Posts Tagged 'Economía del comportamiento'

El mundo a través de mi lente

Cómo se ven las fotos con los diferentes tipos de lentes? | Crehana MX

Por Santiago Silva Jaramillo

Desde los veinte años tengo miopía. Nunca fui capaz de usar lentes de contacto y por eso, las gafas que uso son tan parte de mi vida cotidiana como cualquier otra parte de mi cuerpo, quitármelas es lo último que hago antes de dormirse y ponérmelas, lo primero al abrir lo ojos. Sin ellas, el mundo es un paisaje turbio y amorfo, como intentar ver debajo del agua en un lago agitado. Mis gafas me permiten ver una versión de mundo donde las líneas son claras y las distancias calculables. Dependo tanto de ellas que en ocasiones no puedo evitar imaginar si no las tuviera, si estuviera condenado a ver el mundo por el turbio velo de mis retinas desgastadas. Mis gafas son la ventana a mi realidad, los lentes con los que puedo ver el mundo.

Pero la miopía, o el astigmatismo o la presbicia, no son las únicas limitaciones de nuestra visión de la realidad. Todos estamos condicionados por las lentes de nuestra racionalidad limitada para entender el mundo y muchas de nuestras ideas, impresiones, percepciones y valores suelen ser representaciones de estos sesgos, heurísticas y reglas que configuran el tamiz, casi siempre inconsciente, por el que pasa la información que recibimos.

Uno de los temas en los que nuestra racionalidad limitada puede tener consecuencias más complicadas es sobre nuestras ideas políticas y sobre los políticos. En su libro “La mente de los justos”, Jonathan Haidt señala la influencia que la disonancia cognitiva y la disposición evolutiva que tenemos a organizarnos en grupos y desarrollar lealtades grupales que reafirman nuestra identidad, tiene sobre la dificultad para nuestras cabezas de aceptar argumentos contrarios a nuestra ideas iniciales o identidades ideológicas.

Pero no son, ni de lejos, nuestras únicas limitaciones. El sicólogo comportamental Daniel Kahneman y su colega Amos Tversy dedicaron su carrera académica (y por esto el primero recibió un nobel de economía) a identificar los diferentes atajos mentales que nuestra mente realiza para evitar verse enfrascada en ineficientes cavilaciones y razonamientos en la vida diaria. Richard Thaler y Cass Sunstein retomaron buena parte de estas lecciones para su popular libro “Nudge”, sobre las maneras en que se podía ajustar la manera como tomamos decisiones con pequeños ajustes a condiciones, marcos y señales que nos llega con la información. Todo esto en el entendido que nuestro cerebro es mucho más influenciable de lo que nos gustaría a la hora de tomar decisiones y señalar cursos de acción de lo que por demás, pueden ser importantes momentos de nuestras vidas.

En “¿Por qué hacemos lo que hacemos?” otro psicólogo conductual, John Bargh, recoge otro ingrediente en esta mezcla de elementos prestos a obligarnos humildad: el inconsciente. Bargh señala que el pasado, como nuestras herencias evolutivas y las experiencias vitales (por tempranas que sean), el presente, como el contexto físico y las normas sociales, y el futuro, como nuestros objetivos y deseos, pueden ejercer una influencia tremenda sobre nuestras decisiones sin que siquiera nos demos cuenta.

A la luz de todo esto quizás una de las acciones de mayor responsabilidad que podríamos tomar de manera personal y colectiva es reconocer (e intentar no olvidar) nuestras propias limitaciones; nunca sacarnos de la cabeza que tenemos nuestra propia lente puesta y que la información que recibimos, lo que nos dicen y lo que vemos, entra a nuestra cabeza deformado por su prisma. Que nos podemos equivocar, que los otros pueden tener la razón.

Ahora, este reconocimiento de falibilidad puede no resultar popular en estos tiempos en que se espera y enarbola una especie de extraña autosuficiencia. Políticos, líderes de opinión, gerentes y todos los demás, nos paseamos por el mundo evitando reconocer los más mínimos errores o la posibilidad de que no seamos justos, ecuánimes y neutrales al tomar decisiones y dar discusiones. Esto no solo lleva a errores constantes en las decisiones de personas, organizaciones y Estados, también a la estancación y somnolencia de las discusiones que no llevan a nada porque nadie da su brazo a torcer o las que se evitan por considerase inútiles.

Todo esto podría evitarse o al menos ponerse bajo un razonable control, si en un único acto de humildad, nos preocupamos por reconocer la posibilidad de la duda; el reconocimiento de nuestros límites, la influencia de nuestra lente.

Un pequeño empujón a la solidaridad

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La Cruz Roja colombiana siempre será una buena alternativa para donar. Aquí encuentran más información.

