¿Por qué es tan difícil ponernos de acuerdo?

Podemos ponernos de acuerdo con visiones diferentes?

Por Santiago Silva Jaramillo.

Imagine, por un instante, que se encuentra en uno de esos almuerzos o comidas masivos que tienen las familias de vez en cuando (puede ser navidad, o un cumpleaños de alguien especial o un encuentro tradicional de domingo) y en medio del ruido de platos y la conversación a murmullos de muchos, alguien pone sobre la mesa -literal- una cuestión sobre política o religión, y el ambiente se tensa, los ánimos se crispan de inmediato. Se arman ahí mismo facciones militantes, defensores acérrimos, un primo segundo toma una postura controversial, una tía, que habla poco, pero se siente atacada, se retuerce en la silla, los ojos abiertos en señal de exasperación. Alguien ataca y otros responden, y los tonos suben y los ceños se aprietan.

Es una discusión, en toda regla, y en medio de la disputa nunca se alcanza un acuerdo y los papás de alguien se lamentan, que por qué tenían que poner ese tema, que la gente solo pelea cuando hablan de esas cosas ¿Es cierto? ¿Estamos condenados a discusiones airadas que nunca llegan a acuerdos? ¿Estamos a merced del inevitable e insalvable choque entre nuestros puntos de vista?

Otra mirada, esta vez en las discusiones cotidianas de redes sociales y programas de opinión de radio, parecería confirmar esta tragedia deliberativa: que las personas estemos siempre prestas a defender nuestras posiciones a como dé lugar y muy poco dispuestas a reconocer un error o -¡dios no lo quiera!- cambiar nuestra opinión por la del contrario.

Esa dificultad para entender la posición contraria, escuchar realmente sus argumentos, entender sus motivaciones y en ocasiones, darle la razón nos parece tan “antinatural” porque, precisamente, va un poco en contravía de nuestra programación evolutiva. Esta es, en una reducción particularmente injusta de mi parte, la propuesta del psicólogo moral Jonathan Haidt en su libro “La mente de los justos” (The Righteous Mind, 2019, Planeta). Haidt propone una teoría de los fundamentos morales en los que las creencias de las personas, incluidas sus inclinaciones políticas y religiosas, se encuentran delimitadas por la estimación que tienen de valores como el cuidado, la equidad, la lealtad, la autoridad y la santidad. Esta valoración depende en buena medida de elementos culturales, familiares y personales, también genéticos, en cada experiencia vital; todos somos potencialmente susceptibles de desarrollar mentes “conservadoras” o “liberales”.

De igual forma, nuestro “ADN evolutivo” nos ha predispuesto para reconocer la importancia de trabajar en equipo y ser recíprocos con los “nuestros”. Haidt lo plantea en una metáfora en la que nos podríamos considerar 90% chimpancés y 10% abejas. Esa décima cooperativa ha sido fundamental para construir las sociedades en las que ahora tan cómodamente vivimos, pero también plantea un reto enorme para la predisposición que tenemos a solo querer confirmar ideas que sean propias (el sesgo de confirmación) y defender a los nuestros a como dé lugar, en organizaciones, ciudades y naciones cada vez más heterogéneas.

Cuando en una tranquila comida familiar (o una caótica discusión en Twitter) discutimos sobre política y religión (aunque en realidad esto se activa siempre que los temas tengan implicaciones sobre la identidad grupal de los involucrados), nuestra evaluación parece condicionar la posibilidad real de que alcancemos acuerdos, reconozcamos puntos ajenos o cambiemos de opinión. Así las cosas ¿hay esperanzas de tener debates y discusiones que puedan alcanzar acuerdos?

Haidt matiza al cerrar su libro lo “predestinados” que parecemos estar a competir constantemente entre grupos y ser incapaces de cooperar entre diferentes. Al final, la historia humana está llena de ejemplos en que las diferencias más marcadas han sido superadas por una combinación extraña, pero no imposible, de sensatez y empatía. Y sobre este argumento señala una propuesta que por lo sencilla no resulta menos fundamental para empezar a tener discusiones constructivas: reconocer que al final de cuentas, nuestras ideas no son tan racionales y bien pensadas como pensamos y que en este hecho existe la posibilidad (grande en muchos casos) de que estemos equivocados o al menos, que la contraparte tenga algo de razón.

