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El último día de la Primavera Árabe

File photo of an opposition supporter holding up a laptop showing images of celebrations in Cairo's Tahrir Square, after Egypt's President Hosni Mubarak resigned

Manifestantes en la Plaza Tahrir – El Cairo, Egipto: 2011

 

Por Santiago Silva Jaramillo

Lo bonito –y trágico- de la historia es que muy pocas veces es complaciente, y son raras las ocasiones en las que nos regala uno de los finales felices que esperamos, uno de los desenvolvimientos sencillos a los que la cómoda vida moderna nos ha acostumbrado. Así, tiende a ser más compleja, a dar varios tumbos antes de llegar a su destino o a desviarse por un camino completamente diferente.

A finales de 2011, cientos de miles de ciudadanos del Medio Oriente y el Norte de África se unían en una largamente esperada protesta contra sus líderes, sus excesos y su tiranía. La Primavera Árabe nos dio a millones de ciudadanos del mundo más la esperanza de que frente a la unidad de los hombres los autócratas podían caer y que todo lo que hacía falta era voluntad y persistencia –a veces sacrificio- para que una nación se sacudiera a un tirano de encima.

Iniciada en Túnez con la inmolación del ventero de frutas Mohamed Bouazizi, que se prendió fuego luego de que su puesto de comida, único medio de subsistencia, fuera decomisado arbitrariamente por funcionarios del régimen de Ben Alí, presidente tunecino. La indignación de sus ciudadanos lograría que en meses, el tirano tuviera que buscar refugio en Arabia Saudita, luego de 22 años en el poder.

El descontento, una mezcla de indignación por años de humillaciones y dominación y los efectos de economías estancadas y élites depredadoras, se expandió pronto a las vecinas Libia y Egipto, y a Siria y Bahréim; en otros países, algunas expresiones dieron pistas de un mayor contagio, como en Jordania, Omán y Turquía, pero fueron rápidamente sofocadas.

-“Ciudadanos víctimas, sus familias y militares desertores, liderados por jefes tribales o religiosos, se hacían a Kalashnikovs robadas y Toyotas Pick Ups con ametralladoras montadas para enfrentarse a las fuerzas de seguridad de sus países”-

Los cinco países en revoluciones siguieron, sin embargo, trayectorias muy diferentes.

 En Túnez, se inició un proceso de reformas democráticas y a finales de 2011 ya se habían celebrado elecciones para un nuevo parlamento. Mientras tanto, las protestas en Siria y Libia, luego de la represión de los regímenes de Bashar al-Assad y Moumar Gadafi, se convertían en guerras civiles: ciudadanos víctimas, sus familias y militares desertores, liderados por jefes tribales o religiosos, se hacían a Kalashnikovs robadas y Toyotas Pick Ups con ametralladoras montadas para enfrentarse a las fuerzas de seguridad de sus países.

En Libia, la posibilidad de la derrota de las fuerzas rebeldes y el peligro a una masacre en la ciudad de Bengazhi llevó a que el Consejo de Seguridad de la ONU adoptara la resolución 1973 estableciendo una “zona de exclusión aérea” sobre el territorio libio, permitiendo la intervención en favor de los rebeldes de Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Qatar. El 23 de octubre, caía Sirte, último bastión de Gadafi, y el dictador era asesinado luego de caer prisionero. La transición ha sido difícil en este país del Norte de África, los intereses tribales, que habían sido mantenidos bajo control por Gadafi, han resurgido y en el espacio dejado por las luchas entre facciones, el fundamentalismo islámico ha echado raíz, con la presencia de organizaciones cercanas a Al-Qaeda y el Estado Islámico operando en territorio libio con relativa impunidad. El caos del final de la guerra civil no ha podido superarse.

