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Normas, excesos y los límites del cumplimiento

Habrá puestos de control con Policía y Ejército para cumplimiento ...

El transporte público, escenario especial del control de la pandemia.

Por Santiago Silva Jaramillo

Las últimas semanas han sido no solo los tiempos de las pandemias, sino, la de las normatividades de emergencia. A las disposiciones del Gobierno Nacional se suman, según municipios y departamento, las de Alcaldías y Gobernaciones; cuarentenas, toques de queda, distancias, excepciones y formas de uso de tapabocas diferenciadas por ideas, evidencias y en ocasiones, caprichos de los gobernantes.

No es decir que buena parte de las limitaciones que tenemos actualmente en Colombia no sean necesarias, lo son. Lo que sabemos del virus sigue manteniendo que la distancia entre personas es la mejor manera de, al menos, ralentizar el ritmo de contagio y hacer más manejable y menos mortal la pandemia. Pero también hay que reconocer que el COVID-19 pone de manifiesto problemas subyacentes en los sistemas políticos y económicas de los países y que en el nuestro ha dado algo de combustible al viejo vicio de confiar demasiado en las normas (sobre todo las duras y las complicadas) para resolver todos los problemas. La panacea leguleya.

Mauricio García Villegas, que ha estudiado el cumplimiento de las normas en libros como “Normas de papel” o “El Orden de la Libertad”, ha señalado siempre, con mucha sensatez, dos de los problemas más comunes del legalismo colombiano. El primero se refiere a las limitaciones que tiene un Estado con diferenciados niveles de control y presencia en su territorio para hacer cumplir las normas. El segundo, los problemas de legitimidad que son comunes a estas disposiciones y a las autoridades que las tiene que hacer cumplir, sobre todo, cuando las normas son implementadas de forma diferenciada y en ocasiones, con excesos de fuerza innecesarios.

Estos dos problemas colombianos (aunque en general, latinoamericanos) son importantes porque el cumplimiento de las normas se puede asociar a tres elementos principalmente: la legitimidad que reconozcamos en la norma y quién la dicta, el cálculo de conveniencia sobre cumplir, incumplir y sus consecuencias sobre nosotros, y el hecho de que la norma esté alineada con una expectativa colectiva o individual de comportamiento, esto es, una norma social, una costumbre o una regla moral.

En muchas ocasiones, los excesos normativos llevan a incentivar el incumplimiento de esas mismas normas. Las autoridades deben ser razonables al establecer reglas de juego, evitar al máximo el legalismo, en tanto dureza de las normas y dificultades y trabas para acceder a sus beneficios. La incapacidad de aguantarse la necesidad de parecer duros, técnicos y tecnológicos lleva en ocasiones a decretar disposiciones que hagan que las personas se vean casi obligadas a incumplir.

Ahora, esto también es un problema. El goteo incesante de pequeños incumplimientos, personas trotando a la hora que no se permite; una conversación entre vecinos en la puerta de la casa, en la acera luego, en medio de la calle al final; una mercada de pico y cédula que alarga bastante su recorrido, que incluye una visita familiar o a un amigo. Poco a poco desgastan las normas y disposiciones de la cuarentena, son las filtraciones de la presa a punto de reventarse. La labor del Estado no es solo la de forzar el cumplimiento de estas normas, también la de decidir con razonabilidad y sensatez hasta donde dobla el brazo, hasta donde aguantan las limitaciones de su aparato y las necesidades y percepciones de las personas.

Porque las normas necesitan también estar acompañas de amenazas creíbles. Otro problema de prohibir o regular un imposible es que su misma pretensión socava sus perspectivas de efectividad. Pero también porque entender a la regulación como principal instrumento de intervención de la realidad, nos condena a ver la coerción y su amenaza como escape facilista a los retos de movilizar a los ciudadanos, deja de lado todo el repertorio que tiene el Estado (y los líderes políticos y sociales) de invitar a los ciudadanos desde compromisos de corresponsabilidad, las peticiones razonables de autocuidado y los programas inteligentes de cultura ciudadana.