Un primer paso esencial, difícil, como todas las cosas importantes, pero insalvable si queremos que la próxima comida familiar -o en la definición de decisiones públicas, discusiones de políticas, desacuerdos normativos- no sea una interminable discusión entre sordos y pueda llegar a que, al final y así sea solo en algunas cosas, podamos ponernos de acuerdo. O no.

¿Por qué las personas subestiman el riesgo de contagiarse del COVID-19?

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Calles vacías durante la cuarentena, Nueva York.

Por Santiago Silva Jaramillo

Las últimas semanas, hemos sido testigos de irresponsabilidades, imprudencias o descuidos alrededor de la prevención del contagio del COVID-19 de ciudadanos desprevenidos que parecen subestimar el riesgo y las consecuencias de la pandemia que tiene paralizado al planeta. Esto incluye las personas que se resistieron en los primeros momentos a las recomendaciones de higiene o distanciamiento social, luego, los que viendo el advenimiento de las cuarentenas (en particular las de Bogotá y Medellín) salieron de viaje o intentaron evadirla saliendo de estas ciudades.

Las imágenes de las filas de carros que salían justo antes de que entraran en vigor las medidas de restricción de movimiento, de personas que los días antes todavía asistían a eventos en el que se reunían cientos de asistentes (o los organizaban) o que incumplían las medidas de cuarentena en la que se encuentran varias ciudades, han hecho las delicias de la indignación de redes. Estos incumplimientos individuales a lo que todos los demás estamos haciendo no solo son muy peligrosos para poder contener efectivamente el contagio del virus, sino que señalan un problema que por complejo no deja de ser muy común: las limitaciones de la acción colectiva.

Ahora ¿por qué hace la gente esto?

Uno de los retos que nos impuso la llegada del COVID-19 es la importancia de la responsabilidad individual y la coordinación del cuidado propio y la reducción que comportamientos cotidianos pueden tener sobre el riesgo de contagio. Es decir, que todos dependemos de todos, que solo podemos reducir el ritmo de contagio (para lograr la ya famosa “aplanar la curva”) si todos ponemos, si todos asumimos lo pequeños y grandes sacrificios que esta situación nos impone. Ahora, esto puede ser difícil de lograr por dos razones. La primero, el sesgo de optimismo y exceso de confianza, que puede estar llevando a que muchas personas subestimen el riesgo efectivo y la importancia de los cuidados personales.

El sesgo de optimismo es una limitación cognitiva que lleva a que los seres humanos creamos que somos un poco más hábiles en las cosas que hacemos de lo que realmente somos, que tenemos mayores probabilidades de salir airosos de una dificultad o que la posibilidad de que sufriremos un accidente o desgracia es más baja de los que realmente es. Este sesgo es una disposición evolutiva fundamental, es lo que permite en muchos casos que nos levantemos todos los días de la cama, que pensemos que el día siguiente será mejor que el presente (cuando en muchas ocasiones no tenemos información suficiente para hacer esa suposición), nos lleva a invertir en un negocio o empezar una relación sentimental.

Pero, así como garantiza muchos escenarios en el que a falta de optimismo solo tendríamos parálisis, nos lleva a cometer muchos errores, precisamente, porque nos puede inclinar a subestimar un riesgo. Por ejemplo, el riesgo de contagiarnos de una enfermedad viral llegaba de China o de que, al contraerla, se la pasaremos a otras personas.

La segunda razón por la que lograr la cooperación necesaria de todos los miembros de la sociedad es difícil es que las personas pueden sentir que los demás no hacen tampoco su parte y, por tanto, pueden pensar que su propio comportamiento no es significativo respecto a la magnitud de este problema. Esta percepción de injusticia, es decir, pensar que solo nosotros estamos poniendo de nuestra parte y que eso está mal y nos perjudica, nos puede llevar a defraudar preventivamente. Nadie quiere ser el “bobo”, nadie quiere sentir que se están aprovechando de su nobleza.

Estas dos dificultades no son únicas de un fenómeno como el contagio de un virus. Buena parte de los problemas públicos son problemas de acción colectiva y a su vez, muchos de ellos sufren por estas mismas limitantes comportamentales.

Ahora bien ¿qué podemos hacer entonces?

