alta (un puntaje menor) en 2015 que en 2012, una muestra de las dificultades persistentes de luchar contra la corrupción sistémica en la región. Fuente: Transparency International, 2016Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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Gráfico: Cultura tributaria en América Latina

Cultura tributaria en América Latina: No hay mejores resultados de una consulta que los que resultan contraintuitivos; sorprenderse es lo mejor de la investigación social -incluso la que se adelanta con la practicidad e irresponsabilidad de este blog-. Este es el caso de los resultados de comparar los impuestos sobre la renta y la disposición a justificar la evasión de impuestos en caso de oportunidad. Los prejuicios -y la experiencia- llevan a suponer dos cosas, que en América Latina el porcentaje de justificadores será alto y que en países con más impuestos los evasores potenciales serán mayores. Ambas hipótesis parecen desbaratadas por la aproximación del gráfico; en donde a mayor impuesto sobre la renta, menos disposición a justificar la evasión de impuestos y en general, el comportamiento parece estar poco normalizado -al menos desde la encuesta de autopecepción- en la región. Fuente: tradingeconomics.com; World Values Survey.  Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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Gráfico: Impuestos en América Latina

Impuestos en América Latina: la crisis ha llegado, con la descaceleración en el crecimiento de China y la reducción en los precios internacionales de las materias primas (sobre todo del petróleo), América Latina se enfrenta a perspectivas económicas bastante grises. En algunos de los países se han desencadenado complejas situaciones políticas, ligeros aumentos en el desempleo y discusiones sobre la posibilidad de aumentar impuestos para compensar por las pérdidas en ingresos de los gobiernos. En Colombia, una eventual reforma tributaria y un crispado debate sobre un probable aumento en el impuesto a las ventas. La oposición -esperable, a nadie le gustan los impuestos- de parte de ciudadanos y facciones políticas ha puesto en la mesa el argumento comparado ¿será que los colombianos pagan muchos o pocos impuesto? Esta gráfica da algunas luces, al menos en el vecindario. Fuente: tradingeconomics.com  Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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¿Por qué hay cientos de colombianos combatiendo en Yemen?

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Combatientes de la milicia huti, Yemen – Fuente: Reuters.com

Por Santiago Silva Jaramillo

Adén es un puerto comercial a orillas del océano indico; en sus calles estrechas se comercia con pescado, mariscos y hortalizas, en los edificios de ladrillo rojo y marrón departen, aliviados del calor por la brisa marina y el té frío, negociantes, líderes tribales y el ocasional intermediario de piratas somalíes. En sus calles ya patrullan mercenarios latinoamericanos -la mayoría colombianos- que hacen parte de las fuerzas sunnitas aliadas del gobierno yemení y que planean lanzar una ofensiva contra la tribu huti que ocupa la capital, Sanaá, en el norte del país.

Ahora es Yemen -como Bahrein, Kuwait, Irak y Libia antes- el lugar que recibe a cientos de mercenarios colombianos buscando un buen salario por pelear una guerra ajena ¿cuántos de esos colombianos entenderán las peculiaridades del conflicto entre sunismo y chiismo? ¿Alguno sabrá por qué los rebeldes Huti pelean contra el gobierno yemení? ¿Les importará?

El mercenarismo no es, ni de lejos, un fenómenos reciente o novedoso; es tan viejo como la guerra organizada, tan ancestral como la disposición humana a resolver conflictos grupales por medio de la violencia sistemática. Por otro lado, los mercenarios son atractivos porque suponen fuerzas experimentadas en la guerra y que pueden “acomodar” su lealtad a un nuevo patrón por el único incentivo del pago. Esto los vuelve poco confiables -así lo advertía Maquiavelo- pero no deja de hacerlos útiles para acompañar a fuerzas más bisoñas en operaciones y combates.

El final de las guerras siempre deja a muchos combatientes sin oficio, décadas de enfrentamientos han creado una clase social de soldados, hombres -y algunas mujeres- que solo saben de la milicia y que con el final, o al menos la reducción en la intensidad de las hostilidades, se encuentran al borde se la obsolescencia.

Colombia no solo debe pensar en lo que va a hacer en los próximos años con los combatientes desmovilizados de las guerrillas; el inevitable desescalamiento de la guerra en el marco de los procesos de paz con Farc y Eln llevará a una eventual, así sea gradual, reducción del pie de fuerza de la fuerza pública (sobre todo en el ejército) ¿qué se hará con esos miles de hombres en armas? ¿Añadirlos al bien más exportado por Colombia, su capital humano? ¿Dejarlos ir a pelear una guerra ajena en algún rincón olvidado de este planeta de conflictos extraños?

Porque el segundo elemento, complementario a la oferta de veteranos desempleados colombianos, es la demanda por parte de regímenes o fuerzas militares de combatientes experimentados en conflictos rancios. En este caso, han sido las autocracias árabes de los países del golfo pérsico los principales empleadores de estos mercenarios. En este caso, la inestabilidad y el surgimiento de conflictos en Medio Oriente se ha convertido en el principal mercado internacional de mercenarios. Así, mientras algunos países latinoamericanos, pero sobre todo Colombia, siga produciendo veteranos sin muchas perspectivas locales, seguirá exportando combatientes a conflictos lejanos.

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Gráfico: Importancia de la democracia en América Latina

Importancia en la democracia en América Latina: los latinoamericanos tienen diferentes percepciones sobre la democracia como sistema político y sus democracias como espacios particulares; al menos respecto al primero, aunque la mayoría reconoce su importancia en los ocho países de esta muestra, todavía hay porcentajes importantes de personas escépticas. Este gráfico muestra los resultados en ocho países de la región a la pregunta “¿qué tan importante es la democracia?”. Fuente: World Values Survey, 2010-2014.  Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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Gráfico: Compra de votos en América Latina

Compra de votos en América Latina: las prácticas clientelistas, la inmadurez democrática, la desconfianza en el sistema y la corrupción siguen delimitando el desarrollo democrático en América Latina; aunque en algunos países esta es una realidad más latente que en otros. Este gráfico presenta los resultados en ocho países latinoamericanos a la pregunta por la frecuencia de la compra de votos en sus democracias. Fuente: World Values Survey, 2010-2014.  Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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