Las normas por sí solas (y en particular si son intransigentes y complicadas), nos han demostrados doscientos años de amplias legislaciones y poco cumplimiento en Colombia, nunca serán suficientes.

Las religiones en la globalización: La fe al servicio de la política (Contribución).

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Religiones y geopolítica.

Por Juan David Correa

Tras discutir asuntos de índole petrolífera, hace unos años, el rey de Arabia Saudita Abdalá bin Abdelaziz lanzó una inusitada propuesta a Vladimir Putin, primer mandatario ruso: dejarle comprar un predio en Moscú para la construcción de una gran mezquita. Putin contestó afirmativamente, a cambio de que el rey le permitiera erigir un templo ortodoxo en sus dominios. El rey reaccionó con sorpresa argumentando que esto no podía ser posible en tanto que su religión, la ortodoxa, no era la verdadera y no se podía engañar al pueblo, lo que llevó a Putin desde su consabida audacia a esgrimir: “yo pienso igual de su religión y sin embargo permitiría edificar su templo si hubiera correspondencia, así que hemos terminado el tema”.

Las religiones han tenido como finalidad a lo largo de la historia, dotar de sentido la existencia de los hombres y explicar la relación de éste con el cosmos a través de la creencia en un ser o varios seres divinos. Es un rasgo cultural que moldea a un grupo social, que puede ir desde una etnia hasta una civilización. Todas las representaciones del mundo cambian ostensiblemente de una latitud a otra.

Precisamente, una característica esencial de una religión es el “anclaje” a un determinado territorio. Si bien es cierto que ha habido religiones que desde su origen han sido desancladas; como por ejemplo el cristianismo, el islamismo o el budismo, hay que decir que hasta finales del siglo XX han seguido estando supeditadas a una determinada cultura y, como se advirtió, a una territorialidad concreta. Con el proceso de la globalización y la proliferación ingente de los servicios tecnológicos, las religiones acuden ante un escenario de peligrosidad en lo que respecta a su existencia. Si son pequeñas pueden sentirse vulnerables de poder ser absorbidas por religiones mucho más fuertes, acostumbradas al desanclaje con gran capacidad de adaptación. Si son grandes pueden perder protagonismo en determinada zona y cederle espacio a otras religiones, que pueden adueñarse de la parte mística de algunas personas y, más importante aún, del aspecto político.

Es innegable que la imbricación de las religiones y la política, más que algo potencial, es un hecho. Hay sociedades en donde la vida política tiene sentido en un entendido religioso y doctrinal, como en el mundo musulmán. En otras sociedades, la religión no se explicita en lo político directamente, sino que es un recurso del que se sirven algunas autoridades políticas para tener control social en su territorio y para relacionarse exteriormente con otras autoridades político-religiosas, o simplemente,  políticas o religiosas. Ante un mundo globalizado, la paranoia de la absorción cultural por parte de una masa homogeneizadora que tienen las religiones en sí y los órdenes políticos que apelan a la religión para legitimarse, abre la posibilidad a múltiples búsquedas para mantener cierta rigidez que permita dejar a estas religiones y ordenes políticos sin menoscabo alguno.

Paradójicamente, esta rigidez precisa de mucha movilidad, es decir, los tomadores de decisiones necesitan mover las fichas necesarias para que una sociedad o una religión no sucumban. Entre estos movimientos tenemos el del diálogo inter-religioso, que propende por la unificación de ciertos aspectos básicos doctrinales y ceremoniales entre dos religiones distintas o entre facciones de una misma religión. El puente que hace posible tal diálogo son las relaciones internacionales. El profesor Gabriel Andrade nos dice que “a partir de la globalización, los procesos de conformación de polos y diálogos interreligiosos se llevarán a cabo por medio de la política”. Las alianzas estratégicas entre religiones distintas con fines de supremacía política en el orden internacional están actualmente y seguirán estando a la orden del día en el tercer milenio. Así es como los acercamientos entre la Irán chií y el resto del mundo musulmán (predominantemente suní) se pueden dar para reivindicar el panislamismo. El telos de estas alianzas no es más que la erección de polos político-religiosos.