La teoría de las normas sociales de Cristina Bicchieri (y algunas aplicaciones de “nudge” y políticas conductuales) tienen pistas sobre herramientas para mejorar nuestro desempeño a la hora de contribuir individualmente a la prevención colectiva del contagio. Una norma social supone que para un comportamiento existen una expectativa empírica y otra normativo (y que de esta hay alguna percepción de sanción al incumplimiento). Es decir, las normas sociales implican que uno crea que la mayoría de la gente hace algo, que esa mayoría espera que uno haga lo mismo y que si uno (u otro) no lo hacen, puede ser sancionado por los demás.

La manera más común de trabajar en normas sociales implica el uso de información pública direccionada o masiva, pero dirigida a mostrar que un comportamiento es visto como conveniente por muchos y que todos están dispuestos a hacerlo, cuando no lo están haciendo ya. Usar la misma idea de que “todo el mundo lo hace, o lo haría o cree que deberíamos hacerlo” para que muchos más se sumen al comportamiento.

Ya tenemos incluso alguna evidencia sobre al efecto que diseñar mensajes dirigidos a los comportamientos de autocuidado y cuidado mutuo que utilizan la referencia a principios morales, enmarados como normas sociales, funcionan bien para incentivar el lavado de manos y el distanciamiento social.

Esto que escribo no pretende excusar a las personas que no se han tomado el aislamiento seriamente. Su comportamiento es efectivamente irresponsable y reprochable. Pero no es extraño, hay que reconocer que la subestimación de este riesgo parece ser algo común a todos nosotros (así sea en diferentes grados). De igual forma que algunos bogotanos y medellinenses no tuvieron problema en salir de sus ciudades, contra toda recomendación, justo cuando se declaró la cuarentena, así hay casos de personas que no han calculado bien los riesgos de asistir a mercados, conciertos, reuniones, de no lavarse las manos cada tres horas y por más de treinta segundos, de no guardas las distancias con las otras personas y demás en todo el mundo.

Es justamente cuando nos enfrentamos a algo tan humano como esto, que deben intervenir la sociedad y en particular el Estado, usando sus herramientas para que las personas tomemos mejores decisiones. Y que todo juntos, ahora sí, superemos esto.

 

¿Podemos cambiar nuestros comportamientos durante la crisis del COVID-19?

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Por Santiago Silva Jaramillo

La pandemia del COVID-19 está presentando unos retos enormes para personas, organizaciones y gobiernos del mundo. Acercándose cada vez más a las 200,000 infectados y los 10.000 muertos, el virus ha afectado ya a casi todos los países del planeta. La realidad de esta crisis, que empezó como un lejano eco noticioso en una provincia china, se ha convertido en la conversación cotidiana, la preocupación constante y la angustia de infectados, aislados y no.

Este no es el momento de subestimar las contribuciones individuales a un problema colectivo. La evidencia científica ha demostrado la importancia de lavarse bien las manos, reducir el contacto físico (como en los saludos), evitar conglomeraciones de personas (y prohibir o cancelar eventos que puedan llevar a que se produzcan) y el aislamiento de las personas.

Todos estos son comportamientos que ayudan a reducir la propagación del virus, lo que se ha venido llamando “aplanar la curva”, esto es, espaciar los casos de contagio para evitar el colapso de los servicios de salud. Pero, sobre todo, no son comportamientos comunes y fáciles y esto ha implicado la toma de decisiones públicas, como las cuarentenas o campañas educativas, y organizacionales, como el cierre de sedes, servicios y el teletrabajo. En esta coyuntura, cuidarnos nosotros es ayudar a los demás, es prevenir que se enfermen otros.

Este reto, que es enorme, de producir cambios comportamentales en poco tiempo y frente a situaciones extremas, podemos tomar algunas lecciones y aprendizajes de los estudios del comportamiento, el conocimiento acumulado de la sicología, la economía y la ciencia política para modificar la manera como las personas toman decisiones y actúan. Muchas de estas estrategias tienen la ventaja de ser sencillas, baratas y escalables y, por tanto, perfectas para momentos como este.

Un reciente artículo de la Universidad de Princeton (Haushofer  y Metcalf, 2020) reseña algunas ideas, sacadas de otras experiencias en salud pública que utilizaron cambio comportamental. En Kenia se han usado mensajes de texto que recuerdan a los padres los momentos para aplicar medicina a sus hijos, con aumentos del 20% en quienes los recibieron. Lavarse las manos, al menos, cada tres horas, podría recibir un “recorderis” sencilla en la forma de mensajes de texto o incluso en redes de parte de las autoridades locales y nacionales.

