Posts Tagged 'Comportamiento'

El mundo a través de mi lente

Cómo se ven las fotos con los diferentes tipos de lentes? | Crehana MX

Por Santiago Silva Jaramillo

Desde los veinte años tengo miopía. Nunca fui capaz de usar lentes de contacto y por eso, las gafas que uso son tan parte de mi vida cotidiana como cualquier otra parte de mi cuerpo, quitármelas es lo último que hago antes de dormirse y ponérmelas, lo primero al abrir lo ojos. Sin ellas, el mundo es un paisaje turbio y amorfo, como intentar ver debajo del agua en un lago agitado. Mis gafas me permiten ver una versión de mundo donde las líneas son claras y las distancias calculables. Dependo tanto de ellas que en ocasiones no puedo evitar imaginar si no las tuviera, si estuviera condenado a ver el mundo por el turbio velo de mis retinas desgastadas. Mis gafas son la ventana a mi realidad, los lentes con los que puedo ver el mundo.

Pero la miopía, o el astigmatismo o la presbicia, no son las únicas limitaciones de nuestra visión de la realidad. Todos estamos condicionados por las lentes de nuestra racionalidad limitada para entender el mundo y muchas de nuestras ideas, impresiones, percepciones y valores suelen ser representaciones de estos sesgos, heurísticas y reglas que configuran el tamiz, casi siempre inconsciente, por el que pasa la información que recibimos.

Uno de los temas en los que nuestra racionalidad limitada puede tener consecuencias más complicadas es sobre nuestras ideas políticas y sobre los políticos. En su libro “La mente de los justos”, Jonathan Haidt señala la influencia que la disonancia cognitiva y la disposición evolutiva que tenemos a organizarnos en grupos y desarrollar lealtades grupales que reafirman nuestra identidad, tiene sobre la dificultad para nuestras cabezas de aceptar argumentos contrarios a nuestra ideas iniciales o identidades ideológicas.

Pero no son, ni de lejos, nuestras únicas limitaciones. El sicólogo comportamental Daniel Kahneman y su colega Amos Tversy dedicaron su carrera académica (y por esto el primero recibió un nobel de economía) a identificar los diferentes atajos mentales que nuestra mente realiza para evitar verse enfrascada en ineficientes cavilaciones y razonamientos en la vida diaria. Richard Thaler y Cass Sunstein retomaron buena parte de estas lecciones para su popular libro “Nudge”, sobre las maneras en que se podía ajustar la manera como tomamos decisiones con pequeños ajustes a condiciones, marcos y señales que nos llega con la información. Todo esto en el entendido que nuestro cerebro es mucho más influenciable de lo que nos gustaría a la hora de tomar decisiones y señalar cursos de acción de lo que por demás, pueden ser importantes momentos de nuestras vidas.

En “¿Por qué hacemos lo que hacemos?” otro psicólogo conductual, John Bargh, recoge otro ingrediente en esta mezcla de elementos prestos a obligarnos humildad: el inconsciente. Bargh señala que el pasado, como nuestras herencias evolutivas y las experiencias vitales (por tempranas que sean), el presente, como el contexto físico y las normas sociales, y el futuro, como nuestros objetivos y deseos, pueden ejercer una influencia tremenda sobre nuestras decisiones sin que siquiera nos demos cuenta.

A la luz de todo esto quizás una de las acciones de mayor responsabilidad que podríamos tomar de manera personal y colectiva es reconocer (e intentar no olvidar) nuestras propias limitaciones; nunca sacarnos de la cabeza que tenemos nuestra propia lente puesta y que la información que recibimos, lo que nos dicen y lo que vemos, entra a nuestra cabeza deformado por su prisma. Que nos podemos equivocar, que los otros pueden tener la razón.

Ahora, este reconocimiento de falibilidad puede no resultar popular en estos tiempos en que se espera y enarbola una especie de extraña autosuficiencia. Políticos, líderes de opinión, gerentes y todos los demás, nos paseamos por el mundo evitando reconocer los más mínimos errores o la posibilidad de que no seamos justos, ecuánimes y neutrales al tomar decisiones y dar discusiones. Esto no solo lleva a errores constantes en las decisiones de personas, organizaciones y Estados, también a la estancación y somnolencia de las discusiones que no llevan a nada porque nadie da su brazo a torcer o las que se evitan por considerase inútiles.