Pero ¿por qué la religión sigue siendo tan vigente en un mundo supuestamente “moderno”?. Lo primero que habría que decir es que la única civilización donde la religión y la política se han separado tajantemente ha sido en la Occidental, dando lugar a un proceso de secularización que se decantó en la modernidad y el capitalismo. Luego, en su apogeo, el capitalismo se constituyó en industrialización y   en progreso, algo que se denominó como modernización. El abrigo filosófico de éste fenómeno fue la Ilustración. No obstante, la religión siguió ocupado un lugar prominente en dicha civilización, sólo que hizo una mutación. El mundo laico no deja de ser religioso, simplemente manifiesta la religiosidad de otro modo. Bien decía Nietzsche que en el Occidente cristiano “Dios es la verdad”. Con la Ilustración simplemente se invierte la premisa, pero sigue dando el mismo rédito y la misma operatividad para la sociedad: “La Verdad es Dios”.

Así pues, se tiende a asumir lo “moderno” con lo occidental, y con éste rasero se juzgan a las demás civilizaciones que no han tenido procesos de escisión entre lo espiritual y lo temporal. Se las llama “pre-modernas” y arcaicas. A pesar de que la modernización ha hecho que muchas sociedades se secularicen y se ha incrementado exponencialmente el grupo de los no-religiosos, las religiones no han perdido fuerza. Por el contrario, ante la crisis de la modernidad y los fenómenos existenciales, los humanos se han amparado más fuertemente en las religiones.

Éste resurgir de las religiones en un escenario globalizado ha arrojado problemas muy nuevos como el fundamentalismo. Se está dando el rechazo a ultranza de determinados pueblos respecto de los intereses imperialistas y expansionistas de Occidente (en cabeza de E.E.U.U) como bastión de la “modernización”. En esa dialéctica de la inclusión y de la exclusión propia de la globalización encaja perfectamente el fenómeno del fundamentalismo islámico, por ejemplo. Los intentos fallidos de la occidentalización en Oriente Medio y en el mundo árabe en general ha hecho que éstos pueblos se pregunten muy seriamente si la adopción de los cánones de ésta civilización sirve para potenciar el desarrollo en sus territorios. Después de la incógnita se han decantado por un “no” rotundo, y ha habido mucho brotes de grupos que intentan reivindicar su cultura y volver a implementar los códigos y las normas propias de su religión para auto-determinarse. Este es el caso de los  renombrados Estado Islámico, Al Qaeda o Hezbolá, entre otros.

En este estado de cosas podemos aseverar que la religión seguirá teniendo un rol enorme en la configuración del orden global. Los diálogos y acercamientos interreligiosos acarrearán el origen de diversos polos y enclaves políticos, que buscarán la supremacía frente a los demás. Habrá muchas pugnas por la influencia en ciertas zonas que tienen unas religiones minoritarias y en algunos territorios con una población místicamente débil. Se constituirá pues un cierto estado avanzado del Choque de Civilizaciones, y será mucho más complejo de entender, porque pueden darse diálogos entre un país que hace parte de una civilización dada con otro país de otra civilización (ambos religiosamente y culturalmente disímiles) y podrán pelear contra una diada similar.

La religión pues no está rezagada, vive hoy más que nunca.

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Gráfico: ¿Qué piensan los politólogos colombianos del proceso de paz?