Otra experiencia, parte del trabajo de los Nóbel de economía Esther Dufló y Abhijit Banerjee, encontró que entregar pequeños incentivos (casi simbólicos) como paquetes de lentejas, podía llevar a que las personas superaran la procrastinación sobre una acción de cuidado y se decidieran a hacerla. En India, la instalación de dispensadores de jabón líquido de bajo costo en los hogares llevó a que el 23% de las familias lo usaran diariamente antes de comer. Una combinación de estos dos aprendizajes podría llevar a que entregáramos dispensadores para instalar en los hogares, esto permite el comportamiento deseado y a la vez es una señal relevante para que ocurra. Si indicáramos a las personas lo mejores lugares para ubicarlos, el uso también podría mejorar.

También el conocimiento en intervenciones de normas sociales podría ayudar en este contexto. Algunos de los cambios de comportamiento que necesitamos implican cierto grado de cálculo por expectativa social, es decir, las personas toman la decisión de quedarse en la casa, de no acaparar productos, de lavarse las manos o aplicar el distanciamiento social, porque ven que otras personas también lo están haciendo y que estas personas esperan que ellos también lo hagan. Esa doble expectativa, diría Cristina Bicchieri, configura una norma social. La comunicación pública puede hacer mucho por mejorar la adscripción a un comportamiento si es capaz de presentarlo como una expectativa colectiva de comportamiento, es decir, si logra que las personas vean ese comportamiento como algo que “todo el mundo está haciendo” o que “cada vez más personas lo están haciendo”.

Campañas de comunicación pública que conecten la información de cuidado y emotiva (que es lo que he visto por ahora) con testimonios, historias y experiencia de las personas que están aplicando las recomendaciones y les cuentan a los demás ciudadanos y les preguntas por lo que hacen, pueden ser un muy buen primer paso en este sentido. La premisa aquí, en términos sencillos, es que los comportamientos pueden ser contagiosos, pero que necesitamos la exposición a ellos para poderlos copiar. Contar las historias de cuidado mutuo, autocuidado y solidaridad es fundamental para promoverlos.

Lo frustrante es que muchas de estas cosas son baratas y sencillas y podrían estarse haciendo. Pero con excepción de algunas cosas espontaneas, no están ocurriendo. Podemos hacer más para superar esta crisis; las intervenciones conductuales como las que recojo aquí no pueden reemplazar ciertas medidas más coercitivas o de atención, pero pueden ayudar y sería muy conveniente, tanto desde el gobierno, pero también de la sociedad civil, que las intentáramos.

Las religiones en la globalización: La fe al servicio de la política (Contribución).

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Religiones y geopolítica.

Por Juan David Correa

Tras discutir asuntos de índole petrolífera, hace unos años, el rey de Arabia Saudita Abdalá bin Abdelaziz lanzó una inusitada propuesta a Vladimir Putin, primer mandatario ruso: dejarle comprar un predio en Moscú para la construcción de una gran mezquita. Putin contestó afirmativamente, a cambio de que el rey le permitiera erigir un templo ortodoxo en sus dominios. El rey reaccionó con sorpresa argumentando que esto no podía ser posible en tanto que su religión, la ortodoxa, no era la verdadera y no se podía engañar al pueblo, lo que llevó a Putin desde su consabida audacia a esgrimir: “yo pienso igual de su religión y sin embargo permitiría edificar su templo si hubiera correspondencia, así que hemos terminado el tema”.

Las religiones han tenido como finalidad a lo largo de la historia, dotar de sentido la existencia de los hombres y explicar la relación de éste con el cosmos a través de la creencia en un ser o varios seres divinos. Es un rasgo cultural que moldea a un grupo social, que puede ir desde una etnia hasta una civilización. Todas las representaciones del mundo cambian ostensiblemente de una latitud a otra.

Precisamente, una característica esencial de una religión es el “anclaje” a un determinado territorio. Si bien es cierto que ha habido religiones que desde su origen han sido desancladas; como por ejemplo el cristianismo, el islamismo o el budismo, hay que decir que hasta finales del siglo XX han seguido estando supeditadas a una determinada cultura y, como se advirtió, a una territorialidad concreta. Con el proceso de la globalización y la proliferación ingente de los servicios tecnológicos, las religiones acuden ante un escenario de peligrosidad en lo que respecta a su existencia. Si son pequeñas pueden sentirse vulnerables de poder ser absorbidas por religiones mucho más fuertes, acostumbradas al desanclaje con gran capacidad de adaptación. Si son grandes pueden perder protagonismo en determinada zona y cederle espacio a otras religiones, que pueden adueñarse de la parte mística de algunas personas y, más importante aún, del aspecto político.