Todo esto podría evitarse o al menos ponerse bajo un razonable control, si en un único acto de humildad, nos preocupamos por reconocer la posibilidad de la duda; el reconocimiento de nuestros límites, la influencia de nuestra lente.

Comunicación, comportamiento y cultura ciudadana

cuarentena-medellin

Metro de Medellín.

Por Santiago Silva Jaramillo

Lo que vemos, leemos y escuchamos influye en nuestro comportamiento. Esta afirmación puede resultar bastante obvia para muchos, pero en ocasiones parece que olvidamos o decidimos ignorar estas verdades intuitivas que todos compartimos. Ahora, más allá de que pensemos que esto es cierto, hay muy buena evidencia sobre el efecto directo y potente que puede tener la manera como se nos presenta información en los momentos en los que tomamos decisiones, desde las más cotidianas e irrelevantes, como la marca de jabón de ropa que compramos, hasta las más relevantes y complejas, como por quién votamos en una elección presidencial.

Hay tres fenómenos conductuales que explican buena parte de la relación entre comunicación y comportamiento y que pueden dar buenas pistas sobre agendas de cultura ciudadana por estos tiempos en que los cambios sociales y conductuales se han vuelto tan relevantes en la agenda pública.

El primero es denominado por la sicología conductual como “primado” (priming). Supone la influencia que poner una idea en la cabeza de las personas antes de que tomen una decisión puede tener sobre ésta. El Informe de Desarrollo de 2005 “Mente, Sociedad y Conducta” del Banco Mundial reproduce un ejemplo de un experimento adelantado en la India en el que recordarle la casta a la que pertenecía a un grupo de estudiantes llevaba a que los estudiantes de castas más altas tuvieran mejores desempeños en pruebas de matemáticas y los de menos castas, peores desempeños, respecto a un grupo de control que solo debía realizar la prueba.

El segundo es la influencia social. El sicólogo Solomon Asch realizó muchos experimentos sobre este fenómeno y hay muchas aproximaciones de sicología social para entender la manera como nuestros comportamientos afectan los de las demás personas. En esencia, la evidencia nos señala que nuestro comportamiento se encuentra inconscientemente delimitado por nuestra percepción, conocimiento y experiencia con el comportamiento de los otros. Si creemos o vemos que muchos hacen algo (y que ese algo parece “lo normal”), es más probable que ese sea nuestro propio comportamiento.

El tercero son las normas sociales. Cristina Bicchieri señala que las normas sociales explican los comportamientos en los que las personas creemos que son generalizados y que serán regulados por nuestros pares si no los seguimos. Mejor dicho, los comportamientos delimitados por normas sociales son los que tenemos porque creemos que mucha gente los tiene y pensamos que, si no los tenemos, habrá alguna consecuencia social sobre ese incumplimiento. Las normas sociales se suelen construir y reforzar por lo que pensamos de los demás, pues pocas veces es posible tener información exacta sobre el comportamiento en la vida real.

Ahora, entendiendo los mecanismos por medio de los cuales se concreta esa relación entre la forma e información que recibimos y nuestro comportamiento, vale la pena estar atento de los momentos en que la comunicación, buscando que las personas tengan un comportamiento A o no tengan un comportamiento B, terminan incentivando ese mismo comportamiento B. La crisis del COVID-19 nos ha presentado con varios ejemplos en que gobiernos y medios de comunicación han cometido este error de enmarque en sus comunicaciones. Un reciente ejemplo es esta nota del periódico El Colombiano de Medellín, “37 desacatos por hora a encierro en el Valle de Aburrá”.

Aunque la labor principal de los medios no es la resolución de problemas colectivos, es probable que los mismos autores y editores del texto pretendan que su título y artículo funcionen como disuasión para los incumplidores; la indignación y denuncia como fuente de posible modificación de conducta es bastante popular. Sin embargo, es más probable que las noticias de lo que, parece ser, es un incumplimiento generalizado de las medidas de cuarentena tengan el efecto contrario, en tanto pueden “primar” sobre el comportamiento señalado y afectar la percepción de cumplimiento de los otros.