Por Santiago Silva Jaramillo

Las últimas semanas nos han puesto de manifiesto algo que no debemos olvidar: nuestra disposición, la de todos, a ayudar a los demás, a ayudarnos unos a otros, a ayudarnos para superar lo que, a todas luces, y a cada momento que pasa, se está convirtiendo en una situación desesperada. En Medellín esa disposición pudo recoger unos catorce mil millones de pesos y en Bogotá más de cincuenta mil en sendos teletones de días pasados. Estas expresiones más grandilocuentes de la solidaridad solo se suman a formas más pequeñas y cotidianas del altruismo. Creo que la verdadera gran prueba de que estamos predispuestos para preocuparnos por otros son los cientos de iniciativas sociales, muy organizadas o absolutamente espontaneas, que han empezado a recoger donaciones en dinero, suministros y comida para ayudar a todos los que pasan por momentos difíciles por culpa de la cuarentena del COVID-19.

Ahora bien, la solidaridad es una disposición prosocial, es decir, que tiene efectos positivos sobre los grupos sociales, y puede ocurrir, sobre todo respecto a donaciones como de las que estamos hablando, de forma impulsiva o deliberada. En la primera, ocurre cuando vemos o conocemos de algo que nos estimula de manera emocional a realizar la donación. En la segunda, calculamos, revisamos opciones y tomamos una decisión que creemos informada sobre cómo, a quién y cuánto donar. Ambas son prosociales.

Estas iniciativas particulares y grupales, nacidas de esta crisis, para ayudar a otros han sido respondidas con probablemente las expresiones de solidaridad más grandes de las que tengamos memoria. Millones de personas han donado lo que tienen, les sobra o les falta, para que otros tengan, al menos, comida sobre sus mesas. Pero por grande que sea esa solidaridad, siempre hará falta y no solo eso, los aprendizajes de cómo canalizar ese sentimiento moral pueden ser muy relevantes para las agendas de altruismo para después de la pandemia.

Así las cosas ¿cómo aumentamos las donaciones?

La economía del comportamiento tiene algunas pistas. En efecto, hay bastante evidencia sobre cómo ciertos ajustes en la manera en que se presenta la información y en particular, se permite que la gente done, puede activar positivamente el impulso de hacerlo, sobre todo, cuando hablamos de la solidaridad impulsiva.

Lo primero parece obvio, pero no por eso es menos relevante: hay que facilitar la manera como la gente puede donar a una causa. Ahora, si hacen parte de una iniciativa comunitaria o particular, esa facilidad debe mantener algunos visos de formalidad, porque de lo contrario puede producir desconfianza. Ese equilibrio entre sencillez y estructura es clave para que la gente evite recurrir a excusas de dificultad para dejar de lado su motivación para donar.

Lo segundo tiene que ver con la retroalimentación inmediata de la acción. Las acciones altruistas otorgan recompensas internas y externas a las personas. Las primeras los hacen sentir bien consigo mismo porque su acción activa su conciencia moral, las segundas, porque les permiten sentir o recibir reconocimiento de parte de sus pares. Ambos incentivos son poderosísimos; a todos nos gusta sentir que somos buenas personas y saber que los demás creen que lo somos. Esto se puede hacer fácilmente con agradecimientos, fotos o videos personalizados. Lo importante es que esa recompensa simbólica llegue tan rápido y sea tan clara como sea posible para el donante.

Una tercera opción es apelar a las normas sociales. Las personas nos comportamos en muchos escenarios de acuerdo con como creemos que los demás lo están haciendo y esperan que nosotros lo hagamos. Sobre todo, aquellos que consideramos “los nuestros”, nuestros pares, ya sean amigos, compañeros de estudio o trabajo, o conciudadanos. Aquí la clave es la posibilidad de compararnos con los demás, esto puede funcionar respecto a información sobre las donaciones totales recibidas (algo que es bastante común en estas iniciativas), pero funcionaría mejor si fuera posible determinar y señalar quiénes o de dónde han donado. Al usar normas sociales, la clave es la identificación de la persona con los otros, que pueda ver que “otros como él” lo han hecho. Pedir a quienes donan a una iniciativa que recomienden su organización o iniciativa solidaria puede ayudar a señalar la norma social y generar confianza sobre la donación al mismo tiempo.

Finalmente, hay que hacerlo personal, anecdótico y relacionable. Varios estudios han encontrado que las donaciones aumentan cuando las personas pueden conocer relatos reales e individuales de quienes recibirían la donación. Esto es complejo porque supone mucho tacto para evitar explotar las dificultades de las personas o usar el pesar más asociado a la caridad que a la solidaridad.  Por eso es solo recomendable si, primero, hay muy buena voluntad y cuidado sobre el daño en quienes participarían, y segundo, si lo que sale es producido de manera evite estos problemas de fondo.

Ninguna de estas ideas desconoce, sin embargo, que la solidaridad sea un atributo natural de los seres humanos. Es más, si no fuera sencillo activarlo, pocas de ellas funcionarían. Pero las personas podemos sufrir de fallos de contexto o sesgos propios que nos dificultan seguir la intención inicial de ayudar a los demás. Estos pequeños empujones pueden mejorar nuestra disposición al altruismo y en el camino, servir de gran apoyo a quienes adelantan estas iniciativas y a quienes, al final, reciben por medio de las donaciones la manera se seguir sobrellevando esta tragedia colectiva de los últimos meses.


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