Es innegable que la imbricación de las religiones y la política, más que algo potencial, es un hecho. Hay sociedades en donde la vida política tiene sentido en un entendido religioso y doctrinal, como en el mundo musulmán. En otras sociedades, la religión no se explicita en lo político directamente, sino que es un recurso del que se sirven algunas autoridades políticas para tener control social en su territorio y para relacionarse exteriormente con otras autoridades político-religiosas, o simplemente,  políticas o religiosas. Ante un mundo globalizado, la paranoia de la absorción cultural por parte de una masa homogeneizadora que tienen las religiones en sí y los órdenes políticos que apelan a la religión para legitimarse, abre la posibilidad a múltiples búsquedas para mantener cierta rigidez que permita dejar a estas religiones y ordenes políticos sin menoscabo alguno.

Paradójicamente, esta rigidez precisa de mucha movilidad, es decir, los tomadores de decisiones necesitan mover las fichas necesarias para que una sociedad o una religión no sucumban. Entre estos movimientos tenemos el del diálogo inter-religioso, que propende por la unificación de ciertos aspectos básicos doctrinales y ceremoniales entre dos religiones distintas o entre facciones de una misma religión. El puente que hace posible tal diálogo son las relaciones internacionales. El profesor Gabriel Andrade nos dice que “a partir de la globalización, los procesos de conformación de polos y diálogos interreligiosos se llevarán a cabo por medio de la política”. Las alianzas estratégicas entre religiones distintas con fines de supremacía política en el orden internacional están actualmente y seguirán estando a la orden del día en el tercer milenio. Así es como los acercamientos entre la Irán chií y el resto del mundo musulmán (predominantemente suní) se pueden dar para reivindicar el panislamismo. El telos de estas alianzas no es más que la erección de polos político-religiosos.

Pero ¿por qué la religión sigue siendo tan vigente en un mundo supuestamente “moderno”?. Lo primero que habría que decir es que la única civilización donde la religión y la política se han separado tajantemente ha sido en la Occidental, dando lugar a un proceso de secularización que se decantó en la modernidad y el capitalismo. Luego, en su apogeo, el capitalismo se constituyó en industrialización y   en progreso, algo que se denominó como modernización. El abrigo filosófico de éste fenómeno fue la Ilustración. No obstante, la religión siguió ocupado un lugar prominente en dicha civilización, sólo que hizo una mutación. El mundo laico no deja de ser religioso, simplemente manifiesta la religiosidad de otro modo. Bien decía Nietzsche que en el Occidente cristiano “Dios es la verdad”. Con la Ilustración simplemente se invierte la premisa, pero sigue dando el mismo rédito y la misma operatividad para la sociedad: “La Verdad es Dios”.

Así pues, se tiende a asumir lo “moderno” con lo occidental, y con éste rasero se juzgan a las demás civilizaciones que no han tenido procesos de escisión entre lo espiritual y lo temporal. Se las llama “pre-modernas” y arcaicas. A pesar de que la modernización ha hecho que muchas sociedades se secularicen y se ha incrementado exponencialmente el grupo de los no-religiosos, las religiones no han perdido fuerza. Por el contrario, ante la crisis de la modernidad y los fenómenos existenciales, los humanos se han amparado más fuertemente en las religiones.

Éste resurgir de las religiones en un escenario globalizado ha arrojado problemas muy nuevos como el fundamentalismo. Se está dando el rechazo a ultranza de determinados pueblos respecto de los intereses imperialistas y expansionistas de Occidente (en cabeza de E.E.U.U) como bastión de la “modernización”. En esa dialéctica de la inclusión y de la exclusión propia de la globalización encaja perfectamente el fenómeno del fundamentalismo islámico, por ejemplo. Los intentos fallidos de la occidentalización en Oriente Medio y en el mundo árabe en general ha hecho que éstos pueblos se pregunten muy seriamente si la adopción de los cánones de ésta civilización sirve para potenciar el desarrollo en sus territorios. Después de la incógnita se han decantado por un “no” rotundo, y ha habido mucho brotes de grupos que intentan reivindicar su cultura y volver a implementar los códigos y las normas propias de su religión para auto-determinarse. Este es el caso de los  renombrados Estado Islámico, Al Qaeda o Hezbolá, entre otros.