Lo más frustrante de casos como este es que la información disponible y la realidad del problema la mayoría de las veces permiten una construcción titular y enmarque de la noticia diferentes. Ese “37 desacatos por hora” del titular es la división del tiempo de cuarentena por las 28.000 multas que se han puesto en el Valle de Aburrá. Ambos datos vistos sin contexto parecen muy altos, pero ¿qué representa eso en toda la población de los diez municipios de esta zona? Uno también podría titular esto diciendo que solo al 0,76% de la población del Valle de Aburrá le han puesto un comparendo, o que al 99,2% no le han puesto comparendos durante la cuarentena.

Este cambio de marco en la noticia no solo puede tener efectos más positivos sobre los comportamientos que, todos asumimos, son socialmente convenientes en este momento, sino que resultan incluso más justos con lo que a todas luces ha sido un cumplimiento generalmente juicioso de las medidas de cuarentena en las ciudades del Valle de Aburrá. Tener presente la posible influencia en los comportamientos de la manera como contamos las cosas, sean gobierno, medios de comunicación o incluso, personas de a pie, puede ayudar muchísimo a alcanzar objetivos comunes.

La clave es no subestimar la influencia de una nota, un título o una redacción y, en tanto haya oportunidades para mejorar el desempeño de las personas en situaciones a todas luces complejas, no dejarlas pasar por la tentación de un titular llamativo o una indignación pasajera.

¿Por qué es tan difícil ponernos de acuerdo?

Podemos ponernos de acuerdo con visiones diferentes?

Por Santiago Silva Jaramillo.

Imagine, por un instante, que se encuentra en uno de esos almuerzos o comidas masivos que tienen las familias de vez en cuando (puede ser navidad, o un cumpleaños de alguien especial o un encuentro tradicional de domingo) y en medio del ruido de platos y la conversación a murmullos de muchos, alguien pone sobre la mesa -literal- una cuestión sobre política o religión, y el ambiente se tensa, los ánimos se crispan de inmediato. Se arman ahí mismo facciones militantes, defensores acérrimos, un primo segundo toma una postura controversial, una tía, que habla poco, pero se siente atacada, se retuerce en la silla, los ojos abiertos en señal de exasperación. Alguien ataca y otros responden, y los tonos suben y los ceños se aprietan.

Es una discusión, en toda regla, y en medio de la disputa nunca se alcanza un acuerdo y los papás de alguien se lamentan, que por qué tenían que poner ese tema, que la gente solo pelea cuando hablan de esas cosas ¿Es cierto? ¿Estamos condenados a discusiones airadas que nunca llegan a acuerdos? ¿Estamos a merced del inevitable e insalvable choque entre nuestros puntos de vista?

Otra mirada, esta vez en las discusiones cotidianas de redes sociales y programas de opinión de radio, parecería confirmar esta tragedia deliberativa: que las personas estemos siempre prestas a defender nuestras posiciones a como dé lugar y muy poco dispuestas a reconocer un error o -¡dios no lo quiera!- cambiar nuestra opinión por la del contrario.

Esa dificultad para entender la posición contraria, escuchar realmente sus argumentos, entender sus motivaciones y en ocasiones, darle la razón nos parece tan “antinatural” porque, precisamente, va un poco en contravía de nuestra programación evolutiva. Esta es, en una reducción particularmente injusta de mi parte, la propuesta del psicólogo moral Jonathan Haidt en su libro “La mente de los justos” (The Righteous Mind, 2019, Planeta). Haidt propone una teoría de los fundamentos morales en los que las creencias de las personas, incluidas sus inclinaciones políticas y religiosas, se encuentran delimitadas por la estimación que tienen de valores como el cuidado, la equidad, la lealtad, la autoridad y la santidad. Esta valoración depende en buena medida de elementos culturales, familiares y personales, también genéticos, en cada experiencia vital; todos somos potencialmente susceptibles de desarrollar mentes “conservadoras” o “liberales”.

De igual forma, nuestro “ADN evolutivo” nos ha predispuesto para reconocer la importancia de trabajar en equipo y ser recíprocos con los “nuestros”. Haidt lo plantea en una metáfora en la que nos podríamos considerar 90% chimpancés y 10% abejas. Esa décima cooperativa ha sido fundamental para construir las sociedades en las que ahora tan cómodamente vivimos, pero también plantea un reto enorme para la predisposición que tenemos a solo querer confirmar ideas que sean propias (el sesgo de confirmación) y defender a los nuestros a como dé lugar, en organizaciones, ciudades y naciones cada vez más heterogéneas.