¿Qué piensan los politólogos colombianos del proceso de paz?: los siguientes son los resultados de una encuesta adelantada en las últimas semanas por la aplicación de Monkey Survey, en la que 31 politólogos y estudiantes de ciencias políticas colombianos respondieron a ocho preguntas sobre sus posiciones y visiones alrededor de la negociación entre el Gobierno colombiano y la guerrilla de las Farc y algunos escenario preliminares de un posible post-conflicto.

(Esta encuesta es la tercera entrega de sondeo a politólogos en el blog, luego de la encuesta de intención de voto presidencial, y la encuesta sobre espectro político).

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El camino tomado

De cómo la matanza de Oslo no es un hecho aislado, sino una tendencia.

El mundo vio horrorizado cómo, el pasado viernes 22 de julio, Oslo, la capital de la tranquila noruega, se sacudía por dos ataques terroristas. Las primeras imágenes de las humeantes instalaciones gubernamentales golpeadas por una bomba y los reportes previos de las docenas de muertos durante un tiroteo en el campamento de las juventudes del partido socialdemócrata, hicieron a muchos suponer que se trataba de la acción de una célula terrorista islamista.

Pero nuestro prejuicio (que es de todos) estaba equivocado. El autor de los dos atentados, Anders Behring Breivik, es un noruego. No solo eso, sino que la motivación que alegó para realizar estos horrorosos actos fue lo que él denominó la “islamización” se Europa y, sobre todo, la política de multiculturalismo que el partido de gobierno noruego defiende. Por eso el ataque a la isla donde se reunían las juventudes del partido socialdemócrata y a una sede de gubernamental.

Behring sin embargo, se equivoca, la tendencia más preocupante de la actualidad en el viejo continente no es la “islamización” de sus sociedades, sino el advenimiento de cada vez más grupos y partidos políticos con discursos de extrema derecha. El mismo terrorista noruego es la más reciente muestra de ello.

Desde hace algunos años, algunos partidos políticos en Europa, con plataformas conservadoras, pero también xenófobas y populistas, han ganado terreno en la selecciones parlamentarias e incluso participación en las coaliciones de gobierno de varios países.

Éstos grupos políticos defienden plataformas donde, en términos generales, se defiende una identidad nacional fuerte, se ve con recelo a los inmigrantes (sobre todo de origen musulmán) y se promulga por una economía proteccionista. Por supuesto que hay variables, algunos son conservadores sociales, oponiéndose al aborto o los derechos civiles de los homosexuales, otros defienden la economía de mercado, y también hay de los que denigran de la Unión Europea.

Los ciudadanos europeos, frustrados porque las políticas de sus gobiernos parecen incapaces de resolver los problemas de desempleo y déficit presupuestal de sus países, han premiado a partidos populistas de extrema derecha con sus votos. Y como en otros tiempos difíciles, han aceptado la formula sencilla de culpar a otros, en este caso los inmigrantes, de problemas como la creciente inseguridad o la falta de empleo.

Los grupos clandestinos, y con ideologías mucho más extremas, también han tenido un resurgir en los últimos años. Anders Behring hace parte de esta nueva ola de organizaciones, que no sólo comparten su fundamentalismo, sino su disposición a alcanzar sus objetivos por medio de la violencia. Behring, por ejemplo, esperaba utilizar los atentados con el doble propósito de hacer conocer su mensaje y de impulsar un supuesto “levantamiento” de los europeos contra sus gobiernos liberales. En esto falló, pero docenas de personas murieron.

Europa, en todo caso, realiza un giro hacia el populismo y las ideas extremas; hacia las fáciles respuestas que prometen grupos y partidos que toman como bandera la violencia y a los chivos expiatorios. Lo más preocupante es que, si miramos los ejemplos históricos de situaciones similares, esto nunca ha terminado bien.

¿Cuáles son las razones detrás del ataque terrorista de Oslo? ¿Cree que Europa puede irse al extremo en el futuro? ¿Qué tan peligroso sería eso? Cuénteme lo que piensa, comente.

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