En este estado de cosas podemos aseverar que la religión seguirá teniendo un rol enorme en la configuración del orden global. Los diálogos y acercamientos interreligiosos acarrearán el origen de diversos polos y enclaves políticos, que buscarán la supremacía frente a los demás. Habrá muchas pugnas por la influencia en ciertas zonas que tienen unas religiones minoritarias y en algunos territorios con una población místicamente débil. Se constituirá pues un cierto estado avanzado del Choque de Civilizaciones, y será mucho más complejo de entender, porque pueden darse diálogos entre un país que hace parte de una civilización dada con otro país de otra civilización (ambos religiosamente y culturalmente disímiles) y podrán pelear contra una diada similar.

La religión pues no está rezagada, vive hoy más que nunca.

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Dos golpes a la democracia: Atentado en Niza e intento de golpe en Turquía

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Ciudadanos turcos sobre uno de los tanques usados por los golpistas en Estanbul.

Esta semana el mundo nos recordó que la historia no nos da un respiro; que, en su ritmo imparable, parpadear nos deja en el camino. Un parpadeo, y ocurre un terrible atentado terrorista en la ciudad francesa de Niza, otro parpadeo, y una facción del ejército turco intenta derrocar a su presidente democráticamente electo.

Los eventos se vuelven la historia. Nos impresionamos con la crueldad de los perpetuadores, nos aliviamos con las anécdotas de valentía y sacrificio de las víctimas y nos aterramos con el número de muertos y heridos. Pero en ocasiones, la mediatización del hecho nos esconde las consecuencias a largo plazo, la cadena de eventos que se desencadenan por ese único hecho.

En Francia, por ejemplo, las víctimas no habían terminado de contarse y ya se hablaba de un aumento en la popularidad de partidos de extrema derecha como el Frente Nacional de Marine LePen. La respuesta al miedo siendo más miedo. De hecho, la consecuencia natural al terror-casi un lugar común en política-, es el aumento del apoyo a decisiones draconianas, como cerrar fronteras a los inmigrantes o aumentar los controles sobre las libertades ciudadanas.

En Turquía, el intento de golpe solo sirvió para fortalecer la posición del presidente Erdogan, un líder que poco a poco ha girado hacia el autoritarismo, la islamización y el totalitarismo. En efecto, su partido político es la representación de los intereses del islam político en un país en el que el laicismo es un principio defendido a sangre y fuego -literalmente-. El mismo golpe, del que faltan claridades para sanjar cuestiones,  parece haber nacido de la histórica preocupación del ejército de mantener a la religión por fuera del Estado. Ahora Erdogan tiene este impulso en popularidad y apoyo internacional que le permitirá seguir apretando las tuercas a los ciudadanos y sobre todo, al ejército de su país.

La peor tragedia de estos días supera a las víctimas de los hechos puntuales; se extiende a los millones de personas que sufrirán sociedades menos democráticas.

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Gráfico: Importancia de la política y su relación con el nivel educativo en Colombia

Importancia de la política y su relación con el nivel educativo en Colombia: la política no es igualmente importante para todas las personas. Aunque eso parece intuitivo, las diferencias por nivel educativo en Colombia dan algunas pistas curiosas sobre las diferencias entre sus particularidades en las que la política es más importante para diferentes personas. Este gráfico separa la importancia dada a la política en Colombia por el nivel educativo de sus ciudadanos. Fuente: World Values Survey, 2016. Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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Gráfico: Importancia de la democracia en países poco democráticos

Importancia de la democracia en países poco democráticos: la democracia se ha universalizado. Al menos, la idea de que algún tipo de democracia es positiva, tanto, que en países poco democráticos o nada democráticos, las personas siguen señalando en su mayoría la importancia de la democracia como estructura de organización política y sistema de toma de decisiones colectivas. Esto no garantiza, por supuesto, la exigencia de reformas, pero la ironía que nos guarda esta gráfica es que la percepción generalizada en países que no son necesariamente democráticos, es que el sistema -sea cual sea la versión que tienen en la cabeza- es importante. Fuente: World Values Survey, 2016. Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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¿Qué está pasando con Venezuela?