Cuando en una tranquila comida familiar (o una caótica discusión en Twitter) discutimos sobre política y religión (aunque en realidad esto se activa siempre que los temas tengan implicaciones sobre la identidad grupal de los involucrados), nuestra evaluación parece condicionar la posibilidad real de que alcancemos acuerdos, reconozcamos puntos ajenos o cambiemos de opinión. Así las cosas ¿hay esperanzas de tener debates y discusiones que puedan alcanzar acuerdos?

Haidt matiza al cerrar su libro lo “predestinados” que parecemos estar a competir constantemente entre grupos y ser incapaces de cooperar entre diferentes. Al final, la historia humana está llena de ejemplos en que las diferencias más marcadas han sido superadas por una combinación extraña, pero no imposible, de sensatez y empatía. Y sobre este argumento señala una propuesta que por lo sencilla no resulta menos fundamental para empezar a tener discusiones constructivas: reconocer que al final de cuentas, nuestras ideas no son tan racionales y bien pensadas como pensamos y que en este hecho existe la posibilidad (grande en muchos casos) de que estemos equivocados o al menos, que la contraparte tenga algo de razón.

Un primer paso esencial, difícil, como todas las cosas importantes, pero insalvable si queremos que la próxima comida familiar -o en la definición de decisiones públicas, discusiones de políticas, desacuerdos normativos- no sea una interminable discusión entre sordos y pueda llegar a que, al final y así sea solo en algunas cosas, podamos ponernos de acuerdo. O no.

¿Por qué las personas subestiman el riesgo de contagiarse del COVID-19?

Empty NYC coronavirus

Calles vacías durante la cuarentena, Nueva York.

Por Santiago Silva Jaramillo

Las últimas semanas, hemos sido testigos de irresponsabilidades, imprudencias o descuidos alrededor de la prevención del contagio del COVID-19 de ciudadanos desprevenidos que parecen subestimar el riesgo y las consecuencias de la pandemia que tiene paralizado al planeta. Esto incluye las personas que se resistieron en los primeros momentos a las recomendaciones de higiene o distanciamiento social, luego, los que viendo el advenimiento de las cuarentenas (en particular las de Bogotá y Medellín) salieron de viaje o intentaron evadirla saliendo de estas ciudades.

Las imágenes de las filas de carros que salían justo antes de que entraran en vigor las medidas de restricción de movimiento, de personas que los días antes todavía asistían a eventos en el que se reunían cientos de asistentes (o los organizaban) o que incumplían las medidas de cuarentena en la que se encuentran varias ciudades, han hecho las delicias de la indignación de redes. Estos incumplimientos individuales a lo que todos los demás estamos haciendo no solo son muy peligrosos para poder contener efectivamente el contagio del virus, sino que señalan un problema que por complejo no deja de ser muy común: las limitaciones de la acción colectiva.

Ahora ¿por qué hace la gente esto?

Uno de los retos que nos impuso la llegada del COVID-19 es la importancia de la responsabilidad individual y la coordinación del cuidado propio y la reducción que comportamientos cotidianos pueden tener sobre el riesgo de contagio. Es decir, que todos dependemos de todos, que solo podemos reducir el ritmo de contagio (para lograr la ya famosa “aplanar la curva”) si todos ponemos, si todos asumimos lo pequeños y grandes sacrificios que esta situación nos impone. Ahora, esto puede ser difícil de lograr por dos razones. La primero, el sesgo de optimismo y exceso de confianza, que puede estar llevando a que muchas personas subestimen el riesgo efectivo y la importancia de los cuidados personales.

El sesgo de optimismo es una limitación cognitiva que lleva a que los seres humanos creamos que somos un poco más hábiles en las cosas que hacemos de lo que realmente somos, que tenemos mayores probabilidades de salir airosos de una dificultad o que la posibilidad de que sufriremos un accidente o desgracia es más baja de los que realmente es. Este sesgo es una disposición evolutiva fundamental, es lo que permite en muchos casos que nos levantemos todos los días de la cama, que pensemos que el día siguiente será mejor que el presente (cuando en muchas ocasiones no tenemos información suficiente para hacer esa suposición), nos lleva a invertir en un negocio o empezar una relación sentimental.