-“El Estado Islámico es el hijo bastardo de la Primavera Árabe, al igual que la guerra tribal que desgarra a Libia y el renovado dominio del ejército en Egipto”-

Por otro lado, en Siria, el choque de intereses de las grandes potencias globales y el desgaste de guerra en Estados Unidos, impidió en un primer momento cualquier ayuda –más que informal o simbólica- a los rebeldes sirios que se enfrentaban al régimen de al-Assad. La diplomacia rusa, sobre todo, defendió a su aliado de la interferencia de Europa o Estados Unidos, mientras Irán enviaba tropas y armas al régimen. Pero la incapacidad de al-Assad para imponerse, y de los rebeldes a ganar terreno sobre el dictador, llevaron a que uno de los grupos peleando contra el gobierno, proveniente del norte de Irak, empezara a ocupar espacios y a principios de 2014 se declarara “independiente” de Al-Qaeda y proclamara su pretensión de fundar un “califato” en Medio Oriente. A la fecha, este grupo de combatientes islamistas, tribus sunnitas y desertores del ejército iraquí controlan buena parte del norte y el occidente de Irak, el oriente de Siria, y tienen presencia en Libia, Líbano y Jordania, comandando entre 20 y 30 mil hombres.

En Egipto, las célebres protestas en la plaza Tahrir llevaron que el presidente Hosni Mubarak, en el poder por 30 años, huyera de El Cairo y que el ejército –fundamental en el desenlace de las protestas y en la vida política del país- tomara el control del país y preparara las reformas para unas elecciones libres. El 24 de junio de 2012, Mohamed Morsi se convirtió en presidente egipcio. Su partido, Los Hermanos Musulmanes, habían utilizado su superior organización de bases para derrotar a los secularistas y liberales. El temor de los militares y la rama judicial egipcia a las reformas de corte islamista de Morsi llevaron a que, luego de una serie de protestas ciudadanas contra el gobierno, el ejército derrocara a Morsi en 2013. El 26 de marzo de 2014, la cabeza de las fuerzas armadas egipcias, Abdel Fattah el-Sisi, convertido en candidato, llegó a la presidente. El sistema de gobierno utilizado por Mubarak se restablecería poco a poco.

En Bahréim, las fuerzas del gobierno sunnita, apoyadas por tropas y dinero de Arabia Saudita, aplastaron a los manifestantes chiitas y restablecieron en pocos meses su control sobre la isla del Golfo Pérsico. El mundo se encogió de hombros.

Así, las esperanzas de 2011 se han reducido a dos guerras civiles, una masacre, un nuevo tirano, y un monstruo como pocos en la historia reciente, un híbrido entre insurgencia, fundamentalismo y terrorismo. El Estado Islámico es el hijo bastardo de la Primavera Árabe, al igual que la guerra tribal que desgarra a Libia y el renovado dominio del ejército en Egipto. Solo en el lugar donde nació, Túnez, prevalece alguna pizca del espíritu que motivó las revueltas y manifestaciones de hace cuatro años.

Esperemos que dure.

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Contexto internacional: Entendiendo la “Primavera árabe”

Egipto

Fuente: The Big Picture – Boston.com

1ra entrega de la serie “Contexto internacional”; ideas, lecturas y recursos básicos para entender la política mundial

  1. Contexto histórico:

Imperio otomano e imperios europeos: Medio Oriente ha estado bajo control de grandes poderes imperiales durante buena parte de su historia reciente. Entre el siglo XVI hasta 1922, el Imperio Otomano dominó a las poblaciones en su mayoría musulmanas y árabes de Medio Oriente y el Norte de África. Su control estaba basado en un sistema que combinaba la represión central con el desentendimiento descentralizado; los sultanes otomanos, demasiado ocupados por sys guerras en Europa y sus conspiraciones palaciegas en Estambul, solían alternar la simple represión, con el recurrente olvido de sus territorios imperiales. Estas instituciones políticas sobrevivieron a la caída del Imperio Otomano a comienzos del siglo XX. En 1922, el Imperio se deshizo oficialmente y lo que quedaba de sus dominios en Medio Oriente y África fue repartido entre las potencias europeas; Francia y Gran Bretaña fueron los principales beneficiarios. Su control se estableció sobre las instituciones de control de los otomanos y los intereses imperiales impidieron cualquier reforma real o profunda que pudiera sacar a sus poblaciones del estado de posiciones coloniales.