Algo parece haber cambiado en América Latina. Por años, los excesos y problemas internos del gobierno chavista venezolano habían pasado de agache en las discusiones de los organismos multilaterales latinoamericanos. De hecho, por casi una década, el mismo Chávez dictó los términos en los que organizaciones como Unasur o la Celac operaban en la región, y aunque la OEA (Organización de Estados Americanos) nunca fue un escenario amistoso para el chavismo, sobre todo por la participación y el protagonismo de Estados Unidos en este organismo, la mayoría de países latinoamericanos que se alineaban en las discusiones regionales del lado venezolano volvía irrelevante el espacio para presionar a que su gobierno revisara sus problemas internos o decisiones internacionales.

Pero el contexto internacional ha cambiado. En primer lugar, la crisis venezolana no ha hecho sino empeorar en los últimos meses. La escasez de alimentos y productos de consumo básico, la rampante inflación y la prevalencia de inseguridad en las calles de Venezuela no dan un respiro a sus habitantes. El gobierno de Nicolás Maduro parece demasiado preocupado por controlar la situación política y mantenerse en el poder como para intentar resolver los problemas cotidianos de su población.

En segundo lugar, la llegada de la oposición como mayoría a la Asamblea Nacional ha equilibrado un poco el poder en Venezuela y al debilitar la posición de Maduro como líder del chavismo, exacerbado su temor de perder el poder ante alguno de los demás “herederoes” de Chávez, como Diosdado Cabello. La persecución a opositores y la creciente impopularidad del gobierno de Maduro tampoco ayudan a calmar la convulsionada situación nacional. Maduro es sustancialmente más débil ahora en su control del país, su política y sus recursos internacionales de lo que nunca había sido.

Y lo tercero -y lo más importante-, el cambio política de la región. En efecto, el debilitamiento de gobiernos de izquierda, como el de Dilma Rousseff en Brasil o el de Evo Morales en Bolivia, y la llegada a Argentina de un nuevo gobierno de derecha en la cabeza de Mauricio Macri. Esto ha reducido el margen de maniobra de Venezuela en términos internacionales, menos aliados y un poco más de enemigos, sumado a una mayoría de países de la región que poco o nada tienen para ganar en apoyar a su gobierno en problemas.

Ahora, el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, ha invocado la Carta Democrática y el organismo evalúa la puesta en marcha de acciones diplomáticas e incluso la expulsión de Venezuela de esta organización multilateral si no se presentan cambios sustanciales en la situación del país. Aunque hay diferentes atajos en el procedimiento, formalmente el secretario Almagro debe discutir su proposición en una comisión permanente, en donde se decidirán hacer más consultar e intentos de mediar entre gobierno y oposición, para luego convocar a la Asamblea General-que reúne a los 34 países miembros- para discutir la posibilidad de expulsar a Venezuela de la OEA.

Por supuesto, lo más relevante de este episodio no son las formalidades del organismos internacional, sino más bien, el aprovechamiento política que tanto oficialismo como oposición le darán ala noticia para impulsar sus agendas internas. Y aunque pueda sugerirnos que nada ha pasado, la decisión de la OEA es solo un síntoma de un cambio importante en la región: la situación política de Venezuela ha dejado de ser un tabú en las discusiones latinoamericanas, y eso si debería preocupar al gobierno de Nicolás Maduro y ser una prudente esperanza para los venezolanos.

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Gráfico: Víctimas de minas antipersona 2013-2014

Víctimas de minas antipersona 2013-2014: aunque sea un fenómeno global, el uso de mientras antipersona y las víctimas por este flagelo están concentradas en países con conflictos armados en desarrollo. Afganistán, Colombia y Myanmar concentran la mayor cantidad de víctimas, aunque Colombia, con 88 casos menos en 2014 que en 2013 muestra una tendencia descendiente que parece escapar a los demás países. En general, las víctimas anuales continúan aumentando.  Fuente: The Monitor, 2016 Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

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Gráfico: ¿Trabajar más nos hace más ricos?

¿Trabajar más nos hace más ricos?: parece que trabajar más horas no necesariamente hace que una sociedad sea más próspera. En efecto, una comparación mecánica entre las horas trabajadas por trabajar al año y el ingreso per cápita señala una relación entre menos horas trabajadas y mayores ingresos. Fuente: Banco Mundial & OECD (2016) (Datos de 2013) Nota: de clic sobre la imagen para ver los detalles en su tamaño completo.

Horas e ingreo

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