Pero, así como garantiza muchos escenarios en el que a falta de optimismo solo tendríamos parálisis, nos lleva a cometer muchos errores, precisamente, porque nos puede inclinar a subestimar un riesgo. Por ejemplo, el riesgo de contagiarnos de una enfermedad viral llegaba de China o de que, al contraerla, se la pasaremos a otras personas.

La segunda razón por la que lograr la cooperación necesaria de todos los miembros de la sociedad es difícil es que las personas pueden sentir que los demás no hacen tampoco su parte y, por tanto, pueden pensar que su propio comportamiento no es significativo respecto a la magnitud de este problema. Esta percepción de injusticia, es decir, pensar que solo nosotros estamos poniendo de nuestra parte y que eso está mal y nos perjudica, nos puede llevar a defraudar preventivamente. Nadie quiere ser el “bobo”, nadie quiere sentir que se están aprovechando de su nobleza.

Estas dos dificultades no son únicas de un fenómeno como el contagio de un virus. Buena parte de los problemas públicos son problemas de acción colectiva y a su vez, muchos de ellos sufren por estas mismas limitantes comportamentales.

Ahora bien ¿qué podemos hacer entonces?

La teoría de las normas sociales de Cristina Bicchieri (y algunas aplicaciones de “nudge” y políticas conductuales) tienen pistas sobre herramientas para mejorar nuestro desempeño a la hora de contribuir individualmente a la prevención colectiva del contagio. Una norma social supone que para un comportamiento existen una expectativa empírica y otra normativo (y que de esta hay alguna percepción de sanción al incumplimiento). Es decir, las normas sociales implican que uno crea que la mayoría de la gente hace algo, que esa mayoría espera que uno haga lo mismo y que si uno (u otro) no lo hacen, puede ser sancionado por los demás.

La manera más común de trabajar en normas sociales implica el uso de información pública direccionada o masiva, pero dirigida a mostrar que un comportamiento es visto como conveniente por muchos y que todos están dispuestos a hacerlo, cuando no lo están haciendo ya. Usar la misma idea de que “todo el mundo lo hace, o lo haría o cree que deberíamos hacerlo” para que muchos más se sumen al comportamiento.

Ya tenemos incluso alguna evidencia sobre al efecto que diseñar mensajes dirigidos a los comportamientos de autocuidado y cuidado mutuo que utilizan la referencia a principios morales, enmarados como normas sociales, funcionan bien para incentivar el lavado de manos y el distanciamiento social.

Esto que escribo no pretende excusar a las personas que no se han tomado el aislamiento seriamente. Su comportamiento es efectivamente irresponsable y reprochable. Pero no es extraño, hay que reconocer que la subestimación de este riesgo parece ser algo común a todos nosotros (así sea en diferentes grados). De igual forma que algunos bogotanos y medellinenses no tuvieron problema en salir de sus ciudades, contra toda recomendación, justo cuando se declaró la cuarentena, así hay casos de personas que no han calculado bien los riesgos de asistir a mercados, conciertos, reuniones, de no lavarse las manos cada tres horas y por más de treinta segundos, de no guardas las distancias con las otras personas y demás en todo el mundo.

Es justamente cuando nos enfrentamos a algo tan humano como esto, que deben intervenir la sociedad y en particular el Estado, usando sus herramientas para que las personas tomemos mejores decisiones. Y que todo juntos, ahora sí, superemos esto.

 

¿Podemos cambiar nuestros comportamientos durante la crisis del COVID-19?

Resultado de imagen para crisis del covid 19

Por Santiago Silva Jaramillo

La pandemia del COVID-19 está presentando unos retos enormes para personas, organizaciones y gobiernos del mundo. Acercándose cada vez más a las 200,000 infectados y los 10.000 muertos, el virus ha afectado ya a casi todos los países del planeta. La realidad de esta crisis, que empezó como un lejano eco noticioso en una provincia china, se ha convertido en la conversación cotidiana, la preocupación constante y la angustia de infectados, aislados y no.

Este no es el momento de subestimar las contribuciones individuales a un problema colectivo. La evidencia científica ha demostrado la importancia de lavarse bien las manos, reducir el contacto físico (como en los saludos), evitar conglomeraciones de personas (y prohibir o cancelar eventos que puedan llevar a que se produzcan) y el aislamiento de las personas.