Independencia, militarismo y religión: luego de la Segunda Guerra Mundial, los poderes coloniales empezaron su retirada de sus viejas posiciones y una gran ola de independencias recorrió África y Asia. Nuevos gobiernos tomaron el control de los nuevos países; pero dos elementos fundamentales quedaron en manos de las decisiones de los poderes coloniales: las fronteras y la naturaleza de los nuevos gobiernos. En efecto, muchos de los nuevos gobiernos enfrentaron desafíos a su legitimidad de parte de grupos descontentos y separatistas; la Guerra Fría también enrareció el ambiente y pronto llegaron nuevos gobiernos, la mayoría de ellos nacionalistas, militaristas y de corte socialista. Nasser en Egipto, Gadafi en Libia y la dinastía de los al-Assad en Siria fueron los ejemplos a seguir en la región. Algunos de estos y otros hombres fuertes también recibían ayuda internacional, Estados Unidos, Europa y antes de su caída, la URSS, apoyaron con armas y dinero a los personajes que aseguraban con sangre y fuego la “estabilidad” de una región estratégica.

Para más información: Imperio Otomano, Imperios Europeos.

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Fuente: The Big Picture – Boston.com

  1. La “Primavera Árabe”:

Túnez: el 17 de diciembre de 2010 un tendero de la ciudad de Sidi Bouzid se prendió fuego enfrente de un edificio gubernamental luego de que un policía le confiscara su puesto de frutas. El sacrificio de Mohamed Bouazizi, el vendedor de frutas inmolado, reunía viejas y profundas frustraciones del pueblo tunecino y poco después, las protestas se tomaron las calles del país. El presidente Ben Ali, un autócrata que gobernaba sobre una democracia de mentiras apoyada por algunos países occidentales, renunció rápidamente al verse sorprendido por la magnitud de las protestas, huyendo a Arabia Saudita. Las protestas de Túnez y la muerte de Bouazizi son reconocidas generalmente como el punto de inflexión de la llamada “Primavera Árabe”. En efecto, mientras Ben Ali dejaba el poder a sus ciudadanos, las protestas ya empezaban a recorrer las calles de Egipto, Libia y Bahréin.

Egipto: la Plaza Tahrir se convirtió pronto en el centro de las protestas egipcias y en el epicentro del futuro político del país. Allí se reunían los cientos de miles de egipcios que protestaban en El Cairo, pidiendo que el presidente Hosni Mubarak, que había gobernado por treinta años. Mubarak respondió con zanahoria y garrote: promesa de reformas y represión en las calles, pero el descontento no amainaba y pronto el Ejército egipcio, que hasta el momento se había mantenido neutral, obligó a Mubarak a salir del poder. Las elecciones democráticas que siguieron pusieron de manifiesto uno de los desafíos más irónicos de la “Primavera Árabe”: quienes las habían impulsado (en su  mayoría jóvenes sin ninguna afiliación política clara) no contaban con la organización ni experiencia para ganar unas elecciones. En Egipto, la Hermandad Musulmana, una organización política islamista perseguida bajo el régimen de Mubarak, ganó las presidenciales con Mohamed Morsi. Pero sus coqueteos con el autoritarismo y el estancamiento económico del país le pasaron factura y el 3 de julio de 2013, luego de un par de semanas de protestas en todo el país, el Ejército intervino de nuevo y depuso a Morsi. Ahora la Hermandad es perseguida de nuevo por el Ejército, mientras el nuevo gobierno de transición ha convocado a elecciones e intenta mantener algo de legitimidad internacional.

Bahréin: las revueltas no fueron iguales en todos los países, aunque si instrumentalizaron viejos conflictos de las poblaciones locales. En la pequeña isla en el Golfo Pérsico de Bahréin, una vieja oligarquía sunita ha gobernado por décadas a una mayoría de población chiita. Las protestas se sustentaron en este conflicto, con las dos facciones religiosas enfrentadas en cada uno de los bandos. De igual manera, las potencias sunita y chiita de la región (a saber, Arabia Saudita e Irán, respectivamente) empezaron a apoyar a gobierno y manifestantes; enviando dinero e incluso armas en el caso de los saudíes. La represión sunita prevaleció y el orden se restableció sin que se diera ninguna reforma o cambio de importancia en la isla.

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Fuente: The Big Picture – Boston.com

Libia: poco después de que empezaran las protestas en Túnez, la ciudad del oriente de Libia, Bengazi, vio las primeras manifestaciones. El gobierno de Muamar Gadafi respondió con una curiosa mezcla de paternalismo y violencia (bastante coherente con su forma de gobierno), y pronto la represión dio paso a una revuelta popular en todo orden. Ciudadanos comunes y militares desertores levantaron a las poblaciones de pueblos y ciudades en los extremos orientales y occidentales del país y montando armas pesadas sobre los baúles de camionetas empezaron a combatir a la fuerzas de Gadafi. Pero los militares leales al dictador libio ganaban terreno y se prestó a presenciar el aniquilamiento de las fuerzas rebeldes. La idea de una intervención de la OTAN llevaba algunas semanas sobre las mesas de la diplomacia internacional y durante lo más complejo del conflicto en tierra, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la ejecución de una “zona de exclusión aérea” sobre los cielos de Libia. Impulsada principalmente por Francia, la intervención internacional incluyó el apoyo o participación activa de países europeos, Estados Unidos, Canadá y algún apoyo de los saudíes y qataríes. El 20 de octubre de 2011 Gadafi fue capturado por las tropas rebeldes y ejecutado; el gobierno de transición que se ocupaba de la dirección de la oposición convocó a elecciones. El nuevo gobierno ha encontrado grandes desafíos para controlar su territorio y poner bajo su poder a las bandas armadas y líderes tribales que todavía pululan por todo el país.

Siria: Bashar al-Assad sucedió en el año 2000 a su padre, Hafez al-Assad, en la presidencia de Siria. Hafez había establecido su poder en 1971 y gobernado con un puño de hierro sobre los sirios. Bashar aplicaba las lecciones de su padre y cuando en 2011 su población empezó a salir a las calles a exigir reformas democráticas, la represión fue despiadada. También hubo amagues de cambios, al-Assad prometió adelantar reformas, mientras continuaba la violencia contra los manifestantes, pero las protestas no se calmaron y pronto emergieron grupos de ciudadanos armados y desertores del ejército oponiéndose  ala fuerzas de al-Assad. El conflicto también se alimentaba en la naturaleza religiosa de las partes en lucha. En efecto, similar al caso de Bahréin, la mayoría de la población siria es sunita, mientras el gobierno de al-Assad está conformado en su mayoría por alawitas. De igual forma, Arabia Saudita e Irán también aprovecharon el escenario para apoyar a rebeldes y gobierno, respectivamente, enviando dinero y armas. Las potencias, por otro lado, han discutido su papel durante meses, en el Consejo de Seguridad, Estados Unidos y los europeos defienden una posición de fuerza contra al-Assad, mientras Rusia y China se oponen a cualquier intervención. Aun así, los estadounidenses y europeos llevan meses enviando ayuda a los rebeldes, intentando ayudarlos, pero temerosos de la naturaleza del movimiento y la participación dentro del mismo de grupos extremistas y asociados a al-Qaeda. Sin embargo, a la fecha la situación no parece cercana a decidirse por ningún bando.

Para más información: Sobre las últimas revoluciones, Incongruencias necesarias, Cinco lecciones de las revueltas árabes, Rencontrarse con el realismo, ¿Por qué no intervienen en Siria?, Entendiendo la guerra en Siria, Desde las cenizas de las revueltas.

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