Todos estos son comportamientos que ayudan a reducir la propagación del virus, lo que se ha venido llamando “aplanar la curva”, esto es, espaciar los casos de contagio para evitar el colapso de los servicios de salud. Pero, sobre todo, no son comportamientos comunes y fáciles y esto ha implicado la toma de decisiones públicas, como las cuarentenas o campañas educativas, y organizacionales, como el cierre de sedes, servicios y el teletrabajo. En esta coyuntura, cuidarnos nosotros es ayudar a los demás, es prevenir que se enfermen otros.

Este reto, que es enorme, de producir cambios comportamentales en poco tiempo y frente a situaciones extremas, podemos tomar algunas lecciones y aprendizajes de los estudios del comportamiento, el conocimiento acumulado de la sicología, la economía y la ciencia política para modificar la manera como las personas toman decisiones y actúan. Muchas de estas estrategias tienen la ventaja de ser sencillas, baratas y escalables y, por tanto, perfectas para momentos como este.

Un reciente artículo de la Universidad de Princeton (Haushofer  y Metcalf, 2020) reseña algunas ideas, sacadas de otras experiencias en salud pública que utilizaron cambio comportamental. En Kenia se han usado mensajes de texto que recuerdan a los padres los momentos para aplicar medicina a sus hijos, con aumentos del 20% en quienes los recibieron. Lavarse las manos, al menos, cada tres horas, podría recibir un “recorderis” sencilla en la forma de mensajes de texto o incluso en redes de parte de las autoridades locales y nacionales.

Otra experiencia, parte del trabajo de los Nóbel de economía Esther Dufló y Abhijit Banerjee, encontró que entregar pequeños incentivos (casi simbólicos) como paquetes de lentejas, podía llevar a que las personas superaran la procrastinación sobre una acción de cuidado y se decidieran a hacerla. En India, la instalación de dispensadores de jabón líquido de bajo costo en los hogares llevó a que el 23% de las familias lo usaran diariamente antes de comer. Una combinación de estos dos aprendizajes podría llevar a que entregáramos dispensadores para instalar en los hogares, esto permite el comportamiento deseado y a la vez es una señal relevante para que ocurra. Si indicáramos a las personas lo mejores lugares para ubicarlos, el uso también podría mejorar.

También el conocimiento en intervenciones de normas sociales podría ayudar en este contexto. Algunos de los cambios de comportamiento que necesitamos implican cierto grado de cálculo por expectativa social, es decir, las personas toman la decisión de quedarse en la casa, de no acaparar productos, de lavarse las manos o aplicar el distanciamiento social, porque ven que otras personas también lo están haciendo y que estas personas esperan que ellos también lo hagan. Esa doble expectativa, diría Cristina Bicchieri, configura una norma social. La comunicación pública puede hacer mucho por mejorar la adscripción a un comportamiento si es capaz de presentarlo como una expectativa colectiva de comportamiento, es decir, si logra que las personas vean ese comportamiento como algo que “todo el mundo está haciendo” o que “cada vez más personas lo están haciendo”.

Campañas de comunicación pública que conecten la información de cuidado y emotiva (que es lo que he visto por ahora) con testimonios, historias y experiencia de las personas que están aplicando las recomendaciones y les cuentan a los demás ciudadanos y les preguntas por lo que hacen, pueden ser un muy buen primer paso en este sentido. La premisa aquí, en términos sencillos, es que los comportamientos pueden ser contagiosos, pero que necesitamos la exposición a ellos para poderlos copiar. Contar las historias de cuidado mutuo, autocuidado y solidaridad es fundamental para promoverlos.

Lo frustrante es que muchas de estas cosas son baratas y sencillas y podrían estarse haciendo. Pero con excepción de algunas cosas espontaneas, no están ocurriendo. Podemos hacer más para superar esta crisis; las intervenciones conductuales como las que recojo aquí no pueden reemplazar ciertas medidas más coercitivas o de atención, pero pueden ayudar y sería muy conveniente, tanto desde el gobierno, pero también de la sociedad civil, que las intentáramos.


Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a 271 seguidores más

¡Publique en RealpolitikMundial!

Si le gusta escribir sobre temas de actualidad política y política internacional participe enviando sus textos a santiagosilvaj@yahoo.com. 500 palabras, una foto y enlaces. ¡Haga parte del blog!

Síganme en Twitter